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Relatos de fin de viaje

Foto: Aspecto que tenía en el siglo XIX la zona donde se construyó el muelle de Nueva York en 1905. ESPECIAL
De viajar se han escrito muchas páginas y repetido muchos pensamientos: “no hay nada como visitar otras tierras para ensanchar la cultura y afinar la sensibilidad, que el tonto pasea, pero el sabio viaja, que los viajes ilustran y que viajar es como dormirse: un peligro siempre pero también una promesa cada vez.”
Diarios de viaje, cartas, crónicas y ensayos han sido referencia de nuestro país para el mundo y a la vez nos han contado de tierras que nunca habíamos visto. También existen, lector querido, textos de cómo nos han mirado los que llegaron de fuera. Algunos, con tocado de conquistador. Otros, ostentando plumaje de academia. Muchos, que creyeron venir a descubrirnos otra vez. Todos, opinando sin cortapisa sobre cualquier materia.
François-René de Chateaubriand, por ejemplo, vizconde francés, hijo de la Revolución Francesa, conocido de Luis XV y amigo de Napoleón, para tranquilizar a los turistas del viejo mundo –y de paso curarse en salud– puntualizó lo siguiente en su libro Le voyage en Amérique:
“El indio no era salvaje: la civilización europea no obró sobre el estado puro de la naturaleza, sino sobre la incipiente civilización americana; si no hubiera encontrado nada (la civilización europea) hubiera creado algo, pero encontró costumbres y las destruyó porque era más fuerte y porque creyó que no debía mezclarse con tales costumbres.”
Otros, como Gabriel Ferry, un francés que murió en altamar, desde Europa viajó hasta Rusia y acabó en México, después de haber recorrido más de mil cuatrocientos leguas a caballo, reportó el estado de las cosas en nuestro país de otra manera. En los artículos que publicó en la revista Reveau de Deux Mondes y en un libro que se llamó, en francés, Escenas de la vida mexicana en 1825 , relató un paseo por la Alameda del siguiente modo:
“La Alameda de México forma un cuadrilongo cercado de un muro. En cada uno de sus ángulos hay una verja de hierro para el paso de los coches, los jinetes y los peones. (..). Las carrozas doradas del país se cruzan incesantemente con los coches europeos, y los ricos arneses de los caballos mexicanos resaltan con todo su brillo al lado de la modesta silla inglesa. Las señoras de la alta sociedad han dejado a la hora del paseo la saya y la mantilla para vestir un traje, un poco rezagado por la distancia, de la última moda de París. Después de dar un cierto número de vueltas, los coches abandonan la alameda y los jinetes se van en pos de los coches. Toda esa muchedumbre cruza indiferente por delante de una ventana cerrada por fuertes barrotes de hierro, que da encima de la acera y por debajo de la cual es preciso pasar para llegar al paseo de Bucareli. Nadie, de no haberlo visto, podría imaginarse el cuadro repugnante que se presenta cada día detrás de aquellos barrotes de hierro, gastados por el orín, a dos pasos del primer paseo de México: esta ventana es la del sitio lúgubre en el cual se depositan los cadáveres de los asesinados y de los que perecen de muerte violenta: es lo que se llama en francés la morgue.”
Después de tan flaco favor y macabra propaganda –no lo sabemos de cierto, pero nos suponemos– nuestro prestigio como destino de viaje terminó destruido de un plumazo.
Nosotros, por el contrario, cuando nos toca ser turistas –y saludar con sombrero ajeno– somos totalmente diferentes. Lo atestigua Jorge Ibargüengoitia, autor mexicano contemporáneo, y mucho más divertido cuando escribe sobre los mexicanos de viaje. En un fragmento de su libro Viajes en la América ignota, dice lo siguiente:
“Las maravillas que el mexicano consideraba dignas de relatar no eran naturales sino mecánicas o referentes a una situación social que aquí parecía extraordinaria. Por ejemplo: “en San Diego California, los lecheros reparten en la madrugada, dejan las botellas en la puerta de la casa y nadie se las roba. A nadie se le ocurriría contar esto hoy en día. En primer lugar, porque los lecheros de San Diego son una raza casi extinta y porque los pocos que quedan hacen sus rondas al medio día. Además, sí hay quien se robe la leche. Pero mientras nosotros vamos en nuestra carrera a la modernización aparece una nueva clase de viajero mexicano que regresa diciendo:
–En París no hay quien te sepa hacer un huevo frito.”
Sin embargo, los escribanos y escritores mexicanos que han relatado sus experiencias como turistas en el extranjero no siempre actúan igual. Hay quienes componen grandes obras sentados a las orillas de un río que no tiene nombre en español, los que resultan subyugados por riquezas que quisieran tener entre sus arcas, quienes quedan fulminados por insólitos paisajes y encantados por costumbres que nunca imaginaron.
Y tales relatos van desde cuando nos asomamos a la posibilidad de ser “cosmopolitas” hasta la fecha, donde ya no tardamos en renunciar a nuestra ciudadanía global porque estamos hartos y aburridos. Lo que queríamos era ir de viaje de Semana Santa –sin dar reportes, ni componer publicaciones para redes– a la misma playita de siempre.
