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Los valores que conectan el placer y el control político

Opinión
Los poderes políticos y económicos nos controlan mediante los placeres, pero ¿qué sistema de valores hace posible que el placer se convierta en instrumento de control y de dominio? La pregunta es más profunda de lo que parece. Habitualmente se analiza cómo los individuos son gobernados a través de sus deseos, sus necesidades o sus emociones. Sin embargo, antes de que un poder administre y dirija los deseos debe operar sobre algo fundamental: las creencias mediante las cuales las personas deciden qué es bueno y deseable. Ningún sistema de dominación administra placeres en el vacío. Toda forma de poder presupone una jerarquía moral que define qué debe considerarse valioso, admirable, exitoso o digno de ser perseguido. La historia de los placeres es, por lo tanto, inseparable de una historia de los valores.
La genealogía de esta relación puede rastrearse hasta la Grecia clásica. En esa sociedad, virtud y placer formaban parte de una misma estructura moral. Lo que caracteriza a la cultura griega es la forma en que organiza la relación entre ambos. La excelencia, la templanza y el dominio de sí constituyen los valores supremos de la vida ética y política. La libertad significa la capacidad de gobernar racionalmente las propias pasiones. Al ciudadano que es incapaz de gobernarse a sí mismo se le impide participar en el gobierno. En este marco, el placer no aparece como un fin autónomo ni como la mera satisfacción inmediata de los deseos. El sistema educativo, las prácticas culturales y el reconocimiento social vinculan el bienestar subjetivo al ejercicio de la moderación. La satisfacción, el honor y la estima pública acompañan el autocontrol. En lugar de eliminar el placer como principio de motivación humana, lo organiza para producir guerreros y ciudadanos al servicio de la ciudad: produce sujetos que sienten placer en gobernarse a sí mismos.
Esta observación obliga a matizar cualquier idealización de la libertad antigua. Desde una perspectiva genealógica, el dominio de sí puede interpretarse simultáneamente como práctica de libertad y como tecnología política (es decir, el conjunto de valores, hábitos e instituciones que inducen a los individuos a gobernarse a sí mismos de una manera funcional para el orden político). La estabilidad del orden cívico dependía de que los individuos interiorizaran aquellos valores que hacían posible su reproducción. La eficacia del sistema residía en formar individuos que experimentaran satisfacción al actuar de acuerdo con los valores que sostenían el orden social. El ciudadano virtuoso encontraba bienestar en el autocontrol porque había sido educado para experimentarlo como una condición de excelencia y reconocimiento. El poder político descubría así una ventaja decisiva: los individuos podían ser gobernados mediante la producción de formas específicas de placer asociadas a determinadas conductas en vez de mediante prohibiciones.
El cristianismo heredó muchas de estas prácticas, pero transformó radicalmente su significado. La cuestión central dejó de ser el dominio racional de los apetitos y pasó a ser la salvación del alma. El deseo se convirtió en objeto de sospecha, desobediencia y rebeldía. La vigilancia se desplazó progresivamente desde los actos hacia la vida interior. El control de la conducta exigía examinar las intenciones, las tentaciones y los pensamientos. La confesión institucionalizó la obligación de verbalizar la propia experiencia íntima. El individuo aprendió a buscar en sí mismo la verdad de su existencia y a interpretarse como objeto permanente de examen y de autocontrol. La introspección se convirtió simultáneamente en obligación moral y mecanismo de control político.
Las consecuencias históricas de esta transformación fueron inmensas. La confesión estableció una forma inédita de relación con uno mismo basada en la vigilancia y examen continuo de pensamientos, los deseos y las motivaciones interiores. El individuo aprendió a considerarse simultáneamente como sujeto y objeto de análisis. La verdad sobre la persona dejó de buscarse exclusivamente en sus actos y comenzó a localizarse en su vida interior. Este cambio es el origen de las ciencias modernas del sujeto y creó un tipo de individuo habituado a explorar, expresar y organizar sus deseos. Siglos más tarde, esa disposición facilitaría nuevas formas de gobierno basadas en el conocimiento detallado de las preferencias individuales. La lógica que comenzó con la confesión encuentra hoy una prolongación inesperada en sistemas capaces de registrar comportamientos, anticipar decisiones y orientar el consumo mediante el análisis masivo de datos. La vigilancia de la conciencia muta gradualmente a trazabilidad digital del deseo.
En este contexto se explica la crítica de Friedrich Nietzsche. Su pregunta no es qué significan los valores morales, sino quién se beneficia de ellos. Lo decisivo para este filósofo es el proceso mediante el cual una moral determinada logra presentarse como natural, necesaria, evidente e incontrovertible, de orden sobrenatural o divino. En La genealogía de la moral describe cómo la civilización occidental interiorizó progresivamente los impulsos humanos. La agresividad que anteriormente se dirigía hacia otros empezó a interiorizarse y a ejercerse sobre el propio sujeto. Así se originaron la mala conciencia y la culpa.
La contribución del análisis nietzscheano consiste en mostrar que el poder alcanza su máxima eficacia cuando se incorpora a los criterios mediante los cuales las personas se juzgan a sí mismas. Los individuos terminan considerando virtuosos aquellos valores que favorecen determinadas formas de subordinación. La obediencia adquiere la dignidad de deber moral. La renuncia se convierte en signo de excelencia ética. La autocensura aparece como prueba de rectitud. El poder habita entonces en la estructura de valores a partir de la cual los individuos interpretan sus propios actos y evalúan su propia existencia. Surge el deseo del individuo de sojuzgarse. Así nos convertimos seres deseantes.
