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Irán, Ormuz y una verdad incómoda: el petróleo sigue moviendo los mercados

Durante años nos vendieron la idea de que el petróleo era el pasado, que las renovables lo sustituirían y que la geopolítica del crudo era un problema de otra era. Los hechos de estas semanas demostraron que esa narrativa era, en el mejor de los casos, prematura.

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OpiniónEl Economista

El anuncio del cese al fuego entre Estados Unidos e Irán la noche del martes fue suficiente para mover mercados en todo el mundo. Pero como ya hemos señalado en columnas anteriores, en este conflicto la diferencia entre el titular y la realidad ha sido consistentemente enorme. Y el miércoles no fue la excepción.

El Brent cayó 13.3% para cerrar en 94.75 dólares por barril, mientras que el WTI, el referente estadounidense, se hundió 16.4% para liquidar en 93.41 dólares, registrando en ambos casos la mayor caída en un solo día desde abril de 2020. La reacción fue instantánea.

Las acciones de las grandes petroleras no se salvaron. Exxon Mobil perdió 7.5%, Chevron cayó 6%, y Occidental Petroleum se desplomó 9.8%. ConocoPhillips retrocedió 9% y Vista Energy, que ya habíamos señalado como una de las más expuestas al ciclo de precios altos, registró pérdidas de alrededor del 9% en la jornada.

Estos movimientos no son sorpresa. Como ya lo anticipábamos, muchas de estas empresas llevan semanas operando desconectadas de sus fundamentales. Sus cotizaciones subieron con fuerza durante el conflicto, la mayoría de las grandes petroleras ya acumulaban un alza de más del 35% solo en el primer trimestre, impulsadas por el precio del crudo, no por mejoras estructurales en sus negocios. Ahora el péndulo regresa para todas.

El problema es que esto fue un trimestre excepcional, no la nueva normalidad. Si el precio del crudo regresa a rangos de 80-85 dólares para el resto del año, escenario posible si Ormuz se abre de manera sostenida, ese impulso de ingresos desaparece. Un mes de precios extraordinarios mejora la foto del primer trimestre, pero no cambia la tesis de largo plazo.

El dato que muchos titulares ignoraron fue que Ormuz prácticamente no se abrió. Solo cuatro embarcaciones cruzaron el estrecho durante todo el miércoles, mientras 187 tanqueros con 172 millones de barriles seguían atrapados dentro del Golfo. Para complicarlo más, los seguros marítimos siguen clasificando la zona como de muy alto riesgo, lo que dispara las primas, encarece el flete y ese costo termina trasladándose al precio del crudo físico.

Aun así, hay una lógica económica que apunta hacia una resolución más rápida de lo que los mercados temen, Irán pierde dinero cada día que el estrecho permanece cerrado. No exporta su propio crudo, no cobra peaje, y acumula daño diplomático y

económico. El cese al fuego de dos semanas es una ventana, y las partes tienen incentivos reales para usarla.

La reacción bursátil global fue elocuente. El Nikkei de Tokio subió 5.39%, su mejor jornada desde abril pasado. El Hang Seng de Hong Kong ganó 3.09%. En Europa, el DAX alemán avanzó 5.06% y el CAC 40 de París saltó 4.49%, ambos con su mejor día desde marzo de 2022. En Wall Street, el Dow Jones subió más de 1,300 puntos y el S&P 500 ganó 2.5%. Las tecnológicas lideraron el rebote: TSMC subió 6%, ASML y Applied Materials cerca de 9%, Micron 8% y Lam Research casi 10%. Las aerolíneas también festejaron, con United Airlines disparándose más de 9.5%. El mercado no está esperando a que se firme la paz. Ya está descontando que el conflicto no se extenderá por meses. Y en eso, por una vez, el mercado probablemente tiene razón.

En 2026, con el Estrecho de Ormuz prácticamente cerrado durante semanas, el mundo recibió una lección que ningún foro de Davos, ningún informe del IPCC y ninguna cumbre climática había querido pronunciar con claridad: la transición energética es una aspiración, no una realidad. Bastó con que una sola llave, que controla apenas el 20% del petróleo mundial, se cerrara, para que cayeran las bolsas de Tokio a Londres, para que el diesel encareciera el pan en los supermercados, para que los fertilizantes escasearan en campos que alimentan a millones, para que incluso las grandes tecnológicas, esas que supuestamente viven en la nube, lejos del barril, se vieran afectadas. Y aquí el dato que pocos mencionan: esos centros de datos que alimentan la inteligencia artificial, el streaming y las transacciones financieras globales consumen cantidades masivas de energía proveniente principalmente del gas natural. El mismo gas natural que pasa, en una proporción significativa, por el Estrecho de Ormuz.

Durante años nos vendieron la idea de que el petróleo era el pasado, que las renovables lo sustituirían sin fricción y que la geopolítica del crudo era un problema de otra era. Los hechos de estas semanas demostraron que esa narrativa era, en el mejor de los casos, prematura. En el peor, un relato cómodo que nadie quiso cuestionar hasta que el precio del petróleo lo hizo por nosotros. La historia, como siempre, no necesitó mucho para recordárnoslo: quien controla el petróleo, controla el mundo.

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