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Delcy y Claudia, vidas paralelas

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OpiniónEl Economista

Jaime Guerrero Vázquez

En la secundaria tuve la oportunidad de leer Vidas Paralelas de Plutarco, biógrafo e historiador griego, gracias a la colección de Salvat que semana a semana traía a los puestos de periódicos obras universales a 7 pesos cada una. El costo representaba la mayor parte de mi “domingo”.

Con más edad, entendí el contexto de la obra. Plutarco no la concibió como una mera acumulación de datos históricos, sino como un ejercicio de filosofía moral. Trataba de demostrar la continuidad de valores y ambiciones entre griegos y romanos. También, quería desechar el estereotipo romano acerca de los griegos como un pueblo decadente y afeminado (graeculus), exponiendo las equivalencias entre personajes de ambos universos.

De entre todos los ejemplos, hay tres emblemáticos: Alejandro Magno y Julio César (los dos líderes de la conquista militar), Teseo y Rómulo (los mitológicos fundadores de Atenas y Roma), y Solón y Publicola (los legisladores que moldearon las estructuras de sus respectivas repúblicas). Siguiendo este método comparativo, el presente texto analiza las trayectorias de dos de las mujeres más influyentes de la política latinoamericana contemporánea: Delcy Rodríguez y Claudia Sheinbaum.

Delcy y Claudia fueron militantes de izquierda desde su juventud, ambas crecieron en entornos permeados por la protesta y la disidencia política, lo que estructuró un marco ideológico anclado en el estatismo, el nacionalismo y la retórica de la justicia social. Obviamente, con tintes verticalistas heredados del estalinismo. Rodríguez es abogada de formación, escaló posiciones clave en el aparato chavista hasta convertirse en ministra de Relaciones Exteriores, presidenta de la Asamblea Nacional Constituyente y vicepresidenta ejecutiva de la República. Hoy, es la presidenta temporal de Venezuela por deseos de Trump.

Por su parte, Sheinbaum, científica y académica, emergió de los movimientos estudiantiles de la UNAM hasta la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México y, finalmente, la Presidencia de la República. Sus discursos coinciden en la defensa de la soberanía y la crítica al modelo neoliberal, compartiendo una narrativa donde el Estado es el eje conductor del destino nacional, al igual que Delcy.

Sin embargo, el rasgo identitario más fuerte en esta malamente analogía plutarquiana es su estricta subordinación política a dos caudillos populistas: Nicolás Maduro y Andrés Manuel López Obrador. Ni Rodríguez ni Sheinbaum construyeron liderazgos plenamente autónomos; sus ascensos y permanencias en la cúspide del poder están indisolublemente ligados a la lealtad absoluta hacia los "hombres fuertes" de sus movimientos.

Incluso ahora, Rodríguez ha operado como el escudo burocrático y diplomático de Maduro, ejecutando giros pragmáticos y purgas internas para asegurar la continuidad del régimen venezolano. Sheinbaum, de manera similar, basó su carrera y su campaña presidencial en la promesa de la continuidad irrestricta de la "Cuarta Transformación" de López Obrador, asumiendo como propios los proyectos, los dogmas y los odios del tabasqueño, pero también tratando de enmendar el desastre económico y de seguridad heredado de su predecesor. En ambos casos, el ejercicio del poder no se tradujo en una ruptura o renovación, sino en la institucionalización y blindaje del legado del patriarca político.

Las definiciones de ambas mujeres tienen ahora una situación contradictoria: la sujeción a los dictados y presiones de Donald Trump. A pesar de sus discursos antiimperialistas y soberanistas, tanto el régimen de Rodríguez como el gobierno mexicano han terminado doblegándose ante las directrices de Washington.

Las diferencias son solamente de grado: Venezuela ha buscado vías de capitulación pragmática y canales secretos de negociación con la administración Trump para aligerar las sanciones económicas y garantizar la supervivencia del régimen, mientras que México, desde López Obrador en el pasado y ahora con Sheinbaum, ha cedido de manera explícita en políticas migratorias y comerciales (como la militarización de las fronteras bajo la amenaza de aranceles). Al final del día, cabe preguntarse si estas estrategias no son, en esencia, lo mismo: una capitulación real disfrazada de resistencia retórica, donde la soberanía se subordina a las realidades del poder estadounidense.

El análisis de estas vidas paralelas demuestra que para la geopolítica de Washington, encarnada por Donald Trump, las etiquetas ideológicas de izquierda o derecha en América Latina carecen de relevancia. El único factor vinculante es el cumplimiento de sus dictados imperiales. Mientras que a los gobiernos que desafían abiertamente su hegemonía los somete mediante el aislamiento y la asfixia económica —con la notable excepción de Brasil, cuya escala económica y diplomática le permite mantener un margen de negociación diferenciado—, a los gobiernos que optan por la cooperación pragmática o la sumisión silenciosa los deja operar internamente.

Los gobiernos de izquierda contienen migrantes y aseguran mercados bajo una fachada de dignidad radical que las biografías de Rodríguez y Sheinbaum ilustran a la perfección; los segundos, los de derecha, le hacen el trabajo gratis a Washington.

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