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La inteligencia de la ciudad: Las anomalías

Nalleli Candiani | Columna invitada
Ayer caminé por el centro de la ciudad de México con una familia.
Centrarse en la necesidad de mirar hacia atrás sin que todo se desborde. El Centro Histórico tiene esa cualidad: todo está encima de algo más, como si nada se hubiera ido del todo. Se mantiene con fuerza en un mismo lugar, tensionando, presionando, sosteniendo lo que miramos.
Nos detuvimos a tomar un jugo en Sanborns en la Casa de los Azulejos, y le pregunté a la niña qué le gustaría ser de grande, y sin titubear me dijo “mágica”.
El centro histórico de la Ciudad de México tiene capas de épocas diferentes. Tiene corrientes y tensiones de pensamientos pasados.
Cuando voy a buscar las obras de los muralistas mexicanos en los lugares del Centro, comparo esas obras alineadas al discurso oficial, la obra de Diego Rivera, José Clemente Orozco, Alfaro Siqueiros, a la obra de mujeres y hombres que decidieron no seguir ese discurso.
Estoy hablando de Leonora Carrington, Remedios Varo, María Izquierdo, Manuel Rodríguez Lozano, Jorge González Camarena, Rufino Tamayo. Personas que renunciaron al discurso político para adentrarse en todo aquello que llamamos magia: imaginación descomunal, lo inconsciente, el surrealismo. Esto es una anomalía en un discurso al que nos tenía acostumbrados el poder.
La niña quiere ser mágica. O maga.

