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El progreso también puede dejar de funcionar

Jaime Cervantes Covarrubias | Columna Invitada
“Hay conquistas humanas que parecen definitivas hasta que comenzamos a perderlas.”
Un niño se raspa la rodilla jugando y se infecta. Un señor tiene problemas urinarios y se infecta. Una mujer da a luz por cesárea y se infecta. Otra persona entra a quirófano para recibir una prótesis o comienza un tratamiento contra el cáncer y se infecta. Hoy imaginamos médicos, hospitales, medicamentos y, en la mayoría de los casos, existe recuperación de la salud.
Nos cuesta recordar que durante buena parte de nuestra historia una herida infectada, una neumonía o una infección posterior al parto podían cambiar el destino de una familia y/o terminar la vida de la persona.
Hace apenas un siglo, esa realidad comenzó a transformarse.
En 1928, Alexander Fleming observó que un moho del género Penicillium impedía el crecimiento de ciertas bacterias. Años después, Howard Florey, Ernst Chain y otros investigadores consiguieron convertir aquella observación en una herramienta terapéutica utilizable. Fleming, Florey y Chain recibirían el Premio Nobel de Medicina en 1945. Después llegaron la estreptomicina, las tetraciclinas, las cefalosporinas y muchas otras familias de antibióticos.
No solamente aprendimos a curar infecciones. Los antibióticos ayudaron a construir una parte esencial de la medicina moderna.
Cirugías complejas, cesáreas, prótesis, cuidados intensivos, trasplantes, quimioterapias y tratamientos que disminuyen nuestras defensas dependen, en distinta medida, de la posibilidad de prevenir y tratar una infección bacteriana. Lo extraordinario se volvió cotidiano. Y quizá ahí comenzó también nuestra vulnerabilidad.
Nos acostumbramos tanto a que funcionaran que empezamos a comportarnos como si fueran infinitos.
Cuando aprendimos a curarnos
La resistencia antimicrobiana ocurre cuando bacterias, virus, hongos o parásitos dejan de responder adecuadamente a los medicamentos destinados a combatirlos. Las advertencias sobre un uso responsable estuvieron presentes desde hace un siglo. Desde el principio en que la ciencia descubrió y desarrolló estos medicamentos, se percató de que las bacterias evolucionan, sobreviven y transmiten mecanismos capaces de hacer menos efectivos determinados tratamientos. Ahora esa evolución y resistencia se está viendo también en los otros tipos de patógenos. La resistencia puede surgir naturalmente, pero el uso excesivo o inadecuado acelera su selección y propagación.
El problema, por tanto, no es utilizar antibióticos o antimicóticos.
El problema es utilizarlos en forma incorrecta, cuando no se necesitan, emplear uno inadecuado, modificar por nuestra cuenta la dosis o la duración indicada, compartirlos, guardar los sobrantes para una enfermedad futura o recurrir innecesariamente a medicamentos que deberían reservarse para situaciones más difíciles.
¿Qué ocurre cuando aquello que nos acostumbramos a considerar una solución comienza a dejar de funcionar?
La respuesta ya no pertenece a un futuro hipotético. En 2023, aproximadamente una de cada seis infecciones bacterianas comunes confirmadas mediante laboratorio en el mundo presentó resistencia a los antibióticos utilizados para tratarla. Entre 2018 y 2023, la resistencia aumentó en más del 40% de las combinaciones bacteria-antibiótico que la Organización Mundial de la Salud pudo vigilar.
México tampoco observa el fenómeno desde lejos. El análisis del Institute for Health Metrics and Evaluation estimó que en nuestro país hubo en 2021 alrededor de 16,100 muertes directamente atribuibles a la resistencia antimicrobiana y unas 66,500 asociadas con ella. La diferencia importa. Una muerte atribuible representa aquella que, según el modelo epidemiológico, habría podido evitarse si la infección no hubiera sido resistente; una muerte asociada ocurre en presencia de una infección resistente, aunque no pueda adjudicarse por completo la causalidad.
No necesitamos muchas más cifras para comprender la magnitud.
Necesitamos preguntarnos qué significa.
Significa que determinadas infecciones requieren tratamientos más complejos. Que algunas hospitalizaciones pueden prolongarse. Que aparecen medicamentos más costosos o con mayores efectos adversos. Que procedimientos que hoy consideramos relativamente seguros pueden volverse más riesgosos.
Pero significa también algo más profundo.
Una de las grandes conquistas de la ciencia puede deteriorarse mientras todavía la estamos utilizando.
La cultura del “por si acaso”
En México conocemos bien una conversación que quizá ha ocurrido alguna vez alrededor de nuestra mesa, en un consultorio o frente al botiquín.
“Esto me dio la vez pasada.”
“Me funcionó la amoxicilina.”
“Dame algo fuerte.”
