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El ultrasonido en la pared: cuando las familias reconocen lo que las estadísticas no convierten en prioridad

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Rafael Lozano | Columna Invitada

Rafael Lozano

El ultrasonido en la pared parece un detalle doméstico, pero es un síntoma político. No es solo una imagen: es una inscripción. En esa fotografía granulada, a veces acompañada por una fecha o por un nombre que solo la familia entiende, se afirma algo que durante mucho tiempo quedó suspendido en el lenguaje ambiguo de la “pérdida del embarazo”: aquí hubo alguien. Y si ese alguien murió antes de nacer, su ausencia no se diluye como episodio clínico; queda fijada como la muerte de un miembro. Esta transformación silenciosa contrasta con una gobernanza sanitaria que, con frecuencia, registra —cuando registra— pero no convierte esa pérdida en resultado que conduzca decisiones. La distancia entre lo que las familias reconocen y lo que el Estado deja en el margen es hoy una brecha cardinal.

Durante años, en muchos contextos hospitalarios, la muerte fetal se manejó bajo una lógica de minimizar el trámite y la carga económica. El duelo existía, pero se administraba como un problema: emocional, de tiempo y burocrático. Para no pocas familias, reclamar el cuerpo implicaba entrar a circuitos que multiplicaban la pena: pagos, permisos, traslados, inhumación. Para hogares con pocos recursos, el duelo podía convertirse en una carga material que el sistema no amortiguaba. Entonces aparecía un arreglo cruel pero comprensible: dejar el cuerpo, evitar el gasto, clausurar el episodio. No era ausencia de amor; era supervivencia ante una burocracia que convertía la pérdida en deuda. La consecuencia era profunda: una muerte podía existir en el expediente clínico y, aun así, no existir plenamente en el mundo social. Se lloraba, pero en silencio. Se perdía, pero sin huella pública.

En ese régimen, el feto tenía un estatuto frágil en términos administrativos. No porque no exista certificado —lo hay—, sino porque la pérdida no activa el mismo circuito de consecuencias que un nacido vivo: identidad, derechos, seguimiento, exigencia. Un nacimiento, incluso si termina en muerte neonatal, deja más huella institucional. La muerte fetal, en cambio, suele quedarse como trámite: se registra, pero no obliga. Y cuando no obliga, se vuelve fácil empujarla al margen con una frase socialmente eficaz: “no llegó a ser”.

Pero algo cambió. No cambió solo la medicina; cambió la mirada. La expansión del ultrasonido y de la vigilancia prenatal hizo visible lo que antes era opaco. El embarazo dejó de ser solo promesa y síntoma; se volvió imagen archivada y compartible. La vida fetal se transformó en presencia anticipada. En muchos hogares, el ultrasonido en la pared funciona como un acta afectiva: no otorga derechos, pero otorga pertenencia. La imagen fija la existencia como algo que ocurrió, no solo como algo que pudo ocurrir.

Cuando esa presencia se instala, la pérdida también cambia de naturaleza. El duelo ya no se vive solo como frustración de un proyecto; se vive como la muerte de alguien que ya estaba incorporado en la historia familiar. Por eso, cada vez es más frecuente que la pérdida pida ritual, memoria, narración. Se guardan nombres, se recuerdan semanas, se habla de “mi bebé” sin sentir que se está exagerando. Este cambio cultural es una convergencia: tecnologías, lenguajes de derechos, crítica al maltrato institucional, comunidades de duelo, y la posibilidad de nombrar lo que antes se vivía como impropio. Lo que antes se ocultaba para no reabrir la herida, ahora se hace visible para no negar la existencia.

Este giro ocurre, además, en un contexto demográfico que lo intensifica. En épocas de baja fecundidad y reproducción más tardía, hay menos oportunidades reproductivas y cada embarazo carga más inversión emocional, tiempo y costo. No es que una pérdida “valga más” que otra; cambia la estructura de oportunidades. Disminuye el margen de reintento, se estrecha la ventana biográfica, y el duelo tiende a volverse más denso y visible. La tolerancia social al “así pasa” se reduce.

Todo esto tiene una implicación política directa: hace más difícil que el Estado gobierne como si la muerte fetal fuera un residuo estadístico. Sin embargo, eso es exactamente lo que ocurre cuando la pérdida permanece fuera del tablero que manda, cuando se gestiona como tema administrativo o clínico sin convertirse en resultado exigible. El dato puede existir, incluso el expediente puede estar lleno, pero si la pérdida no se traduce en aprendizaje institucional, auditoría y corrección, el sistema sigue funcionando como si no hubiera nada que ver.

