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La herencia de Gilberto Aceves Navarro, viva y bien cuidada
Los artistas Marco Antonio Aviña y Juan Aceves participan en el proyecto que mantiene vivo el legado del maestro del expresionismo abstracto mexicano

Opinión
El Estudio Casa de Gilberto Aceves Navarro en la colonia Roma, Ciudad de México, es un nuevo espacio para la creación y exhibición de arte. Proyecto incipiente, el estudio en este momento alberga algunas obras, varios documentos y trabajos del maestro Aceves, parte de su biblioteca, algunos bocetos, papeles varios.
El trabajo de ordenar todo parece asequible para un grupo prudente de archivistas. Pero en este caso los libros, bocetos y papeles varios están siendo ordenados por un grupo de jóvenes artistas que con entusiasmo y disposición están poniendo todo en cada sitio para que se conviertan estas cajas pronto en un espacio de consulta y creación. La tarea se presume hercúlea y polvorienta, pero con paciencia los artistas trabajan para tenerlo todo listo para el año que viene.
Uno de esos artistas entusiastas es el pintor Marco Antonio Aviña. A Aviña lo conocí hace un par de años cuando inauguró una exposición inspirada en arte urbano en una galería de la Condesa. Aviña es muy cercano al mundo del graffiti y se ha interesado en difundir y (cómo decirlo de otro modo) profesionalizar (¿acaso institucionalizar?) el arte callejero y salvaje de los grafiteros, la “literatura urbana”, como Aviña lo llama. Aviña ha encontrado otro espacio para el arte urbano en la Casa Estudio Gilberto Aceves Navarro. Pero eso es asunto de otro texto. Acá vamos a hablar de crear una memoria, la del maestro Gilberto Aceves Navarro (México, 1931-2019).
“Como el trabajo del maestro Aceves Navarro, nuestra idea sobre recuperar su estudio es como fue su obra: llena de luz, muy libre, con un gran espíritu comunitario”, me explica Aviña mientras recorremos la casa. En este momento es un lugar de trabajo, una obra en movimiento es la mejor manera de describirlo: tablas aquí y allá, escaleras, cubetas con líquidos que se ven amenazantemente industriales. En los diversos cuartos de la casa: artistas trabajando. Pintores, escultores, artistas textiles. Son pocos, pero variados. Me siento metiche, ni modo, soy periodista, pero me acerco a ver lo que cada uno hace. También me siento tonta: quisiera tener algo que decir además de mover la cabeza asintiendo cuando me cuentan lo que hacen, pero no todos somos interlocutores ingeniosos al botepronto (que es la verdadera manera de ser ingenioso).
Después de pasar una vida pintando lienzos, tablones y muros—verdadero referente de la Generación de la Ruptura, el gran intérprete de las teorías de la abstracción en México—, el maestro Aceves Navarro dejó un largo legado artístico. Pero más que su obra pictórica, la herencia más entrañable que dejó es otro tipo de obra: la de formar generaciones de artistas en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM (hoy conocida como la Facultad de Arte y Diseño). También en la Academia de San Carlos el maestro dejó huella en la vocación de miles de alumnos. Es esta vocación de docente la que se busca recordar en su Casa Estudio.
Me siento a platicar con Aviña y Juan Aceves, hijo del maestro Gilberto. Estamos en una pequeña habitación fresca y sombreada en el día caluroso de verano en el que nos reunimos. Como el resto de la casa, hay en este pequeño lugar una sensación de trabajo en movimiento: un hogar con vida.
Juan Aceves: “Siempre le pregunté a mi padre qué quería hacer con sus cosas, pero siempre me decía que ahí yo vería, no le gustaba hablar de eso. Nos cayó de repente la responsabilidad porque primero que nada porque no pensábamos que se fuera a morir cuando se murió. Estaba en plenitud de su ejercicio, seguía pintando aun en su silla de ruedas, agarraba un palo de escoba para pintar ahí donde no alcanzaba”.
