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Opinión

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El país donde educar estorba

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Eduardo López Chávez | Columna invitada

Eduardo López Chávez

Cuando enseñar se vuelve una molestia para el gobierno, la ignorancia deja de ser accidente…

- Macraf

Hace unos días, el gobierno federal anunció que el ciclo escolar terminaría el 5 de junio. Después, tras críticas, presión mediática y molestia social, decidió echarse para atrás y mantener el cierre oficial hasta el 15 de julio. El argumento inicial era una mezcla difícil de creer: altas temperaturas y el Mundial de futbol. Y aunque después intentaron matizar el discurso, el daño ya estaba hecho: quedó claro que, para quienes toman decisiones, reducir días de clase parecía perfectamente razonable.

La pregunta de fondo es brutalmente simple: ¿de verdad el país está como para jugar con la educación?

Porque aquí no estamos hablando únicamente de calendarios escolares. Estamos hablando de capital humano, productividad, crecimiento económico y desarrollo de largo plazo. Estamos hablando del futuro de millones de niños y jóvenes en un país donde la pobreza y la falta de oportunidades siguen marcando el destino de demasiadas personas desde que nacen.

El argumento de las altas temperaturas, por supuesto, tiene lógica. Hay regiones del país donde el calor es extremo y estudiar en aulas sin ventilación adecuada es prácticamente inhumano. Pero justamente ahí aparece la primera gran contradicción: eso no es nuevo. México no descubrió el calor este año.

Durante décadas se ha sabido que hay estados y municipios donde las temperaturas superan niveles críticos durante buena parte del ciclo escolar. Y aun así, miles de escuelas siguen sin aire acondicionado, sin aislamiento térmico, sin infraestructura básica y, en muchos casos, sin siquiera electricidad estable. Lo mismo ocurre en zonas urbanas donde las olas de calor son cada vez más frecuentes y las instalaciones educativas siguen deteriorándose año tras año.

Entonces el problema no es el calor. El problema es que nunca se invirtió para enfrentarlo.

Y eso nos lleva al verdadero fondo del asunto: en México se habla muchísimo de educación, pero se invierte muy poco en hacerla realmente funcional y competitiva.

Lo más grave fue escuchar al secretario de Educación, Mario Delgado, decir algo que retrata perfectamente la mediocridad institucional con la que se administra el sistema educativo: “seamos sinceros, después de la entrega de calificaciones, las escuelas se vuelven guarderías”.

Más allá de lo ofensivo, la declaración es demoledora por lo que revela.

Si las escuelas se convierten en guarderías después de entregar calificaciones, entonces la pregunta inmediata es: ¿qué ha hecho el propio responsable de la política educativa para evitarlo? Porque aceptar eso públicamente no es una explicación; es una confesión de fracaso.

Y ahí es donde aparece otro problema incómodo: el miedo político.

¿Será que no se toca el fondo del sistema educativo porque el sindicato puede molestarse? ¿Será que prefieren evitar conflictos laborales antes que exigir calidad, evaluación, disciplina y profesionalización real? Porque si la prioridad es no incomodar estructuras políticas aunque eso signifique mantener una educación deficiente, entonces el problema ya no es administrativo: es moral.

Y sí, si la respuesta es esa, entonces estamos no fregados… jodidos.

Porque reducir tiempo efectivo de clases en un país con rezagos educativos gigantescos no es una decisión menor. Es condenar todavía más a millones de estudiantes que ya parten desde condiciones profundamente desiguales, a quedarse ahí.

La evidencia económica sobre esto es contundente: a mayor y mejor educación, mayores posibilidades de elevar la calidad de vida. No es casualidad que las economías más desarrolladas del mundo sean también las que más invierten en capital humano, ciencia, tecnología y formación especializada.

El desarrollo económico sostenible no nace de discursos políticos ni de transferencias asistenciales eternas. Nace de productividad. Y la productividad depende, en buena medida, de la calidad del capital humano.

Un sistema educativo débil, complaciente, adoctrinado y alejado de la realidad diaria produce exactamente eso: trabajadores menos preparados, menor innovación, menor competitividad y menores posibilidades de crecimiento de largo plazo.

Por eso resulta tan preocupante la ligereza con la que se planteó reducir el calendario escolar. Y peor aún, justificarlo parcialmente por el Mundial de futbol. Porque en un país donde millones de niños tienen dificultades para comprender textos, resolver operaciones matemáticas básicas o desarrollar habilidades técnicas, suspender clases por un evento deportivo no solo es absurdo: es una señal de prioridades completamente distorsionadas.

Y al final, el gobierno decidió mantener el cierre del ciclo hasta el 15 de julio. Pero no porque entendiera la gravedad del problema educativo. No porque exista una estrategia seria para elevar la calidad del sistema. No porque se quiera recuperar aprendizaje perdido.

Simplemente retrocedieron porque hubo presión pública.

Y ahí está la tragedia completa: se corrigió la fecha, pero no el problema de fondo.

Los alumnos seguirán yendo a clases unas semanas más, sí. Pero eso no significa automáticamente mejor educación. Porque el sistema sigue atrapado entre simulación política, miedo sindical, falta de inversión y una visión profundamente mediocre sobre lo que significa educar.

En el fondo, pareciera que resulta más conveniente mantener una población con baja capacidad crítica y pocas herramientas reales para competir, que construir generaciones verdaderamente preparadas y capaces de exigir más.

Porque educar bien transforma sociedades. Pero también incomoda al poder.

Y cuando la educación deja de verse como inversión y empieza a tratarse como carga administrativa, el futuro económico del país empieza a deteriorarse lentamente desde las aulas.

De esta forma, seguimos viviendo entre cifras que brillan… y bolsillos que no alcanzan.

* El autor es académico de la Escuela de Gobierno y Economía y de la Escuela de Comunicación de la Universidad Panamericana, consultor experto en temas económicos, financieros y de gobierno, director general y fundador del sitio El Comentario del Día y conductor titular del programa de análisis: Voces Universitarias.

Contacto y redes: https://eduardolopezchavez.mx/redes

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