Delimito el tema en términos clínico-estadísticos: me refiero a pérdidas a partir de las 22 semanas de gestación, cuando existe viabilidad potencial y el evento entra a un régimen de registro comparable. La muerte fetal es un trazador de fallas, pero no dice lo mismo en todo el embarazo. Entre 22 y 27 semanas pesa el borde de la viabilidad y, con él, la desigualdad tecnológica: la disponibilidad real de cuidados intensivos, transporte, personal y soporte neonatal puede mover la frontera entre “nacido vivo” y “muerte fetal”, y con ella mover también el sentido de lo evitable. Entre 28 y 35 semanas se prueba otra cosa: la continuidad del cuidado. Ahí importan, sobre todo, la detección oportuna de riesgo, el seguimiento, la referencia, la coordinación entre niveles, la capacidad de anticipar complicaciones. Y desde la semana 36 la ecuación cambia: cuando el embarazo llegó a término, la pregunta principal ya no es qué hizo la mujer, sino qué garantizó el sistema. En ese tramo, una muerte fetal es una vergüenza institucional: no por dramatismo, sino porque la viabilidad ya estaba dada y lo evitable depende casi todo de vigilancia, respuesta y capacidad resolutiva alrededor del parto.

Esto no significa negar que existan múltiples determinantes de las muertes fetales, ni caer en un esquema simplista de culpa. Significa asignar responsabilidad donde está la capacidad real de prevenir. Y en esa asignación, el sistema de salud no sale bien librado cuando el peso se desplaza hacia fetos a término: ahí lo que falla ya no es la biología, es el cuidado organizado. La pareja hizo su esfuerzo, sostuvo el trayecto, llegó al final, y se queda sin nada. Y muchas veces se queda también sin una explicación pública, sin un reconocimiento institucional que no sea trámite, sin una señal de que esa pérdida servirá para corregir una falla y no solo para archivar un caso.

La paradoja contemporánea es que la sociedad está cambiando su sensibilidad al punto de convertir la muerte fetal en duelo con memoria, mientras el Estado puede seguir tratándola como un evento que se registra sin consecuencias. La familia inscribe; la institución clasifica. La familia cuelga la imagen en la pared; el sistema la deja en el margen del aprendizaje. Cuando eso ocurre, el problema deja de ser técnico y se vuelve institucional: se gobierna el embarazo y el parto como si fueran un conjunto de acciones, no un continuo que debe rendir cuentas por desenlaces.

No se trata de moralizar: se trata de que el tema no sirva de pretexto para no mirar. Aquí lo que importa es lo prevenible y quién puede prevenirlo. Medir y auditar muertes fetales tardías no es vigilar moralmente a las mujeres: es obligar al sistema a mirarse donde más falla y donde más puede corregir, sobre todo cuando la pérdida ocurre a término y lo evitable depende casi todo de vigilancia, respuesta y resolución. Ese equilibrio es posible si el foco se pone en organización de servicios, tiempos de respuesta, referencia funcional, capacidad resolutiva, y fallas evitables; no en culpabilización individual.

Por eso el ultrasonido en la pared no es una anécdota: es una señal de que la sociedad ya resolvió, en su propio lenguaje, una pregunta que la política sanitaria aún esquiva. La familia está diciendo: esto contó como presencia de otro miembro. Si el Estado no logra traducir esa transformación en resultados que orienten auditoría y mejora, no estamos frente a un problema de estadística, sino frente a un problema de sensibilidad institucional. Y ese problema se paga: en muertes evitables que no se detectan a tiempo y en desconfianza social.

La salida no requiere inventar grandes aparatos nuevos. Requiere una decisión: tratar la muerte fetal como trazador, no como residuo. Reconocer que su lectura cambia por tramos y que, en un embarazo a término, la obligación institucional es máxima. Convertirla en termómetro público para aprender: una política sanitaria no es solo un catálogo de acciones, es una forma de respuesta a la pérdida significativa. Cuando el hogar cuelga el ultrasonido en la pared, está diciendo que esa pérdida merece lugar. Un Estado que la registra sin aprender de ella está diciendo, sin palabras, que no merece prioridad. Entre esas dos frases se juega una parte decisiva de la legitimidad sanitaria contemporánea.

*El autor es profesor Titular del Dpto. de Salud Pública, Facultad de Medicina, UNAM y Profesor Emérito del Dpto. de Ciencias de la Medición de la Salud, Universidad de Washington.

Las opiniones vertidas en este artículo no representan la posición de las instituciones en donde trabaja el autor. rlozano@facmed.unam.mx; rlozano@uw.edu; @DrRafaelLozano

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Rafael Lozano

El autor es profesor Titular del Dpto. de Salud Pública, Facultad de Medicina, UNAM y Profesor Emérito del Dpto. de Ciencias de la Medición de la Salud, Universidad de Washington. Las opiniones vertidas en este artículo no representan la posición de las instituciones en donde trabaja el autor.

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