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Más fuerte, más seguro y más próspero
La doctrina de “Estados Unidos primero” se materializará en una política exterior concebida para hacer de Estados Unidos un país más fuerte, más seguro y más próspero. Estos principios constituirán los pilares de la acción internacional durante el segundo mandato de Donald Trump, como lo dejó claro con absoluta nitidez Marco Rubio al asumir el cargo de Secretario de Estado.
Las primeras medidas de su gestión, incluida la suspensión inmediata de casi todos los programas de ayuda exterior—unos 600,000 millones de dólares, equivalentes al 1% del presupuesto nacional—son un anticipo del tono que definirá esta nueva era.
Fiel a la lógica trumpista, este enfoque es marcadamente transaccional: si algo no refuerza estos principios, simplemente no sucederá. Así lo ha indicado explícitamente Rubio, lo que no ha impedido que sea visto con cierta simpatía desde México. Se le considera un posible interlocutor razonable, quizá por su origen latinoamericano o por la facilidad de comunicarse en español.
A pesar de su conservadurismo, Rubio es reconocido como un político elocuente, ecuánime y dotado de una gran capacidad de negociación.
Deseo que sea un interlocutor confiable para las autoridades mexicanas, aunque llamarlo aliado ex ante sería algo ingenuo. Su mandato es inequívoco: “Estados Unidos primero”, no México ni ningún otro país del mundo. Como Secretario de Estado de Trump, Rubio estará obligado a alinear sus acciones con la visión del presidente si desea conservar el puesto. Después de todo, a Trump no le tiembla la mano para deshacerse de quienes se apartan de su línea, como quedó evidenciado con Rex Tillerson durante su primer mandato.
En su etapa como senador, Rubio destacó repetidamente los retos del narcotráfico en México. Ante la pregunta expresa sobre la posibilidad de enviar tropas estadounidenses para combatir a los cárteles, su respuesta tendía siempre hacia la cooperación, al reconocer la enorme complejidad del problema. Entiende que los grupos criminales controlan partes importantes del país, que representan una amenaza real a la soberanía nacional, y que los abrazos obradoristas hicieron poco o nada para solucionar el problema.
Sin embargo, la reciente orden ejecutiva que permite designar a los cárteles como organizaciones terroristas puede modificar este escenario. La idea de una acción militar unilateral de Estados Unidos —sea mediante una invasión suave con operaciones encubiertas y ataques con drones, o, incluso, mediante el uso directo de la fuerza militar— ya no es del todo descabellada. No lo es porque Trump ha dicho que podría ocurrir; porque Rubio reconoce que esta opción está a disposición del presidente; y porque, si a los ojos de la Casa Blanca esto hace a Estados Unidos más seguro, más fuerte y más próspero, lo harán.
Algunos observadores cercanos al oficialismo argumentan que, con una aprobación cercana al 80% y el control del Congreso, la presidenta Claudia Sheinbaum cuenta con la fortaleza suficiente para enfrentar los impulsos de un megalómano como Trump. Desde mi perspectiva, esta visión es preocupantemente miope. Es una postura ensimismada en el panorama interno cuando, más que nunca, se requiere una perspectiva que comprenda las dinámicas externas y los principios que hoy rigen tanto al Departamento de Estado como al resto de la administración norteamericana, bajo el estandarte de “Estados Unidos primero”.
Desafortunadamente, pretender lo contrario es como pedirle peras al olmo, sobre todo cuando dentro de los liderazgos de Morena hay voces que proponen ideas delirantes, como hablar de una “segunda independencia” de México y la desconexión con nuestro vecino del norte. Propuestas que en nada contribuyen a la posición de la presidenta que ha optado por la cooperación con Estados Unidos, tanto en el discurso como en los hechos. Porque, en última instancia, la colaboración es lo que mejor sirve al interés soberano de México.