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México, construyendo puentes en la región de Asia-Pacífico

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OpiniónEl Economista

Durante muchos años, cuando en México hablábamos de comercio exterior, la conversación se concentraba casi de forma natural en Norteamérica. Era lógico. Ahí estaba —y sigue estando— una parte central de nuestra integración productiva.

Pero hoy el mapa del comercio mundial exige una mirada más amplia. Asia-Pacífico ya no es una región lejana: es un espacio estratégico para la política económica y la diversificación comercial de nuestro país. Sin embargo, esta nueva etapa no implica sustituir una integración por otra, sino extenderla.

México no parte de cero: forma parte de uno de los bloques comerciales más dinámicos del mundo bajo el marco del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá. La oportunidad consiste en proyectar esa plataforma hacia el Pacífico, articulando una convergencia más amplia entre Norteamérica y Asia. Once estados mexicanos colindan con el Pacífico y los dos principales puertos que nos conectan al mundo —Manzanillo y Lázaro Cárdenas— se ubican en este punto nodal.

Esta condición geográfica adquiere un nuevo significado cuando se observa el peso real de Asia-Pacífico: más de la mitad de la población global, 55% de las exportaciones mundiales y 46% del PIB mundial. Estos datos obligan a replantear prioridades. No se trata únicamente de diversificar mercados, sino de reconfigurar la forma en que México participa en las cadenas globales de valor. Una economía competitiva no solo exporta más; se integra mejor, reduce fricciones y construye certidumbre.

Bajo esta visión, México ya comparte espacios con economías de Asia-Pacífico en foros clave como el Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico y el Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico. Pero el siguiente paso no es únicamente comercial; es estructural.

Los números muestran que esta relación ya está en marcha. Entre 2015 y 2024, las exportaciones mexicanas a economías de APEC crecieron 63%. En 2025, las exportaciones a Asia alcanzaron 33,086 millones de dólares. China, Japón, Taiwán y Singapur destacan como socios relevantes. Asia ya es parte del presente comercial de México. Pero el verdadero cambio no está en los volúmenes, sino en la arquitectura de las cadenas productivas.

Las tensiones entre Estados Unidos y China, los ajustes pospandemia y la aceleración tecnológica están impulsando una reorganización profunda del comercio global. Las empresas no están abandonando Asia; están diversificando su exposición y rediseñando sus plataformas de producción para ganar resiliencia, proximidad y control operativo. En este contexto, México tiene una oportunidad singular: pasar de ser un destino de relocalización a convertirse en un nodo de integración transpacífica.

Esto implica evolucionar hacia esquemas de coinversión estructurada entre empresas mexicanas, norteamericanas y asiáticas —incluyendo China— donde Asia aporta componentes, tecnología e insumos intermedios; México agrega valor mediante manufactura avanzada, talento y logística; y Norteamérica consolida demanda, capital e innovación.

No se trata de sustituir cadenas existentes, sino de recomponerlas con mayor inteligencia y cumplimiento regulatorio, reduciendo exposición a disrupciones y tensiones arancelarias.

La cadena de semiconductores ilustra esta lógica. Asia concentra capacidades críticas —desde materiales de silicio hasta equipos de fabricación— mientras que Norteamérica lidera en diseño, innovación y mercado final. México puede insertarse como plataforma de integración productiva, capturando valor en procesos intermedios de alta complejidad. Este modelo, sin embargo, requiere algo más que ventajas geográficas. Requiere convergencia institucional. A medida que México se posiciona como puente entre regiones, la certidumbre regulatoria, la eficiencia judicial y la consistencia en la aplicación de reglas se vuelven factores determinantes. La integración profunda no solo reduce costos logísticos; también exige reducir fricciones institucionales. La predictibilidad es un activo estratégico. La confianza es un multiplicador de inversión.

Esto no implica homogeneidad, sino coherencia: marcos claros que permitan escalar proyectos de largo plazo, facilitar asociaciones transfronterizas y distinguir con precisión sectores estratégicos de aquellos plenamente abiertos a la colaboración internacional.

En un entorno donde algunas industrias —como telecomunicaciones o infraestructura crítica— requieren salvaguardas específicas, existe un amplio espacio para la cooperación en manufactura avanzada, energías renovables, agroindustria y tecnologías industriales. México puede, y debe, ocupar ese espacio.

Hoy contamos con la posibilidad de transformar nuestra posición geográfica en una plataforma estratégica que conecte dos de las regiones más dinámicas del mundo. Profundizar nuestra integración con Norteamérica y, al mismo tiempo, expandir nuestra vinculación con Asia-Pacífico bajo principios de transparencia, cumplimiento y beneficio mutuo.

En un momento en que las cadenas globales buscan resiliencia, cercanía y flexibilidad, el reto no es elegir entre regiones, sino articularlas. Convertir la geografía en estrategia; la estrategia en inversión; y la inversión en prosperidad compartida.

Ahí reside una de las oportunidades más relevantes para México en la economía global del siglo XXI.

*El autor es presidente del comité empresarial Bilateral México-China del COMCE

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