“Guarda las que sobraron.”
“Mi hijo tuvo lo mismo.”
“Por si acaso.”
Durante décadas desarrollamos una relación muy cotidiana con los antibióticos. Antes de 2010 era posible conseguirlos con enorme facilidad y la automedicación se incorporó a determinadas prácticas familiares. México dio entonces un paso relevante al reforzar la exigencia de receta para su venta y, en 2018, declaró obligatoria la Estrategia Nacional de Acción contra la Resistencia a los Antimicrobianos. En 2022 esta estrategia fue actualizada para fortalecer su articulación entre salud humana, salud animal y producción de alimentos.
Es importante reconocer esos avances. México no parte de cero.
Tenemos regulación, instituciones, profesionales de la salud, vigilancia epidemiológica y conocimiento científico. El propio guión preparado para nuestro programa Liderazgo, Salud y Sociedad coloca correctamente la automedicación, la prescripción innecesaria y el uso en la cadena alimentaria dentro de una responsabilidad compartida, en lugar de reducir el problema a la conducta individual.
Sin embargo, cambiar una norma resulta mucho más sencillo que transformar una costumbre.
Sería injusto concluir que las personas se automedican simplemente porque son irresponsables. Las conductas ocurren dentro de sistemas que pueden facilitarlas, premiarlas o incluso volverlas comprensibles. Hay personas para quienes acudir a consulta significa trasladarse durante horas, esperar, faltar al trabajo o perder parte del ingreso diario. Otras conservan medicamentos porque alguna vez no tuvieron acceso oportuno a ellos. En ocasiones confiamos más en una experiencia anterior que en un diagnóstico nuevo.
Comprenderlo no significa justificarlo.
Significa reconocer que un problema cultural también tiene raíces sociales.
Existe, además, otra práctica sobre la que hablamos menos. A veces confundimos atención médica con intervención. Salir de una consulta sin receta puede producir la sensación de que “no nos dieron nada”. Pedimos algo fuerte. Esperamos una medicina que confirme que nuestra enfermedad fue tomada en serio. Y profesionales de la salud pueden experimentar también la presión de satisfacer esa expectativa.
¿Cuándo comenzamos a confundir ser atendidos con recibir una receta?
Un resfriado, una influenza y muchas infecciones respiratorias son causados por virus. Un antibiótico no puede tratarlos. Utilizarlo no acelera la recuperación, pero sí puede producir efectos adversos y contribuir a la presión que favorece la resistencia.
Tampoco son medicamentos inocuos. Pueden causar diarrea, náusea, reacciones alérgicas y alteraciones de nuestra microbiota. En situaciones específicas pueden favorecer infecciones graves por Clostridioides difficile u ocasionar otros efectos adversos dependiendo del antibiótico utilizado.
Por eso el mensaje tampoco puede convertirse en una cruzada contra ellos.
Cuando están indicados, los antibióticos salvan vidas.
Cuando no lo están, asumimos riesgos sin obtener el beneficio que buscamos.
La conducta responsable es menos espectacular. Consultar, preguntar, seguir exactamente la dosis y duración prescritas, no modificar el tratamiento por cuenta propia, no compartirlo y no convertir el botiquín familiar en una pequeña farmacia para enfermedades futuras.
Todo comienza por uno mismo.
Pero difícilmente termina ahí.
Una medicina que también pertenece a los demás
Elinor Ostrom, economista política que estudió cómo las comunidades administran recursos compartidos, demostró que los bienes comunes no están condenados inevitablemente al deterioro. Pueden conservarse cuando las comunidades desarrollan reglas, responsabilidad y cooperación.
Los antibióticos no son un bosque ni un sistema de riego, pero su eficacia contiene algo parecido a un bien común.
Cuando yo utilizo innecesariamente un antibiótico, la consecuencia potencial no queda encerrada en mi cuerpo. Favorecer la selección de bacterias resistentes puede contribuir a un problema que después circulará entre otras personas, hospitales, comunidades, animales o ambientes.
El medicamento que compro puede ser mío.
Su eficacia futura no me pertenece solamente a mí.
¿Puede considerarse completamente individual una decisión que modifica un recurso terapéutico que otras personas también necesitarán?
Esa pregunta cambia el problema.
La familia aparece entonces como una primera escuela sanitaria. En casa aprendemos qué hacemos frente a la fiebre, a quién consultamos, qué medicamentos guardamos, qué recomendamos a nuestros hijos e hijas y cuánto confiamos en el consejo profesional. Así como heredamos recetas culinarias, historias y maneras de relacionarnos, también podemos heredar hábitos de cuidado.
Una generación puede transmitir la automedicación.
Otra puede interrumpirla.
