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La subyacente puede minar la popularidad de la presidenta

Eduardo Ruiz-Healy | Ruiz-Healy Times
Empezando 2026 se confirma la brecha entre el relato político triunfalista y el bolsillo del ciudadano. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) publicó ayer el Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC) de enero de 2026 que muestra que la inflación anual se ubicó en 3.79%, superior al 3.59% de enero de 2025.
El detalle es más preocupante. La inflación subyacente se disparó al 4.52% anual y ya se nota en el día a día: restaurantes y servicios de alojamiento se encarecieron 7.22%, y loncherías, fondas, torterías y taquerías, 5.27%. En la canasta de proteínas, los de origen animal —carne, pollo, pescado, leche y huevo— subieron 3.91%. El problema no se circunscribe a un mes porque cuando lo que está aumentando es lo de fondo, y más en servicios, la inflación se vuelve persistente y lenta en ceder.
Este clima de precios se nota en el ánimo de la gente. La Encuesta Nacional sobre Confianza del Consumidor (ENCO), que elaboran mensualmente el Inegi y el Banco de México, y que se dio a conocer el viernes pasado, indica que el ICC de enero de 2026 se situó en 44.0 puntos, 2.7 puntos menos que hace un año. En esa escala, 50 puntos separan el optimismo del pesimismo. Con 44.0, el comprador no duda: desconfía.
El desaliento está ahí: la valoración de la situación económica familiar se desplomó 1.3 puntos y el consumo se estancó. La propensión a realizar compras de bienes duraderos (muebles, electrodomésticos, etc.) se mantiene en 30.5 puntos. Es la economía real: cuando la gente gasta menos, pospone y se aprieta el cinturón, se nota. Por eso es que sí importa dónde está la inflación: no en un jitomate que va y viene, sino en rentas, en alimentos fuera de casa, en servicios personales. Si esa inflación se ancla por encima de 4%, el retorno al objetivo de entre 2% y 3% se posterga y el margen de maniobra se estrecha. Y entonces Banxico se demora más en bajar la tasa de interés, lo que encarece el crédito y frena la economía.
Lo peor son las expectativas. La expectativa sobre la situación económica del país dentro de 12 meses se hundió 6.5 puntos. El indicador de expectativas de precios cayó a 15.7 puntos y las decisiones patrimoniales se congelaron: la intención de adquirir un vehículo se ubicó en 15.5 puntos y la de construir o refaccionar una vivienda en 19.3. Incluso las expectativas de empleo retrocedieron 5.3 puntos. Cuando el futuro se encarece, el consumo se retrae instintivamente.
Aquí surge una paradoja que el gobierno federal no debería ignorar. Las encuestas dan una aprobación de la presidenta Claudia Sheinbaum entre 69% y 80%, pero la confianza del consumidor va en dirección opuesta. La fama es lábil en tiempos de carestía: se puede aprobar un gobierno y sentir que no es suficiente.
Si la inflación subyacente no cede, el deterioro del ánimo económico terminará pasando factura política. Para impedirlo, la presidenta debe abandonar la estimulación de la demanda con más gasto y déficit y abocarse a bajar costos —competencia, logística, energía, seguridad, trámites—, y, mientras tanto, el Banco de México no debe precipitarse y bajar las tasas antes de tiempo. De lo contrario, la subyacente seguirá, el consumidor, otra vez, pagará la cuenta y la popularidad de Claudia Sheinbaum disminuirá.
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