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El mensaje: tres objetivos cumplidos, pero hubo un agregado que sobró

Roy Campos | Números, Opinión y Política (NOP)
Inició septiembre y dio mucho de que hablar: el informe, el arranque de la legislatura, el caso del senador Inzunza, Colosio, Durazo, Máynez. Escojo el informe, pero empiezo por donde casi nadie empieza: ¿cuál es la función de un presidente o presidenta? Menciono tres, porque de ahí se desprende todo lo demás.
La primera es gobernar bien: atender los asuntos y mejorar el campo, la salud, el turismo, la educación, la seguridad; trabajar todos los días, tener un equipo sólido y profesional, generar indicadores. Esa es su principal responsabilidad y, además, su principal mercadotecnia: un buen gobierno comunica, genera atención y niveles de aprobación.
La segunda: no basta con gobernar bien, que por cierto no hay un criterio único de lo que eso significa. Hace falta que la población gobernada viva bien y relativamente contenta. No se puede tener un gobierno eficiente con una población enojada con esa eficiencia. Un ejemplo de libro es el cobro de impuestos, una reforma fiscal fuerte porque se requiere dinero para proyectos, obras y programas sociales; la gente va a estar enojada con ese incremento de impuestos a pesar de que vea avances, obras y apoyos. Tampoco se puede tener una población contenta con un gobierno eficiente y aquí el ejemplo sería inundar de programas sociales y subsidios y no recaudar, tarde o temprano el gobierno quiebra y los que la pagan son los ciudadanos, ese equilibrio es uno de los baluartes de un buen estadista, decidir cuando trabaja para la eficiencia y cuando para el ánimo ciudadano.
Y la tercera, que se menciona menos pero importa mucho: promover al país. Que venga gente al turismo, a invertir, a gastar, a festejar; que volteen a ver a México. No queremos una presidenta que salga a decir "¿saben qué?, en México hay bombas en los automóviles", o que a los funcionarios corruptos les decimos “no lo vuelvan a hacer, los voy a acusar con su mamá”. Tampoco le sirve al país oír que si salen después de tal hora les va a ir mal o que si necesitan un hospital de urgencia no va a haber medicina. Un presidente no puede decir eso: tiene que hacer las tres cosas: gobernar bien, mantener a la gente animada y promover al país.
Va ahora el otro contexto, el que se nos olvida. Cada 1 de septiembre lo que la ley obliga es entregar un informe de gobierno: un documento que hace todo el equipo —secretarios, subsecretarios, direcciones generales; cuadros, avances, textos—. El informe es un mamotreto, no son sesenta y tantos minutos, y la ley dice: entrégalo. Y se entrega. Desde 2006, cuando a Fox no lo dejaron leerlo en el congreso, el presidente solo lo envía; a partir de 2007 Calderón hizo lo que hacen todos desde entonces: mandar el documento y organizar su propio acto. Y ahí deciden a quién invitan y a quién no. No los invitan a que los interpelen, ni a que me interrumpan, ni a que den la espalda: invito a los que aplaudan y ahí doy un mensaje político, con una característica: se transmite a nivel nacional. Eso es lo que vimos el 1 de septiembre, la transmisión nacional de un mensaje político, no del informe.
Y de repente veo críticas como: “no mencionó a los desaparecidos”, “no mencionó el desabasto de medicinas”, “la inseguridad, la corrupción, el huachicol, etcétera. ¿De veras queremos que una presidenta haga eso en ese mensaje? Preguntémonos qué estaríamos analizando hoy si hubiera dicho “no es buen momento para invertir en México”, o “está en duda el Estado de derecho”, o “la inseguridad nos rebasa”. La estaríamos criticando, y con razón, por faltar a su función de mantener animada a la población y de promover al país.
Lo que seguramente ocurrió —no lo sé, no tengo ninguna cercanía ahí— es lo que ocurre en cualquier gobierno del mundo. Se sentó con su equipo y preguntó ¿cuánto tiempo?: una hora, poco más. Y luego lo de fondo: ¿de qué hablamos? Veamos cuál es la principal preocupación de la población: la seguridad; mandemos el mensaje de que estamos trabajando, de que hay resultados, de que ahí vamos; denme todos los indicadores positivos que se tengan. ¿Qué más? Crecimiento económico, entonces mensajes con datos positivos, no incluyas los problemas, mostremos que hay certidumbre. Todos los mensajes son diseñados así, en todos los países y en todos los niveles.
Y ahora sí, mi conclusión: el mensaje es intrascendente como lo fueron los anteriores desde hace décadas. El próximo año, cuando venga el mensaje de 2027, nadie se va a acordar del de 2026. No cambia ni la vida diaria de los ciudadanos ni la calidad del gobierno. Lo que hemos visto es mucho debate político alrededor del mensaje presidencial y muy poco análisis político. El debate tendría que ser sobre si se están cumpliendo las tres funciones, no hubo autocrítica que nunca la habrá.
A muchos no les va a gustar mi comentario porque dirán que no critico. Sí hay mucho que criticar, pero no al mensaje: el mensaje no es gobierno, no cambia nada. Si tuviera que hacerle una sola crítica conceptual sería esta: en un mensaje que debía ser para toda la población se incluyó un mensaje para los alineados con la 4T —que no se hagan bolas, no estamos peleados, estamos unidos en el movimiento—. Ese párrafo no era para todos; quien no es simpatizante quedó fuera. Tal vez fueron dos minutos de poco más de una hora, pero ahí, y solo ahí, cambió el promover al país por animar a los míos.
*El autor es presidente de Mitofsky Group.

