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Frida, Nahum Zenil, Remedios Varo y Julio Galán: los artistas del yo explicados a Magnífico Togarashi
Los cuatro creadores comparten la obsesión de ser ellos mismos los protagonistas de su arte. El docto Togarashi nomás no entiende lo que no entiende.

Opinión
Hace unos días fui a ver la retrospectiva del artista plástico Nahum B. Zenil en el Museo Universitario del Chopo. Qué experiencia tan rica, tan intrigante. ¿Alguna vez desearon meterse en el inconsciente de un artista? Esta exposición es para ustedes.
Zenil es uno de los grandes artistas mexicanos del yo, cronista de sí mismo. Su trabajo está lleno de autorretratos que exploran sus obsesiones y compulsiones, de los homenajes a su madre y abuela (con quienes tuvo una relación difícil) a sus retratos políticos; de su miembro erecto como una antena que captura toda su fuerza y deseo, a los retratos de su pareja, Gerardo.
(Al fin (¡al fin!) esta reseñista y columnista se atreve a escribir de arte. ¿Por qué lo hago hasta ahora? Me pasó lo mismo que con el cine: las exposiciones me aburrieron. Esta de Zenil me ha reseteado el caset, como dice el clásico).
Paseaba por la exposición de Zenil cuando escuché a mi espalda un comentario de alguien que alzaba la voz para que todos lo escucháramos: “Estos artistas ya son todos bienpensantes y enteleridos. Hasta en su erotismo se ven baratitos, pura sicalipsis de baja estofa”. Ah, chirrión, ¿estábamos viendo la misma exposición? Como quien observa a un animal exótico y peligroso, volteé: no era otro que el gran crítico, intelectual y pensador detergente (porque en 1, 2 y 3 quita cualquier supuesta imperfección y emoción humana de las obras de arte) Magnífico Togarashi. Iba acompañado de su amiga, la crítica de arte Telonia Cajeta.
—Pinche Magnífico—se refirió con todo respeto Telonia a su acompañante—como dijo el inmortal Marco Aurelio, hoy tan de moda: non chilus embonatus tu. Nomás no hay pieza que calce esa mente tuya tan cabezona. Tal vez deberías tomarte un tequilita antes de enfrentar creaciones que te reten. Podrías interesarte en los referentes de la exposición. Nada de lo que se ve aquí me parece barato o mojigato. Todo lo contrario.
—Cajeta, me da igual lo que los artistas consideren sus mentados referentes, el marco es el límite del arte. Punto.
Pensé, digo yo, Concha, que Togarashi simplemente estaba buscando razones para quejarse, que esa mirada tan ridícula suya es lo mojigato. La piezas de Zenil no son ni mojigatas a la inversa—que fueran puro sexo gratuito, explotativo—ni baratas, sino verdaderas declaraciones de que lo mejor que se conoce es uno mismo, de que el gran arte también tiene los susurros de la confesión.
—Este caballero, seguía destilando odio Togarashi, piensa que todos deseamos dedicar nuestro próximo anilingus a su salud. Me niego a sentirme intimidado ante tanto falo, pero este, ¿Zenil se llama?, es un enfermo del yo. No pienso seguir refocilándome en sus fantasías sodomitas. Vámonos, Cajeta, que no me interesa la felación en nombre del “arte”. (Se pudieron escuchar esas comillas en toda la sala. Hay gente, como Togarashi, cuyo veneno y condescendencia son notables a varios radios de distancia).
Telonia Cajeta tomó aire: “Togarashi, siéntate y respira que le voy a explicar algo: Nahum B. Zenil es uno de los grandes artistas del yo de la tradición pictórica mexicana”.
—En el arte mexicano, siguió Telonia, la mayoría de los artistas evaden la confesión directa. Sus obras suelen ser “útiles” para la causa política del momento. La idea de que hablar del yo también es absolutamente político llegó después y su máxima exponente fue sólo recogida en serio por la crítica después de su muerte: la gran y subestimada Frida Kahlo.
