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Opinión

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¿Por qué no todo el mundo hace agricultura “orgánica”?

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Gabriel Quadri de la Torre | Verde en serio

Gabriel Quadri de la Torre

De acuerdo a muchos ambientalistas todo el mundo debiera practicar una agricultura “orgánica”. Pero eso no ocurre, más que marginalmente o en condiciones controladas o experimentales. La definición de agricultura “orgánica” es difícil, ya que se puede confundir con “agroecología” o con agricultura “regenerativa”, que no son necesariamente lo mismo. Pero digamos que puede caracterizarse por el uso de nutrientes como estiércol, composta, abonos verdes y cultivos fijadores de nitrógeno (leguminosas); rotación de cultivos y cultivos de cobertura; control de malezas por trabajo humano o medios mecánicos en vez de herbicidas; combate biológico de plagas; no utilización de cultivos transgénicos; y prácticas de protección de suelo. Todo esto, debe admitirse, protege al medio ambiente y la biodiversidad en cada parcela; sin embargo, produce alimentos más costosos que la agricultura convencional, dados insumos caros, mano de obra intensiva, y bajo rendimiento por hectárea. No muchos pueden pagarla. El paralelismo con la energía limpia es inevitable: la energía limpia es un éxito global, esencialmente, dado que cada día es más barata que las energías fósiles. Para empezar, la agricultura orgánica rinde entre 15% y 25% menos por hectárea, y esto, comparando parcelas controladas y experimentales de agricultura orgánica contra parcelas convencionales. Además, el nitrógeno es el gran problema de la agricultura orgánica; los cereales requieren grandes cantidades de nitrógeno. La agricultura orgánica debe obtenerlas de estiércol, composta, leguminosas y residuos que son materiales voluminosos, variables en disponibilidad, y muy costosos de transportar y aplicar, a diferencia de los agroquímicos nitrogenados. La disponibilidad de estiércol no es infinita ni gratuita. Las malezas son muy difíciles de controlar en la agricultura orgánica, ya que se requiere mucho trabajo humano, que es costoso. También, exige un gran conocimiento que no es gratuito, con relación a rotaciones, cobertura, microbiología, fertilidad, y fechas de siembra.

Además del nitrógeno, y los costos, el problema central de la agricultura orgánica son sus límites de escala, ya que generalizarla en todo el mundo implicaría extender enormemente la frontera agropecuaria e incorporar enormes nuevas grandes extensiones de tierra a costa de ecosistemas forestales y de la biodiversidad. Es verdad que la agricultura y la ganadería convencionales son la principal causa de la deforestación, pero esta aseveración es tautológica; ya que representan casi la totalidad de las actividades agropecuarias, y por tanto son responsables de casi la totalidad de la deforestación agrícola y ganadera. Por ejemplo, si se obtiene 20% menos de maíz por hectárea en agricultura orgánica, se requeriría 25% más superficie, lo cual sería una sentencia de muerte para millones de hectáreas de bosques y selvas en el planeta. Es verdad que a nivel de parcela (hectárea) la agricultura orgánica puede ser ambientalmente más benigna que la agricultura convencional, pero no a nivel de volumen de producción (toneladas). Qué denominador usemos: hectárea o tonelada es esencial para una comparación objetiva. Aquí surge el dilema de conservar cierta biodiversidad en una parcela, o conservar ecosistemas completos con toda su biodiversidad, es decir, la disyuntiva de Land Sharing (tierra compartida, agricultura orgánica benigna con cierta biodiversidad, aunque menos productiva) o Land Sparing (ahorro de tierras con agricultura convencional altamente productiva que permite la conservación a gran escala de ecosistemas o hábitats completos fuera de las parcelas agrícolas). Claramente, una selva tropical intacta tiene mucho más valor que parcelas de agricultura orgánica. Pero en fin, ya que hay márgenes para reducir uso de agroquímicos sin afectar la productividad, se pueden obtener algunos beneficios de la agricultura orgánica manteniendo las ventajas en productividad y costos de la agricultura convencional moderna. Esto, con organismos genéticamente modificados o editados para lograr alta productividad y mayor poder nutricional, resistencia a plagas y sequías y fijación de nitrógeno (lo que disminuye notablemente el uso de agroquímicos sintéticos). Lo anterior, además de tecnologías agrícolas de precisión, irrigación tecnificada, inhibidores de nitrificación, cultivos de cobertura, rotaciones y mantenimiento de corredores y linderos de vegetación natural para promover insectos polinizadores y aves, en un proceso de intensificación agrícola sostenible.

Pero todo ello parecería un simple distractor, si observamos que es en la ganadería reses donde se encuentran las mayores aberraciones ecológicas y territoriales de la producción y consumo de alimentos. En nuestro país, por ejemplo, más del 55% de todo el territorio nacional se usa para el pastoreo de ganado, lo cual resulta absurdamente improductivo. La ganadería es la principal – por mucho – causa de la destrucción de los bosques tropicales en nuestro país. Más del 90% de las selvas tropicales húmedas y subhúmedas han sido destruidas por la ganadería de una forma ecológica y económicamente catastrófica, por ejemplo, con coeficientes de agostadero de entre ¡2 y 5 hectáreas por cada res o unidad animal! Si al menos fuéramos capaces de multiplicar por dos la productividad ganadera, México podría emprender una restauración ecológica forestal tropical masiva sin precedente, y el debate entre agricultura orgánica y convencional pasaría a segundo plano.

Gabriel Quadri de la Torre

Político, ecologista liberal e investigador mexicano, ha fungido como funcionario público y activista en el sector privado. Fue candidato del partido Nueva Alianza a Presidente de México en las elecciones de 2012.

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