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El Nobel que Milei no cuenta (II)

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OpiniónEl Economista

En la entrega anterior vimos por qué el gobierno de Javier Milei presume el Nobel de Economía de este año, otorgado a Robert E. Hall y a Michael Woodford, y el trabajo de Julio Rotemberg, a quien el Comité del Nobel reconoce como pionero de los modelos con precios rígidos. Hoy toca lo que el oficialismo deja fuera.

El relato oficial es sencillo. El gobierno dejó de imprimir pesos para financiar al Estado, eliminamos el déficit fiscal, las empresas creyeron en el ajuste, anclaron sus expectativas, es decir, dejaron de esperar inflación alta, y la inflación cedió. Si así fuera, bajarla habría sido casi gratis. La aportación central de Rotemberg dice otra cosa. Su artículo de 1982 mostró que, aunque las empresas estén bien informadas y anticipen lo que hará la autoridad, si cambiar precios es costoso los ajustan con lentitud, mientras tanto la producción absorbe la diferencia. En su modelo, una menor expansión del dinero reduce la producción incluso si todos la ven venir. El costo en empleo no prueba credibilidad, es lo que la teoría predice.

La misma lógica ayuda a entender el momento actual. Cuando la inflación baja, las empresas vuelven a espaciar sus aumentos y la lentitud de los precios regresa. Septiembre lo ilustra. La inflación mensual fue de 1.9%, pero la anual de 33.4% superó el 31.8% de hace un año, lectura que los analistas ven difícil bajar de 1.5% mensual en los próximos meses.

Para romper la inercia del alza de los precios, Woodford propone un banco central que fija una tasa de interés con una regla conocida y que explica con claridad qué inflación busca y con qué instrumentos. En 2005 sostuvo que esa transparencia aumenta su capacidad de estabilizar. En su modelo, además, el banco central no busca controlar la cantidad de dinero. El gobierno argentino, en cambio, presume la no emisión monetaria. El programa por 20 mil millones de dólares que firmó en 2025 con el FMI incluye metas de emisión. Eso se parece más al paradigma que, según el Comité Nobel, el modelo premiado dejó atrás.

Woodford también define qué es el éxito. No basta con bajar la inflación, hay que hacerlo con la menor brecha del producto posible, es decir, con la menor distancia entre lo que la economía produce y lo que produciría si los precios se ajustaran sin fricciones. Esa brecha es la pérdida de bienestar que la política debe minimizar. Las cifras argentinas no sugieren una brecha pequeña. El desempleo llegó a 7.9% en el segundo trimestre, el más alto de esta gestión, y hay 354 mil empleos asalariados formales menos que en noviembre de 2023. Además, el propio FMI, ante el que el ministro de Economía Luis Caputo rinde cuentas en cada revisión del programa, acaba de recortar en tres meses su pronóstico de crecimiento para este año, de 3.5% a 2.1%, quedando lejos del casi 5% que proyectó el gobierno.

Falta la otra mitad del premio. Hall mostró que las familias deciden su gasto según el ingreso que esperan a lo largo de su vida. Quien sabe que perderá su empleo en tres meses recorta su gasto desde hoy, no el día del despido. Por eso el consumo se mueve casi sólo cuando llegan sorpresas sobre el ingreso. Pero el propio Hall planteó que quien no tiene ahorro ni crédito no puede suavizar su consumo y gasta lo que gana. En una Argentina con 45% de informalidad, esas familias probablemente son muchas, y una inflación baja no las hará gastar mientras no esperen recuperar su ingreso.

El oficialismo tomó del Nobel lo que le sirve: el ancla fiscal, la credibilidad y el origen argentino de Calvo y Rotemberg. Dejó fuera la parte que mide el éxito por la brecha del producto y por lo que ocurre en la mesa de las familias. Citar a Rotemberg por su apellido es fácil, leerlo completo puede resultarles incómodo.

*El autor es Profesor de la Facultad de Economía, UNAM.

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