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Opinión

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Nocturno: cuando la palabra es lo único que queda en pie

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Dra. Carmen Amezcua | Columna Invitada

Dra. Carmen Amezcua

“Cuando tenía 17 años maté a mi hermana.”

Así entra Daniel Giménez Cacho al escenario del Centro Cultural Teatro 2. No hay escenografía que distraiga, ni música que prepare, ni otro actor que alivie. Hay un hombre, una voz y una confesión que va a durar casi dos horas.

Me invitaron a ver Nocturno y a decir unas palabras al terminar la función. Llegué pensando que iba a mirar la obra con ojos de psiquiatra; salí sabiendo que la había mirado con el cuerpo. El corazón se me aceleró cuando el relato llegó a la carretera. Lloré más veces de las que esperaba y —esto fue lo más desconcertante— también me reí, porque el dolor verdadero casi nunca es solemne todo el tiempo. Durante casi dos horas, al igual que quienes estaban sentados a mi alrededor, no me moví del asiento. Cuatrocientas y tantas personas conteniendo el aliento frente a un hombre que solo tenía palabras.

Pocas veces el teatro me ha recordado con tanta claridad lo que ocurre todos los días en un consultorio.

Nocturno, del dramaturgo estadounidense Adam Rapp, se monta por primera vez en México bajo la dirección de Francisco Franco Alba. La historia cabe en pocas líneas, aunque su peso no cabe en ninguna: un adolescente, promesa del piano, maneja de noche y atropella a su hermana de nueve años. Legalmente, fue un homicidio imprudencial. Emocionalmente, fue el fin del mundo que esa familia conocía.

Lo que sigue es la onda expansiva. La madre se apaga poco a poco hasta terminar internada en una institución psiquiátrica. El padre —el mismo que le había impuesto el piano con dureza— no logra perdonar y, años después, enferma de cáncer. Y el hijo huye: deja la música, se va a Nueva York, se refugia en los libros y se convierte en escritor. No voy a contar más; esta es una obra que merece verse sin saberlo todo.

Lo que sí quiero contar es cómo está hecha. Casi nada en el escenario, un actor solo, ciento diez minutos sin salir de escena. En tiempos de pantallas que compiten por cada segundo de nuestra atención, Nocturno se sostiene únicamente con la palabra —una palabra que por momentos es casi poesía— y con un intérprete capaz de hacerla habitar el cuerpo de cuatro personas distintas.

Hay un tipo de trauma del que casi no se habla: el de quien causa una muerte sin haberlo querido.

Maryann Gray, una psicóloga social estadounidense, atropelló a los 22 años a un niño de ocho que cruzó corriendo frente a su auto. La ley no la encontró culpable. Ella pensó en ese niño todos los días durante décadas y terminó dedicando su vida a acompañar a personas en su misma situación. En sus trabajos describe algo que he visto en consulta: quienes provocan una muerte de forma involuntaria tienen un riesgo elevado de estrés postraumático y depresión, cargan con una culpa y una vergüenza que ninguna absolución legal disuelve, llegan a dudar de su propio valor como personas y, sobre todo, suelen sufrir en soledad, porque casi no existen espacios para ellos.

Es lo que algunos autores llaman la culpa del accidente: una culpa que no corresponde a una falta moral, pero que se vive como si lo fuera. Es, al mismo tiempo, una prueba de conciencia y una fuente de tormento. En Nocturno tiene una vuelta más cruel: el protagonista no tiene a quién pedirle perdón. La víctima era su hermana. Los deudos eran sus padres. El juez era él mismo.

Por eso, la obra no retrata un duelo, sino cuatro, y cada uno se rompe a su manera. La madre, en la desconexión —lo que hoy la psiquiatría reconoce como un duelo prolongado, cuando el dolor por quien murió no encuentra acomodo y termina por tragarse la vida—. El padre, en la rabia. El hijo, en la huida. Y ese hijo carga doble: el duelo por su hermana y la culpa por su muerte, justo cuando pierde a los padres que podrían haberlo sostenido. Es un duelo sin testigos.

¿Cómo se sobrevive a algo así? La respuesta de Nocturno es el arte, la literatura. El personaje encuentra en los libros un salvavidas y, cuando se convierte en escritor, lo primero que escribe es su propia historia. Giménez Cacho lo dijo en una entrevista reciente con una sencillez que me conmovió: “narrar es un acto de sanar”.

La ciencia tiene algo que decir al respecto. Desde los años ochenta, el psicólogo James Pennebaker estudió lo que llamó escritura expresiva: pedir a las personas que escriban sobre una experiencia traumática durante algunos minutos al día, a lo largo de varios días. Su hallazgo más interesante no fue que escribir ayude, sino cómo ayuda: relatar solo los hechos no produce beneficio; lo que marca la diferencia es traducir la experiencia en lenguaje, con los hechos y las emociones juntos. Eso es exactamente lo que hace el protagonista durante dos horas.