Plenitud en serio, un artista pleno, como me explica Juan: acababa de inaugurar una exposición retrospectiva en el Museo de la Ciudad de México en julio de 2019 (el maestro murió en octubre de ese año), seguía experimentando con materiales, con grandes formatos (“unos cuadros enormes de cinco metros”, explica con las manos Juan).
Un maestro no envejece. Siempre que se mantenga enseñando. Como dice Aceves hijo para su padre lo más importante fueron sus estudiantes, mantenerse cercano a los artistas jóvenes. “El maestro pensaba que la pintura no se puede enseñar”, dice Juan, “por eso él daba clase de dibujo, que es una técnica”. La pintura es ya una expresión propia de cada creador, me explican Aviña y Juan, una exploración propia en la que cada creador ha de seguir su rumbo único.
Aceves Navarro nunca cesó en su ejercicio de enseñanza-aprendizaje. A esa misión se aboca la Casa Estudio. Aviña y Aceves hijo me lo explican así: en la vida del maestro hubo dos tipos de artistas jóvenes, los alumnos y los pupilos. El alumno es el que va a clase, que recibe instrucciones y aprende a partir de ellas. Pero el pupilo es otra cosa: es el que forma con el maestro una relación enérgica en la que toma y daca, una relación en la que hay críticas y cuestionamientos mutuos. El pupilo no obedece sino que crea con el maestro para descubrir su propio rostro.
Aviña me lo explica así: “El maestro no se consideraba solo un maestro de dibujo, alguien que daba clases de dibujo y te ponía una calificación. Le interesaba más ser una guía que ayudaba a los pupilos a destapar esas condiciones que muchas veces limitan al arte. Los seré-bueno-o-no, si mi obra se parece a esta o aquella, si soy de cierta condición social, de cierto grupo social. El maestro veía todo eso como una limitante”.
La Casa Estudio se pretende como un espacio de pupilos para pupilos. Porque el maestro Aceves Navarro siempre tuvo espacio para ellos en cada uno de sus lugares de trabajo; esa es la memoria real a la que quiere apelar este nuevo recinto-taller-sala de exposiciones. Aunque Aviña no estudió directamente bajo el Aceves Navarro profesor (Aviña es producto de La Esmeralda, la escuela de pintura del INBAL), se considera su pupilo de manera vicaria a través de colegas y amigos suyos que sí conocieron personalmente a Aceves y que lo acercaron naturalmente a la Casa Estudio y a su labor actual como difusor de la obra del maestro.
También en el proyecto de la Casa Estudio hay una reivindicación de la obra del maestro Aceves entre el público que se acerca al arte por primera vez y conoce poco de su obra. Error: en realidad se puede decir que un par de generaciones de rockeros conocemos al menos una obra suya. ¿El perro xoloitzcuintle que da identidad emblemática a la banda Caifanes? Obra de Gilberto Aceves Navarro.
Uno ve una pieza pintada por Aceves Navarro y la reconoce aunque no se sepa mayor cosa del autor. Tiene ese poder hipnótico, de golpe inicial y efecto de liberación prolongada. Es una obra antisolemne, juguetona. Libre y llena de luz, como la describe Aviña.
Descubrir, redescubrir, reivindicar, recordar, celebrar. Pero sobre todo: enseñar. Abrir el espacio a jóvenes creadores que necesiten encontrar el verdadero rostro de su trabajo. Todo eso es la Casa Estudio Gilberto Aceves Navarro. Poco a poco habrá más movimiento en el recinto, el proyecto es naciente y ya se planean algunas actividades sobre la obra y vida del pintor. Por lo pronto el Tec de Monterrey en sus tres campi en la Ciudad de México tiene la exposición “El trazo y la deriva”, una larga retrospectiva del artista que ya itinera en el campus Santa Fe y pronto llegará al campus Ciudad de México de esa institución.
