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Encontrar a la persona donde está, ¿control o apoyo?

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OpiniónEl Economista

¿Estamos realmente ayudando a las personas, o solo cumpliendo protocolos que nos hacen sentir del lado "correcto"? La medicina tiene sus dogmas bien arraigados. Uno de los más persistentes es el del quit or die: deja de consumir/actuar o atente a las consecuencias. Un enfoque tan absoluto como poco compasivo, que históricamente ha dejado fuera a quienes no pueden (o no quieren) dejar de golpe aquello.

La reducción de daños (RD) no es promover el consumo ni ignorar los riesgos. Es encontrar a la persona donde está, sin juicio, sin etiquetas. Son estrategias que buscan disminuir los riesgos de conductas que generan daño, sin cancelarlas. Y en su núcleo, es una postura de derechos humanos, por lo que negar la existencia o el acceso a alternativas menos dañinas vulnera el derecho a la salud, a la información y al libre desarrollo de la personalidad.

En tabaquismo esto es urgente. A pesar de años con recomendaciones de la OMS, la prevalencia en México no ha bajado significativamente. Países como Suecia, Japón yNueva Zelanda redujeron sus números de manera drástica apostando por alternativas sin combustión y usando estrategias de RD, como los vaporizadores. En México están prohibidos, no regulados, por lo que millones de usuarios hoy acuden al mercado negro, sin controles de calidad ni información.

Por otro lado, hay algo que los profesionales de salud debemos reconocer: muchos no estamos bien informados. Aproximadamente el 80% de los médicos cree erróneamente que la nicotina causa cáncer, cuando ninguna organización oncológica mundial (IARC, Cancer Research UK, Health Canada) la considera carcinógena de forma aislada. Si no distinguimos entre la sustancia y el método de entrega, no podemos orientar adecuadamente.

El cambio puede empezar en la consulta, en la conversación. Necesitamos educación sin sesgos ideológicos ni moralistas, empatía clínica real y el compromiso ético de compartir las opciones disponibles. Si existen alternativas menos dañinas, tenemos la responsabilidad de decirlo. Callarlas no nos hace mejores médicos, nos hace cómplices de un daño que pudo prevenirse.

El paciente tiene derecho a decidir su proyecto de vida. Nuestro papel no es sustituir esa decisión, sino informarla y acompañarla. Y cuando la persona se siente vista, escuchada, entendida desde un lugar distinto al del juicio es donde empieza el cambio real. No en el protocolo ni en la prohibición. En quienes elegimos comunicar (lo que otros callan o ignoran), acompañar sin juzgar y ayudar sin controlar.

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