Hans Jonas, filósofo que reflexionó sobre nuestra responsabilidad frente al poder tecnológico, planteó una cuestión que hoy resulta particularmente pertinente. Cuanto mayor es nuestra capacidad de intervenir sobre el mundo, mayor debería ser nuestra responsabilidad frente a las consecuencias futuras de esa intervención.
Los antibióticos nos concedieron un poder enorme.
Pero utilizar un poder no es lo mismo que saber cuidarlo.
De ahí surge una de las ideas que más me interesan de esta conversación. Preservar los antibióticos es liderazgo sobre el tiempo. No solamente protegemos nuestra posibilidad actual de curarnos. Cuidamos una capacidad terapéutica que necesitarán personas que no conocemos y generaciones que todavía no nacen. Esa dimensión intergeneracional ya estaba contenida en el planteamiento editorial del programa y merece convertirse en el corazón de esta reflexión.
La responsabilidad se amplía todavía más cuando llegamos al trabajo.
¿Qué tiene que ver la resistencia antimicrobiana con quienes dirigen una empresa que no pertenece al sector salud?
Mucho.
Una enfermedad prolongada afecta a la persona que la padece, pero también transforma la vida familiar, aumenta los gastos, puede provocar ausencias laborales y presiona los sistemas públicos y privados de salud. El Banco Mundial ha advertido que, si la resistencia antimicrobiana continuara sin control, sus efectos podrían alcanzar pérdidas de hasta 3.8% del PIB mundial anual hacia 2050 en un escenario de alto impacto y empujar a millones de personas adicionales hacia la pobreza.
Sin embargo, sería profundamente equivocado reducir esta preocupación a la productividad.
Las personas no merecen salud porque producen.
Pueden producir, crear, trabajar y desarrollarse porque primero merecen condiciones dignas para vivir.
Ahí aparece la responsabilidad social del empresariado. Una organización puede facilitar atención médica oportuna, promover vacunación, higiene y prevención de infecciones, evitar culturas laborales que obliguen a presentarse enfermo y generar información confiable sobre automedicación y uso racional de medicamentos.
Una de las mejores maneras de utilizar menos antibióticos es necesitar menos antibióticos.
Vacunación, agua segura, higiene, prevención, diagnóstico oportuno, seguridad alimentaria y atención primaria reducen infecciones y, con ello, disminuyen también la presión sobre estas herramientas terapéuticas.
La cultura del cuidado comienza antes de que aparezca el daño.
El problema que la ciencia sola no resolverá
Podríamos tranquilizarnos pensando que la innovación desarrollará nuevos medicamentos cuando los actuales dejen de funcionar.
Ojalá fuera tan sencillo.
La OMS continúa alertando sobre una insuficiente innovación antibacteriana. En marzo de 2026 volvió a señalar necesidades urgentes de nuevos antibióticos capaces de enfrentar infecciones graves provocadas por bacterias multirresistentes, particularmente aquellas resistentes a medicamentos considerados de última línea.
La evolución bacteriana no está esperando a que terminemos nuestro próximo proceso de innovación.
Y tampoco reconoce las fronteras administrativas con las que organizamos la realidad.
Edgar Morin, pensador francés y referente del pensamiento complejo, ha insistido durante décadas en que fragmentar intelectualmente aquello que está interconectado puede impedirnos comprender los problemas que queremos resolver.
La resistencia antimicrobiana es un ejemplo casi perfecto.
Ser humano, animal, hospital, granja, alimento, agua y ambiente forman parte de un mismo ecosistema microbiológico. Los antimicrobianos utilizados en salud animal también producen presión de selección. Las bacterias pueden desplazarse mediante personas, alimentos, animales o entornos. Por eso México y los organismos internacionales adoptan el enfoque de Una Salud, que conecta salud humana, animal y ambiental.
Aquí comienza también nuestro deber ser político.
Entiendo la política no solamente como gobierno, partidos o elecciones, sino como nuestra disposición para cocrear el bien común. Hay problemas que revelan con especial claridad que ninguna persona puede protegerse completamente sola.
Éste es uno de ellos.
Al primer sector le corresponde fortalecer vigilancia, prevención, diagnóstico, regulación, saneamiento, investigación, atención primaria y coordinación entre instituciones. Al segundo sector le toca asumir que sus decisiones sobre salud, cadenas alimentarias, producción animal, condiciones laborales, innovación y acceso producen consecuencias sociales. El tercer sector puede investigar, educar, acompañar comunidades, financiar soluciones, vigilar políticas y acercar conocimiento a poblaciones que quedan fuera de los sistemas tradicionales.
Ninguno puede hacerlo solo.
Los tres son agentes reales de cambio.
También aquí la filantropía consciente tiene una posibilidad distinta a simplemente financiar consecuencias. Familias empresarias, fundaciones y organizaciones sociales pueden impulsar investigación, diagnósticos accesibles, vacunación, agua y saneamiento, formación profesional y educación sanitaria. La mejor filantropía no solamente pregunta a quién podemos ayudar después del daño. Pregunta qué condiciones debemos transformar para evitar que ese daño se reproduzca.
