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La calma y la tempestad
" La Tempestad", de William Shakespeare, bajo la dirección de Salvador GarcinI, se presenta en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón, del Centro Cultural Universitario.
No se compara la lluvia con la tempestad. Aunque después de cada una llegue la calma, la violencia, el ruido, todo lo que arrebata el viento, todo lo que se muere ahogado, todo lo que naufraga después de une tempestad, convierte al mundo, para siempre, en otra cosa. Y después de que todo pasó uno se da cuenta. De que el mar es tan profundo en la calma como en la tempestad. Y ¿qué remedio quedará después del relámpago y la furia?. Leer a Shakespeare, nada más.
La obra de teatro La Tempestad del bardo inglés está hoy en escena. A pesar de haberse estrenado a principios de este mes, es lo que menos importa. Durante muchos años-centurias para ser precisa- es un texto intemporal. Está considerada por muchos como el testamento de William Shakespeare, porque fue probablemente la última obra escribió y se representó por primera vez en 1611.
Aquel 1 de noviembre de hace 400 años , en el Palacio de Whitehall de Londres, cuando se levantó el telón para que el público sufriera los embates de La Tempestad del ya muy famoso bardo inglés. Incluida en el conjunto de romances tardíos de Shakespeare, en ella se contaba la historia de Próspero, duque legítimo de Milán que ha sido expulsado de su posición por su envidioso hermano y se encuentra en una isla desierta tras naufragar su buque. La obra comienza con una fuerte tormenta-por supuesto- desatada por Ariel, un espíritu amigable al servicio de Prospero que- ya ha adivinado que su hermano Antonio se llamaba- viaja en un navío cerca de la isla en la que se encuentra desterrado y se hala ante la encrucijada de desquitarse o no.. El destino de Próspero es trágico pero no está solo. Cuenta con la compañía de su hija Miranda, se consuelo con sus numerosos libros, su dedicación al estudio y el soporte de su resentimiento. Tiene también una ambición y una meta: apoderarse del conocimiento de la Magia. Gracias a ello es que Próspero entra en contacto con seres de otro mundo como Ariel, que desde locura y su furia, contempla cómo Próspero teje el encantamiento sutil y peligroso de la venganza.
El personaje de Ariel es decisivo. Y el nombre también importa. Como dato curioso es divertido saber que el máximo galardón del cine mexicano, se llama como se llama por culpa de un ensayo literario. Escrito por el uruguayo José Enrique Rodó, su texto Ariel, tuvo una gran repercusión en toda la América hispánica. Notablemente influido por La tempestad de Shakespeare, en esta obra presentó a los Estados Unidos como una metáfora del reino de Calibán sirviente de Próspero en el texto- un lugar donde el utilitarismo se había impuesto a los valores espirituales y morales por arriba de la tradición grecolatina de la cultura iberoamericana. El juego que el escritor realiza entre los dos sirvientes de Próspero, Calibán y Ariel fue tomado como un manifiesto moral dedicado a la juventud de América. Su autor José Enrique Rodó, escribió respecto al personaje:
Ariel, genio del aire, representa, en el simbolismo de la obra de Shakespeare, la parte noble y alada del espíritu. Ariel es el imperio de la razón y el sentimiento sobre los bajos estímulos de la irracionalidad; es el entusiasmo generoso, el móvil alto y desinteresado en la acción, la espiritualidad de la cultura, la vivacidad y la gracia de la inteligencia, el término ideal a que asciende la selección humana, rectificando en el hombre superior los tenaces vestigios de Calibán, símbolo de sensualidad y de torpeza, con el cincel perseverante de la vida.
(Después de este párrafo no queda sino admirar el buen tino de haberle puesto Ariel al premio de la Academia Mexicana de Ciencias y Artes Cinematográficas.)
Volviendo a nuestro tempestuoso asunto habrá que decir que la obra en el texto de Shakespeare termina bien es a usted a quien le toca decidir si el feliz término es la justicia o el perdón que no puede dejar de ver esta versión de Salvador Garcini con Ignacio López Tarso como Próspero, en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón del Circuito Cultural Universitario y siempre antes del 1 de noviembre, día en que se cierra el círculo de los 400 años de La Tempestad. Y, de paso, que pocas cosas volverán a ser como eso.