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El problema ahora es el diésel

Jorge A. Castañeda | Columna invitada
La nueva preocupación económica mundial es el diésel. Tras la apertura parcial del estrecho de Ormuz, este combustible tomó un papel central con un acuerdo entre Estados Unidos y Rusia, interpretado por muchos como la traición definitiva de Trump a Zelenski. Más allá de las teorías de conspiración, en esta coyuntura es fundamental entender su importancia para la economía mundial y México.
Aunque la gasolina impacta directamente nuestro bolsillo, el diésel mueve buena parte de la economía. Tractocamiones, tractores, locomotoras y barcos dependen de él. De acuerdo con la SICT, en 2024 el autotransporte movilizó 58.3% de la carga del país, y por carretera circula más del 70% del valor de lo que comerciamos con Estados Unidos.
El diésel se obtiene de una fracción intermedia del barril y el sistema de refinación de Norteamérica solo puede redirigir entre 10% y 15% de su producción de gasolina a diésel. Si escasea, no basta con extraer más petróleo. Se necesita capacidad de refinación, cuyas instalaciones tardan años en construirse. Además, su demanda es poco sensible al precio: el tráiler que lleva jitomates a la Central de Abasto o exportaciones a Laredo debe llegar, cueste lo que cueste el litro.
Según la AIE, el golfo Pérsico y Rusia concentraban casi 45% del diésel y gasóleo transportado por barco. Este año, ambos se han visto afectados. Por la guerra contra Irán, hoy transitan por Ormuz entre 7 y 20 buques al día, frente a unos 125 antes; Ucrania, por su parte, ha atacado una refinería rusa cada tres días en promedio, y el gobierno ruso prohibió exportar diésel hasta finales de octubre. Así, aunque los inventarios de crudo en Estados Unidos estén 1% por encima de su promedio de los últimos cinco años, los de destilados están 12% por debajo. En septiembre, el galón promedió 6.29 dólares, 9.3% más que el récord de 2022.
Trump ha probado de todo: liberó reservas, presionó al G7 para liberar hasta 100 millones de barriles, permitió usar diésel rojo en carretera y aplazó hasta fin de año el impuesto federal de 24.4 centavos por galón. El 9 de octubre autorizó comprar diésel ruso, pese a las sanciones contra ese país. Pero ninguna medida aumenta la capacidad de refinación. El diésel rojo ahorra unos 25 centavos por galón y, según Reuters, las primeras 300,000 toneladas de diésel ruso no alcanzan para un día de consumo en EU.
México depende del diésel importado de Estados Unidos. Según la EIA, en junio nos vendió 288,000 barriles diarios de destilados, más del 40% de nuestro consumo. Pese a las promesas y las mañaneras, Pemex no ha reducido esa dependencia. Aunque la cifra mejoró en agosto, Dos Bocas —que costó más de 20,000 millones de dólares— operó apenas al 41% de su capacidad en junio. En septiembre, Trump amenazó con prohibir las exportaciones de diésel, poniendo en riesgo nuestro abasto en pleno año de revisión del T-MEC.
Los mexicanos no hemos resentido el alza en la bomba porque Hacienda absorbe parte del costo. El gobierno pactó con los gasolineros un tope de 27 pesos por litro. Para sostenerlo, lleva cinco semanas sin cobrar el IEPS al diésel, de 7.36 pesos por litro, y otorga un estímulo complementario de 1.09 pesos. Así, el erario absorbe casi un tercio del costo de cada litro. En el primer semestre, los estímulos costaron 42,000 millones de pesos. La Ley de Ingresos 2027 supone la mezcla mexicana a 61.8 dólares por barril, mientras el Brent supera los 100. Casi 70% del gasto de 2027 ya está comprometido. Mantener los subsidios tendrá un costo: recortar la inversión pública o aumentar la deuda.