Además existe una cuestión de justicia que no debemos ignorar.
Mientras algunas personas reciben antibióticos que no necesitan, otras continúan teniendo dificultades para acceder al medicamento, al diagnóstico o a la atención que podrían salvarles la vida. La propia OMS reconoce tanto el abuso de los antimicrobianos como la falta de acceso adecuado a diagnósticos, vacunas y tratamientos entre los factores que alimentan esta crisis.
Tan injusto puede ser recibir el antibiótico que no necesitamos como no poder acceder al que podría salvarnos.
El problema, por tanto, no consiste simplemente en consumir menos.
Consiste en usar mejor y garantizar mejor.
No temerles. Respetarlos.
Hablar de resistencia antimicrobiana puede conducir fácilmente al alarmismo.
No creo que ése sea el camino.
Tampoco me convence imaginar que regresaremos literalmente a una supuesta era preantibiótica. El mundo no retrocederá cien años. Seguiremos teniendo cuidados intensivos, inteligencia artificial aplicada a la medicina, cirugía robótica, diagnóstico molecular, inmunoterapia y quizá tratamientos que hoy ni siquiera imaginamos.
El riesgo puede ser todavía más paradójico.
Llegar al futuro con quirófanos extraordinarios, terapias génicas, trasplantes sofisticados y medicina personalizada, pero enfrentarnos a determinadas bacterias que nuevamente resulten extraordinariamente difíciles de detener.
¿Qué clase de progreso heredaremos si sabemos crear tecnologías extraordinarias, pero no aprendemos a cuidar aquellas que ya nos salvaron?
Quizá ésta sea la enseñanza más incómoda de la resistencia antimicrobiana.
El progreso no es necesariamente acumulativo.
Una civilización puede descubrir algo extraordinario y después deteriorar su valor.
Puede crear instituciones y debilitarlas.
Construir confianza y perderla.
Conquistar derechos y descuidarlos.
Descubrir medicamentos capaces de salvar millones de vidas y utilizarlos como si su eficacia estuviera garantizada para siempre.
La columna anterior hablaba de construir una cultura del cuidado y de aprender a actuar antes de que aparezca el daño. La resistencia antimicrobiana continúa exactamente esa conversación desde el otro lado de la medicina.
Vacunarnos puede evitar determinadas infecciones.
Cuidar los antibióticos ayuda a preservar nuestra capacidad para tratar aquellas que no conseguimos evitar.
Prevenir y curar no son estrategias contrarias.
Son responsabilidades complementarias.
Por eso no necesitamos temerles a los antibióticos.
Necesitamos respetarlos.
La próxima vez que abramos el botiquín y encontremos aquella caja que quedó de una enfermedad anterior, ocurrirá algo aparentemente pequeño. Podemos recordar que “la vez pasada funcionó”, preguntarle a alguien de la familia qué tomó cuando se sintió igual o decidir que probablemente “no pasa nada” por comenzar el medicamento.
También podemos detenernos.
Consultar.
Preguntar.
Comprender que cuidarse no siempre significa hacer más. Algunas veces significa decidir no intervenir hasta saber qué necesitamos realmente.
Ahí comienza el autoliderazgo.
No en una decisión grandiosa, sino en reconocer que nuestros actos privados también producen consecuencias públicas.
México necesita mejores sistemas de salud, mayor acceso, vigilancia epidemiológica, investigación, regulación, responsabilidad empresarial y colaboración entre sectores. Necesita todo eso.
Pero también necesita algo que ninguna política pública puede decretar completamente.
Una cultura capaz de cuidar aquello que comparte.
El agua.
La confianza.
Las instituciones.
La salud.
Y también esas pequeñas tabletas que durante décadas nos acostumbramos a considerar ordinarias, aunque detrás de ellas exista una de las conquistas más extraordinarias de la historia humana.
El próximo martes continuaremos esta conversación en Liderazgo, Salud y Sociedad, por Radio Fórmula en la 1470 y 1230 AM a las 15:00 horas acostumbradas, para comprender desde la salud, el liderazgo y nuestra vida cotidiana qué podemos hacer frente a la resistencia antimicrobiana.
Porque preservar los antibióticos no significa conservar un medicamento.
Significa cuidar hoy la posibilidad de que alguien pueda curarse mañana.
El autor es Doctor en Desarrollo Humano por la Universidad Motolinía del Pedregal; Maestro en Desarrollo Humano por la Universidad Iberoamericana; Master Ejecutivo en Liderazgo Positivo Estratégico por IE Business School y Licenciado en Comunicación Gráfica. Es desarrollista humano, empresario, docente, consejero sistémico y columnista en El Economista.
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