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Vivimos una época que nos quita hasta el modo de andar

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OpiniónEl Economista

Nos ha tocado vivir una época que hasta el modo de andar nos ha quitado. El mundo conocido se desvanece ante nuestros ojos (un mundo raro, diría el compositor guanajuatense, José Alfredo Jiménez). Estamos atónitos, desorientados, sin brújula ante lo desconocido; nos embarga y abruma el temor. “Un continuo trastorno de la producción, una conmoción ininterrumpida de todas las condiciones sociales, una inquietud y un movimiento constante distinguen [nuestra] época… Las relaciones inamovibles y enmohecidas del pasado, con su séquito de ideas y creencias veneradas … se derrumban y las nuevas envejecen antes de echar raíces. Todo lo que se creía permanente y perenne se esfuma, todo lo consagrado se desacraliza… (El manifiesto comunista).

¿Qué sucede? ¿Qué explica lo que hoy vivimos y padecemos? La humanidad ha enfrentado durante su evolución social, cultural, política y económica varias épocas similares a la que nos tocó vivir. Han sido momentos históricos de grandes cambios en los que nos encontramos huérfanos y esa orfandad la vivimos como desasosiego, estrés, enojo, incertidumbre, miedo, pérdida de identidad-pertenencia y buscamos refugio y consuelo en “hombres fuertes”, que nos ofrecen regresarnos a las glorias del pasado, por cierto quiméricas, inventadas para infundirnos seguridad y certezas. Dos libros seminales explican el porqué de los cambios que enfrentamos, a saber: Revoluciones tecnológicas y capital financiero: La dinámica de las grandes burbujas financieras y las épocas de bonanza, de Carlota Pérez y La era de las revoluciones: Avances y retrocesos desde 1600 hasta nuestros días, de Fareed Zakaria.

Pérez explica cómo cada oleada tecnológica se inicia con el impulso del capital financiero, que rompe con los viejos moldes de producción, mediante procesos especulativos, burbujas financieras y crisis. Después de las turbulencias y mucho sufrimiento y desajustes sociales, estos procesos conducen a innovaciones institucionales que nuevamente inician los ciclos de bonanza. Zakaria muestra cómo las revoluciones políticas y sociales liberan al individuo y expanden derechos, pero también derivan en excesos de individualismo que dejan un vacío moral y social, un terreno fértil para populismos y tribalismos.

De acuerdo con este último autor, el liberalismo ha sido el mayor logro de la modernidad al liberar al individuo y expandir derechos, pero su misma fuerza se convierte en debilidad. La secuencia es así: primero, la emancipación del individuo debilita las estructuras tradicionales de cohesión, como la religión o la comunidad, que ofrecían sentido compartido de pertenencia. Segundo, la modernización económica y tecnológica refuerza la idea de que cada persona es responsable de su destino, intensificando la fragmentación social y la sensación de aislamiento. En ausencia de instituciones que gestionen el cambio y de narrativas comunes, surge un vacío existencial que se traduce en desorientación y desconfianza hacia las instituciones disfuncionales.

Es en este terreno es donde los populismos encuentran espacio: prometen devolver pertenencia y voz a quienes se sienten marginados, ofreciendo respuestas simples a problemas complejos. Finalmente, cuando el populismo se combina con la política identitaria, la incertidumbre deriva en tribalismos, pues las personas buscan refugio en grupos cerrados que les devuelvan identidad y seguridad, aunque sea a costa de fragmentar la sociedad y erosionar las libertades personales.

Un ejemplo histórico que ilustra esta secuencia es la Alemania de entreguerras. Tras la Primera Guerra Mundial, la República de Weimar ofreció un marco liberal con derechos individuales y apertura cultural. Sin embargo, la crisis económica, la inflación y la pérdida de referentes colectivos generaron un vacío social. En ese contexto, prosperaron movimientos populistas que apelaron al resentimiento y a la nostalgia de la grandeza perdida. El nazismo llenó ese vacío con un tribalismo extremo, basado en la identidad nacional y racial, que terminó por destruir la democracia liberal y desencadenar una catástrofe mundial.