Estas ideas permiten comprender mejor las transformaciones de la modernidad. Con el surgimiento del capitalismo industrial emerge una nueva organización de los valores. La legitimidad comienza a asentarse en la producción, el crecimiento económico y el consumo. Lo deseable pasa a identificarse con la ampliación permanente de las posibilidades materiales de la existencia. La satisfacción de necesidades adquiere prestigio moral. La abundancia ocupa progresivamente el lugar que durante siglos había correspondido a la austeridad. Herbert Marcuse percibió con claridad el alcance de este cambio. En Eros y civilización y en El hombre unidimensional sostuvo que las sociedades industriales avanzadas desarrollaron una extraordinaria capacidad para producir necesidades. El centro del problema se desplazaba hacia la fabricación social de los deseos. Los individuos aprendían a experimentar como propios impulsos que habían sido configurados por el sistema económico. La dominación actúa promoviendo la producción de deseos.
Desde esta perspectiva, el capitalismo representa una mutación histórica de enorme importancia. Las sociedades tradicionales obtenían gran parte de su legitimidad de valores trascendentes. Las sociedades de consumo encuentran su fuente de legitimidad en la satisfacción. El sistema integra el placer a sus mecanismos de reproducción social. Los individuos aprenden gradualmente a asociar la libertad con la capacidad de consumir y el bienestar con la satisfacción inmediata de preferencias.
La industria alimentaria ofrece un ejemplo perfecto para comprender este mecanismo. Los productos ultraprocesados son diseñados para maximizar respuestas hedónicas mediante combinaciones específicas de azúcar, grasas trans y sal. Su función económica consiste en prolongar conductas de consumo. Las empresas buscan activar mecanismos neuroquímicos asociados a la recompensa del mismo modo que las plataformas digitales buscan prolongar el tiempo de permanencia de los usuarios. La paradoja resulta reveladora. Las mismas estructuras económicas que favorecen hábitos alimentarios asociados a la obesidad, la diabetes y otros trastornos metabólicos sostienen simultáneamente industrias enteras de dietas, acondicionamiento físico, suplementos nutricionales y bienestar personal. El sistema genera el problema y participa en la administración de sus consecuencias. El mismo patrón puede observarse en la relación entre estrés laboral e industria del bienestar psicológico; y también entre sobreestimulación digital y mercados de la atención consciente. Determinadas estructuras de poder producen las condiciones del malestar y delimitan al mismo tiempo las formas legítimas de aliviarlo.
Aquí se aprecia nítidamente la transformación profunda de los valores dominantes. Durante siglos, la disciplina ocupó una posición central en la formación del sujeto. Las sociedades contemporáneas la remplazan por la optimización. Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio identificó la emergencia del individuo actual que ya no se define por la obediencia, sino por el rendimiento. El individuo se percibe como proyecto, se somete voluntariamente a exigencias crecientes de optimización y participa activamente en su propia explotación. El cansancio, la ansiedad y el agotamiento aparecen así como patologías características de una sociedad que convierte el rendimiento en valor supremo. El ideal de la obediencia cambia por el ideal del rendimiento. Y el lenguaje cambia para ofrecer promesas de mejora: desarrollar competencias, optimizar la productividad, potenciar las habilidades emocionales, fortalecer la empleabilidad, ampliar las redes de contacto, mejorar la reputación digital. El propósito al que se aspira y desea es el de crear la apariencia de una versión superior de uno mismo.
La eficacia de este modelo procede precisamente de esa apariencia de libertad. El individuo se transforma en empresario de sí mismo. La vida adopta la forma de un proyecto permanente de gestión. Los éxitos y fracasos se interpretan como efecto de decisiones personales. La explotación se integra a narrativas de desarrollo individual y autorrealización. Detrás de este proceso emerge un fenómeno importante: aparece el solipsismo como valor dominante. Es decir, la atención se concentra en el yo. Las grandes narrativas colectivas, que favorecen la colaboración y originan el progreso, pierden legitimidad y aumenta la preocupación por la identidad individual, el rendimiento personal, el bienestar psicológico, la imagen pública y la construcción de una biografía exitosa. La sociedad disciplinaria producía sujetos obedientes. La sociedad de consumo producía sujetos deseantes. La sociedad digital produce sujetos autorreferenciales.
El individuo se convierte simultáneamente en productor, consumidor, vigilante, mercancía y objeto de evaluación de sí mismo. La energía psíquica se dirige hacia la administración permanente del propio yo. El mundo social se transforma en un escenario donde cada persona gestiona estratégicamente su identidad. Por ello, la psicopolítica digital también reorganiza los valores y los deseos. Premia la visibilidad por encima del anonimato, la exposición por encima de la reserva, el rendimiento por encima de la contemplación, la optimización por encima de la aceptación, la novedad por encima de la permanencia, la validación externa por encima de la autonomía y la gestión del yo por encima de la construcción de lo común. La idea frecuentemente repetida de que vivimos en una era de conectividad requiere una revisión crítica. La conectividad se presenta como valor superior, aunque sus efectos no necesariamente fortalecen los vínculos sociales. La conexión digital y la relación humana responden a lógicas diferentes. Las plataformas multiplican los contactos mientras debilitan en muchos casos las condiciones necesarias para la formación de comunidades profundas.
Y cuando la explotación de sí mismo ofrece resultados pobres o nulos, llegan el desencanto, el enojo, la frustración y la inestabilidad social y política. Entonces, se pierde la confianza en los gobiernos y las instituciones. Es así como los populismos pretenden ser la solución.
