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Arte e Ideas

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Aniversario de íntimos secretos

Hoy 19 de junio se cumplen 150 años del fusilamiento de Maximiliano de Habsburgo.

¡He vacilado tanto para comenzar a escribir estas páginas! escribe un afligido Ignacio Manuel Altamirano en su diario, a finales del mes de mayo de 1869. Se nota que el cielo estaba nublado, la temperatura triste, su salud enflaquecida y la lectura de Viaje Sentimental por Francia e Italia de Lawrence Sterne, le ha derrumbado el ánimo. (Sobre todo por los pasajes donde el autor afirma que si a su personaje principal se le concediera la más venturosa mansión que hay en los cielos, lejos de disfrutar las dichas eternas en tan venturosa estancia, su alma seguiría penando eternamente).

Las palabras del maestro se convierten en cuestionamientos:

¿Es qué tenía yo algún motivo para encerrar en el interior los secretos de mi pobre vida? No; es que la pereza me consume, es que hay algo pesado como el plomo que embarga mi cerebro. Decididamente, el tedio mina mi existencia (...) tengo hielo en el corazón. Me parece que vería acercarse a mí la muerte y la miraría sonriendo. Voy dejando de ser joven. Tengo treinta y cuatro años, seis meses y diez y nueve días. Estoy gastado.

Un año antes de comenzar la redacción de aquel diario, en la medianoche del 14 de mayo de 1867, los que estaban atrapados en la ciudad de Querétaro, el ejército conservador, los adeptos a los franceses y enemigos de Juárez, ya no tenían cómo defenderse. Su antes esplendoroso ejército de 8,000 hombres estaba reducido a 5,000. En nombre del Imperio y por órdenes del general márquez se había extraído el salitre y carbonizado las maderas para elaborar pólvora; fundido las campanas para tener proyectiles de artillería, arrancado la techumbre del teatro para las balas de la artillería, construido cápsulas de papel y pensado en sacrificar a los caballos para cocinar un buen asado. Hacía ya muchos días que no probaban aguardiente ni café. Convencidos de que su inquina estaba llena de buenas intenciones, muy temprano en la tarde el ejército de Maximiliano, había pensado en hacer un ataque sorpresa que rompiera el sitio y abriera una brecha de salida. Algunos en buen francés y otros en pésimo español arengaban a las cansadas tropas diciendo que, contra aquel enemigo salvaje, sin fe y sin honor los republicanos habría que hacer cualquier sacrificio y salvar de la barbarie a los fieles al ejército imperial. Sin embargo ya nada resultaría: el coronel Méndez se sintió indispuesto y le pidió al emperador 24 horas para recuperarse. Miramón miró al cielo y no dijo nada, Mejía le pidió a Dios un día más de protección y Maximiliano no puso objeción a la demora. La suerte estaba echada. Nadie supo escuchar la voz de la catástrofe.

Miguel López, destacado soldado del imperio mientras le sirvió para algo, y despreciado por todos después de haber perdido la batalla, fue acusado por los amigos de Miramón de haber vendido a 30,000 pesos el secreto de cómo tomar Querétaro y ocupar el convento de la Cruz. Pero en realidad los enemigos de la República ya estaban muy pobres de municiones, privados de toda buena razón y bajísimos de azúcar.

Corrió la historia de que el 15 de mayo Maximiliano se enteró muy temprano, por su secretario, José Blasio, que en el Convento de la Cruz se hallaba en manos del enemigo e innegablemente confundido y con un candor casi simpático pidió su caballo, se armó de dos pistolas y se fue hacia el Cerro de las Campanas a ver si podía ayudar en algo a los muchachos. Pero de los muchachos, nada.

Miramón se había tropezado con el ejército juarista al salir de su casa y tenía un rozón de bala en la cara; los soldados de Mejía buscaban algo que pareciera una bandera blanca. El único que no parecía estar perdido y desolado era un militar grandote y bien plantado: se llamaba Ramón Corona. Tomando al Emperador lo más delicadamente que pudo lo llevó a la tienda de Mariano Escobedo. Soy prisionero de usted , dijo Maximiliano. Y le entregó su espada. Aquel imperio extranjero, manchado de sangre y lleno de falsas ilusiones había terminado. Altamirano estaba allí. Afuera, sosteniendo el sitio, peleando por la República, cumpliendo el encargo de Juárez, con la espada bien presta y la mente muy clara.

Había pasado un año y Altamirano, maestro, héroe del Sitio de Querétaro y padre de la literatura mexicana, casi se había olvidado del júbilo que había producido la victoria. Se sentía enfermo y desencantado y quizá por ello le había dado por escribir íntimas reflexiones que, en su camino, habrían de detenerse en un recuerdo. (Un aniversario, que casualmente pero justo el día de hoy, cumple 150 años de ser fecha señalada de la historia nacional: el fusilamiento de Maximiliano de Habsburgo el 19 de junio de 1867.)

Parecería que no pero la memoria llega:

Desde que estuve enfermo en agosto de 1867 continúa escribiendo el adalid más preclaro de Tixtla me acostumbré en mi convalecencia, a tomar agua de Seltz en la comida y hoy no puedo hacer la digestión sin tomarme un frasco .

Y ya de mejor humor, parece caer en la cuenta de quién fue el origen de tan precisa ventura, entre tantos desventuras. Por fin confiesa:

Cuando visité al pobre de Maximiliano en su prisión de la Cruz de Querétaro el día 16 de mayo de ese mismo año estaba enfermo de disentiría y yo también.

Tome usted esa agua, me dijo, y nunca sufrirá del estómago.

Yo seguí el consejo, no conocía el uso del agua de Seltz, había estado en las montañas durante cuatro años y en ese tiempo, con la invasión, se introdujo en México el uso de ese líquido digestivo. Desde entonces, hay un frasco en mi mesa a la hora de comer y me ha ido bien. A veces, no tomo en la noche más que un bizcocho mojado en agua de Seltz. Pero quizá eso me va produciendo gastralgia. Siento inflamadas las entrañas. Me falta el apetito. Tengo sueño constantemente y necesito una o dos tazas de café para excitarme. Ayer he tomado dos tazas de un rico café de Cocoyoc y ya me moría a causa de la excitación. No tomo vino, ni nada embriagante porque me hace mal. Me levanto muy tarde, pero también me acuesto a la una o dos de la mañana. Esta vida me destruye .

Pero, de pronto una pausa y revisión delata el punto y aparte. Una reconciliación se asoma. Y sin decirlo, Altamirano parece reconocer las semejanzas. Entre amigo y enemigo, traidores y patriotas, monárquicos y republicanos, todos al fin hombres, sin importar sean grandes o pequeños.

All final de la página la sombra se retira.

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