¿Cómo llegamos hasta ahí? Lo ocurrido en Alemania inició antes del periodo de entreguerras: la oleada tecnológica desencadenada por las invenciones de las máquinas de vapor, ferrocarriles, electricidad, automóviles y petroquímica, como explica Pérez, más la competencia entre las potencias europeas, ocasionaron grandes desajustes sociales y políticos que desembocaron en las dos guerras mundiales. Cada oleada tecnológica sigue un patrón de instalación, burbuja especulativa, crisis económica y social, y posterior época de bonanza. La autora insiste en reconocer la lógica de los ciclos financieros para orientar políticas que reduzcan el sufrimiento social y aprovechen mejor las épocas de bonanza. En tanto, Zakaria subraya la necesidad de reforzar el compromiso democrático y evitar la fragmentación identitaria.

Actualmente vivimos una nueva revolución guiada por la informática. La globalización, la transformación tecnológica y la rivalidad geopolítica entre China y Estados Unidos se entrelazan con ciclos financieros que han profundizado las desigualdades y generado la crisis que enfrentamos. El exceso de individualismo, alimentado por la lógica del mercado y la digitalización, dejó a los individuos aislados y desprovistos de referentes colectivos. Ese vacío es llenado por el populismo. La lección histórica es que las revoluciones, inevitables, requieren renovación y solidez institucional, narrativas compartidas para evitar que la libertad degenere en aislamiento y el progreso tecnológico derive en exclusión. Sólo así la democracia liberal sobrevivirá a los embates del cambio y transformará la incertidumbre en nueva certidumbre y pertenencia común, así como prosperidad compartida.

Desde la antigüedad clásica tenemos ejemplos claros de esta dinámica. Aristóteles fue testigo de este tipo de cambios, que hoy llamamos copernicanos (en alusión a Copérnico, que dio al traste con las ideas inamovibles de su época, al constatar que la Tierra gira alrededor del sol, rompiendo con los dogmas religiosos de la época, que a la postre sacudió al mundo medieval e inició el gran proceso de cambio que culminó con la Ilustración y el mundo moderno, que parece esfumarse de nuestras manos). En la antigua Grecia había fracasado el primer experimento democrático, con todas sus limitaciones, del siglo de Pericles y con Alejandro Magno, se vivió uno de los primeros procesos de globalización, de lo que conocemos como Occidente.

Hoy, el desconcierto que vivimos inicia con la crisis financiera de 2008. Siguiendo el paralelismo que establece Carlota Pérez en su obra, la expansión de las tecnologías digitales y la financiarización de la economía generaron una burbuja especulativa que, al estallar, dejó a millones de personas desempleadas y despojadas de seguridad. Esa fase de crisis, propia de los ciclos tecnológicos, abrió un terreno fértil para el descontento social. Y siguiendo las ideas de Zakaria, el malestar de nuestros días deriva en el hiper-individualismo y la crisis de identidad colectiva, que desemboca en el populismo que promete devolvernos pertenencia y certezas, tanto en Europa como en América Latina.

En Europa, el auge de los partidos nacionalistas y euroescépticos después de la crisis de 2008 mostró cómo el miedo y la inseguridad se transformaron en tribalismo. Movimientos como el Frente Nacional en Francia o Alternativa para Alemania, capitalizaron el resentimiento hacia las élites y las instituciones supranacionales, ofreciendo una identidad cerrada frente a la globalización. En América Latina, la frustración con las desigualdades y la corrupción alimentó liderazgos que apelan a la nostalgia de las glorias pasadas y a la promesa de un futuro de justicia social inmediata, mediante soluciones simplistas y polarizantes.

Ambos fenómenos reflejan la secuencia que Zakaria describe: la emancipación individual, efecto del libre mercado y la tecnología, genera aislamiento, que causa crisis existencial, donde prosperan populismos y tribalismos. Pérez complementa esta explicación mostrando que las crisis económicas son fases recurrentes de los ciclos tecnológicos y financieros. Cuando las instituciones no logran gestionar esas transiciones, el malestar social se convierte en combustible político.

Así, el presente nos recuerda que las revoluciones tecnológicas y financieras transforman la economía y reconfiguran la política y la cultura. La lección histórica es doble: necesitamos instituciones capaces de regular los excesos del capital financiero y narrativas democráticas que den sentido a la libertad individual. Sólo así evitaremos que la incertidumbre se traduzca en destrucción populista y que las revoluciones tecnológicas desemboquen en retrocesos y dolor humano.

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