Al hacer una revisión de la situación económica de cualquier país, el indicador por excelencia que debe examinarse es el Producto Interno Bruto (PIB). Este se utiliza como un referente directo para comprender el comportamiento de la economía de cierta nación, dado que muestra la producción de bienes y servicios finales obtenidos en un determinado tiempo. Por ende, evidencia, de forma cuantitativa, cuánto se está creciendo económicamente.

Sin embargo, al analizar este panorama con ayuda de otros indicadores (como la cifra de personas en situación de pobreza, la elevada presencia de la economía informal, las enormes brechas de desigualdad, etcétera), se presenta una cantidad considerable de problemáticas sociales de afectación múltiple que nos llevan a replantear el concepto de “crecimiento económico”.

Al respecto, el economista estadounidense Rondo Cameron (2015) menciona que “crecer económicamente no nos dice nada sobre la distribución de este incremento”.

Es decir, que un país aumente su producción de manera consecutiva, año tras año, no asegura en ningún aspecto que los beneficios sean repartidos equitativamente.

Para ejemplificarlo podemos remitirnos a las cifras. De acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (Soraya Pérez, 2018), México ocupa la posición 11 en el listado de países con mayor PIB por paridad de poder adquisitivo (PPA, con respecto al valor monetario de un país de referencia). Por lo tanto, se infiere que se encuentra entre las naciones con mayor volumen de economía.

No obstante, al movernos a los datos más duros, con información del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), encontramos que la población mexicana en situación de pobreza era de 53.4 millones de personas, en 2016, lo que representa un incremento de 3.9 millones con respecto al dato emitido durante 2008.

Por lo tanto, es inevitable poner sobre la mesa la necesidad de buscar un crecimiento económico que se encamine a ser más equitativo con los más débiles de nuestro país. No sólo se trata de crecer sin rumbo, sino de orientar los esfuerzos al mejoramiento pleno del bienestar económico y social de todas las personas.