—¡Subestimada! ¿Pero qué dices, Cajeta? Si la gente hace genuflexión estúpida antes los pintarajos absurdos de Kahlo en los museos del mundo que osan llenar sus paredes con esos horrores de pintura mal diluida. —Togarashi iba a tomar vuelo cuando Telonia lo cortó con valentía:
—Cállate, Togarashi, y escúchame antes de decir pendejadas. Subestimada precisamente por la crítica que la considera una artista que nunca acabó de desarrollarse y creó obras de baja calidad. Hasta hay quien dice que sus cuadros los terminaba Diego. Babosadas, hay razones por las que la obra de Frida sigue atrayendo multitudes. Primero, su obra es accesible y segundo y más importante, es moderna y valiente, profundamente brava. Se atrevió a ser sí misma en un mundo de hombres que la querían ver como mascota y ella nunca se dejó. Sus autorretratos son verdaderos actos de resistencia.
“Cuando un artista se atreve a dar el paso que une su causa con su yo y los vuelve la misma y última cosa, está haciendo una declaración de valores y ethos que lo hace absolutamente moderno, si me permites citar al chamaquito Rimbaud.
“Frida se desalineó del arte mexicanísimo y adoctrinador muralista de su era para proyectar su obra directamente al modernismo de la segunda mitad del siglo veinte. Frida vio el futuro en sus lienzos. Su falta de educación formal la liberó, su formación, digamos, amateur, le permitió salir triunfante. La técnica es fundamental, desde luego, pero hay artistas que no la aprovechan. Frida dio su discurso sin técnica, ella misma reconoció esa debilidad en su obra. Rodeada de artistas de academia, Frida osó ser otra. La técnica clásica debería ser un cohete, no un lastre.
(“Como Zenil está perfectamente inscrito en el pos-posmodernismo aun con su clara educación clásica”, pensé yo mientras escuchaba metichosamente).
—Mira, Togarashi, cómo la gente hace fila en el Museo de Arte Moderno para ver la obra de Frida ahorita que está la muestra de la colección Gelman, llena de trabajos suyos—continuó Telonia—Su arte se mantiene en contacto con el público a décadas de su postración y muerte. Sigue siendo una artista coleccionable pero más importante: sigue siendo trascendente para quien la mira.
“Otros artistas mexicanos también exploran el arte del yo en la tradición moderna mexicana. Justamente en el Museo de Arte Moderno la gente hace fila para ver la retrospectiva de Remedios Varo, otra hija del yo freudiano. A Remedios Varo también la critican de ser confesional, medio cursi y demasiado accesible como para tomarla en serio. Mientras tanto, la muestra agota los boletos.
“Mi artista favorito del yo, siguió la crítica, es sin duda Julio Galán. Adelantado a su tiempo, Galán no sólo pintaba esos cuadros dolorosos de sí mismo, llevó el asunto confesional más allá: grababa toda su vida como si él fuera el protagonista de su propio reality show. Julio le temía a la soledad, su manera de estar siempre acompañado eran esos lienzos de sí mismo y esa cámara que lo seguía como dirigiendo su biopic.
“La posteridad, la pinche posteridad que arruina a tanto artista, para estos artistas del yo es una cosa que les viene guanga. No sabemos si la obra de Zenil o Galán sean tan potentes como para sostenerse en el tiempo, yo creo que sí porque siguen la senda de Frida y Varo”.
—No me vengas con la posteridad, Cajeta. El tiempo sólo le pertenece a dos artes: la música y la gran literatura, que al final son lo mismo—Togarashi quería llevar la pelota a su cancha. Seguimos leyendo La Ilíada, no admirando las pinturas rupestres como si fueran arte…
—No te me pongas pendejo, Togarashi, estamos hablando de artes plásticas, y te informo que el arte de Mesopotamia sigue tan vivo como la primera vez que el ojo humano lo vio con asombro. Yo digo que mejor ya nos vayamos por ese tequilita y te voy a guardar, porque ya estás viejo y a veces sólo me resultas tolerable cuando hay unos traguitos de por medio.
Y los dos críticos se fueron tomados del brazo. Telonia Cajeta con ese paso firme que da la inteligencia y Magnífico Togarashi con el resentimiento del que no entiende ni se quiere salir de su corral. El pecado capital de un pensador verdadero, si me permiten el comentario final.
