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El día que se acabó el silencio

Sor Juana en la cocina virreinal novohispana Tomo IV
A Juana Inés la enterraron el mismo día de su muerte: el 17 de abril de 1695. Tenía entre 44 y 47 años, según la fecha de nacimiento que se adopte, ya que sus incontables biógrafos no se han puesto de acuerdo. Algunos, dicen que le daba por quitarse la edad aparentando olvido, otros prefieren no hablar de aniversarios y contribuir al sembradío de enigmas que siempre rodearon a la Décima Musa, la escritora y monja jerónima sor Juana Inés de la Cruz.
Cuentan que aquel día el sol se puso tan oscuro, su escritorio tan vacío y sus palabras tan inútiles que ya no quiso nada. Había dejado de ir al locutorio e iniciado una manda de silencio. Nadie dijo ni palabra sobre la publicación del segundo tomo de sus obras y solamente su confesor se presentó a la ratificación de sus votos. De su anterior fama, nada. Solamente murmullos compadeciendo o celebrando su castigo. Apenas una que otra noticia circuló: se supo que había comprado su celda por trescientos pesos y solicitado, por propia voluntad, una petición causídica; es decir, la oportunidad de presentarse ante el Tribunal Divino y la justicia eclesiástica para imprecar perdón. Instalado también en la sordina, el mundo siguió su curso y Juana Inés mudada de sí misma.
Durante algún tiempo, nada más grave que el calor y las lluvias gordas que aventaba el cielo, afectaron la vida del convento. Hasta que llegó la peste. Aquella nueva enfermedad, que nada tenía que ver con la viruela que la ciudad había sufrido hacía poco. Este castigo de Dios era distinto. Las hermanas se contagiaban rápidamente y pasaron tres meses aguantando olores apestosos, sacando las aguas estancadas y ensayando tratamientos. Médicos y boticarios aplicaban fomentos de vinagre, nitro y alcanfor, administraban jarabe de cerezas negras o preparaban litros de agua alcanforada, pero de nada servía. Las religiosas amanecían llorando en misa de siete por aquella enfermedad que no entendían y que, a pesar de penitencias, medicamentos y rezos, lo atravesaba todo.
Era notorio que el ánimo de Juana Inés había cambiado. El fuego de sus ojos, antes llenos de soberbia, apenas era una chispa y toda su rebeldía se derretía. Dé su puño y letra, solo aparecían sumas y restas de los remedios que ella administraba y se iban agotando. Ya ni siquiera ensayaba cambiar la alquimia de los guisados para devolver la salud a las enfermas.
Horas de trabajo agotador y el contacto con las infectadas la debilitaron desde principios del mes de abril. Todavía nadie sabía curar aquella epidemia y nueve de cada diez enfermas se morían. Ella soportó sin queja alguna hasta que el dolor empezó a apoderarse de su cuerpo. Contagiada, cuando la fiebre le devolvía el habla se ponía a gritar enloquecida. Después, rezaba con versos, llamaba a Santa Paula y juraba nunca volver a pronunciar el nombre de Dios en vano. Finalmente, el sangrado de su nariz la tranquilizó de muerte y aquel día de abril, a las cuatro de la mañana, en una celda que ya no era la suya, en el convento de San Jerónimo, Juana Inés de la Cruz emprendió su último viaje.
En el Libro de Profesiones había escrito meses antes: “Suplico, por amor de Dios y de su Purísima Madre, a mis amadas hermanas, las religiosas que son y en las que adelante fuesen, me encomienden a Dios, que he sido y soy la peor que ha habido. A todas pido perdón por amor de Dios y de su Madre. Yo, la peor del mundo.”
Es seguro que Juana Inés no tuvo exequias públicas para honrar a su memoria, lector querido. Y es que, tanto hace 300 años como ahora mismo, los sobrevivientes a una peste se apresuraban a enterrar a las víctimas. Las únicas ceremonias que podían celebrarse eran, según lo exigía el espíritu de la época, actos de expiación y desagravio, por si era necesario aplacar alguna ira divina o pedir por la justicia de Dios. A su sepelio, en el coro bajo del templo de San Jerónimo, sólo pudieron asistir 85 monjas. Para hacerlo, el enterrador localizó el sepulcro más antiguo, lo abrió, retiró los huesos que se hallaban ahí, los colocó en el osario y dejó listo el hueco donde los restos de Juana Inés reposarían.
La muerte de aquella ilustre mujer, la monja, la poetisa, la rebelde, la castigada hija de Dios, corrió pronto como hacen todas las malas noticias. En el Cabildo de la Catedral empezaron los murmullos. Dijeron que el canónigo Francisco de Aguilar lamentó no haber hecho las exequias. Corrió el rumor de que Carlos de Sigüenza y Góngora, amigo fiel de Juana Inés, le había escrito una Oración Fúnebre, pero nadie la escuchó ni pudo hallarla.
Al morir, Juana Inés solamente conservaba un par de libros, pues su condena había incluido deshacerse de sus 4,000 volúmenes y sus instrumentos científicos y musicales. En su testamento no heredó más que un niño Dios, algunos cuadros de concha y un legajo de papeles. Las imágenes religiosas que conservaba se las dejó al arzobispo y sus talentos a quien quisiera leerla, comprenderla, recordarla, acabar con el silencio y devolverle la voz.