Ahora bien, los estudios muestran beneficios modestos, y escribir no sustituye una terapia enfocada en trauma. Hace unas semanas, al despedir en este espacio a Yayoi Kusama, hablaba de cómo el arte la sostuvo toda su vida —y de cómo rara vez el arte sostiene por sí solo—. Pero el mecanismo es real: lo que no se nombra se repite; lo que se narra empieza, poco a poco, a tener un lugar.

Hay otro detalle que no quiero dejar pasar: quien cuenta esta historia es un hombre, y lo hace llorando.

Giménez Cacho ha contado que llegó a este texto en un momento en que revisaba su propia identidad masculina, esa herencia cultural según la cual los hombres no lloran y la vulnerabilidad es debilidad. Para él, el monólogo es un ejercicio de mostrar sus propias heridas. Se nota. En escena hay un hombre que decidió dejar de fingir que no estaba quebrado.

Esto no es un detalle estético. En México, según el INEGI, ocho de cada diez muertes por suicidio corresponden a hombres; en 2024, la tasa fue de 11.2 por cada cien mil hombres, frente a 2.6 en mujeres. Muchos de esos hombres cargaban su propio Nocturno y nunca encontraron dónde contarlo. Por eso, ver a un actor de sesenta y tantos años sostener su culpa y su llanto frente a cientos de personas es casi un acto de salud pública.

En la charla que di al final de la función hablé de algo que llamo el termómetro del trauma. Para este hombre, la medida máxima fue un accidente en una carretera. Para otras personas es un abuso en la infancia, una violación, un secuestro, una desaparición, un diagnóstico, una frase dicha por un padre en el momento equivocado. El evento cambia; lo que se parece es la línea que parte la vida en un antes y un después..

La psiquiatría sabe que al trauma no lo define solo lo que ocurre, sino lo que eso que ocurre hace en quien lo vive. No todas las personas que atraviesan algo terrible quedan marcadas de la misma manera, y experiencias que desde fuera parecen menores pueden reorganizar una existencia entera. Por eso no tiene sentido comparar dolores. Por eso también, lamentablemente, en un país como el nuestro, casi todos conocemos a alguien que carga con uno de estos quiebres.

Hay una última cosa que la obra me removió, y tiene que ver con quien escucha.

Como psiquiatra, llevo más de veinticinco años oyendo historias como esta. No son tan poéticas como la de Rapp —no vienen con metáforas ni con un nocturno de fondo—, pero muchas veces son igual de duras o más.

Sostener ese dolor tiene un costo que rara vez se nombra. En 1995, el psicólogo Charles Figley acuñó el término fatiga por compasión y, ese mismo año, Laurie Anne Pearlman y Karen Saakvitne describieron el trauma vicario: la huella que deja en psiquiatras, psicólogos y terapeutas escuchar, día tras día, el relato del horror ajeno. Puede parecerse al estrés postraumático —imágenes que regresan, evitación, un estado de alerta que no se apaga— y, sobre todo, puede cambiar la manera en que uno mira el mundo. Es frecuente, está poco nombrado y está menos atendido todavía.

La buena noticia es que se puede cuidar: la supervisión clínica, el apoyo entre colegas y la propia terapia reducen ese desgaste de manera importante. Y existe también su contraparte luminosa, lo que se ha llamado resiliencia vicaria: la fuerza que uno obtiene de ver, una y otra vez, que las personas sobreviven. Esa noche, en el teatro, sentí las dos cosas al mismo tiempo.

Al terminar la función, se encendieron las luces y el público se puso de pie. En el consultorio no hay telón: la historia no se queda en el escenario, se va a casa con el paciente —y, a veces, también con quien la escuchó—.

Si puede, vaya a ver Nocturno. La temporada en el Centro Cultural Teatro 2 concluye el 6 de diciembre, y dos horas frente a esta historia pueden enseñar tanto sobre la culpa y el duelo como muchos manuales. Sigamos hablando de salud mental desde todos los rincones posibles —el escenario, la literatura, la sobremesa—, no solo desde el consultorio.

Porque la pregunta que me dejó la obra sigue abierta: ¿cuántas personas cargan hoy su propio Nocturno sin un escenario, sin un público y sin nadie que les diga que contarlo también puede ser una forma de empezar a sanar?

Sigamos dialogando: puede escribirme a [email protected] o contactarme en Instagram, en @dra.carmenamezcua.

Cuídense mucho,

Autora de Tu viaje de sanación psicodélica (Editorial Planeta), un libro que también habla de la importancia de poner en palabras lo que nos ocurre.

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Dra. Carmen Amezcua

Carmen Amezcua es consultora, conferencista y experta en psiquiatría integrativa. Tiene más de 17 años de experiencia dentro de la industria farmacéutica y de la salud.

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