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Nos debe preocupar del sistema de salud, en serio

Miguel González Compeán | Columna invitada
Después de dos meses de vagar errantemente por el sistema de salud mexicano, con el riesgo de perder una pierna y la postración improductiva, por salvar una extremidad y tal vez la vida, retomo mis dos primeros artículos respecto del sistema de salud en México y algunos de sus retos.
Digo lo primero: habiendo estudiado en universidad pública y habiendo estado un mes al cuidado del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, sólo puedo llegar a una conclusión: los dos grandes igualadores de la sociedad son la educación y la salud. Lo demás, sólo lo da el empleo y el esfuerzo cotidiano. Por eso es tan grave y delicado la política del gobierno de destruir el sistema de salud y el de convertir las dádivas sociales en el motor de la igualdad.
Sin embargo, el propósito de esta entrega, para reincorporarme a mis colaboraciones de los martes, es hablar de los principales retos de este sector.
El Sistema Nacional de Salud en México atraviesa un punto de inflexión crítico donde el estancamiento de los indicadores fundamentales revela una crisis de sostenibilidad y capacidad resolutiva. A pesar de los esfuerzos de transición institucional, la brecha persistente en la esperanza de vida y las tasas de mortalidad, en comparación con sus pares de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), la evidencia palpable es que el sistema no está logrando transformar la inversión actual en resultados de salud efectivos. Esta parálisis no solo compromete el bienestar individual, sino que impone una carga económica creciente que el Estado debe abordar con urgencia para evitar un retroceso sistémico en la protección social.
De acuerdo con el informe Health at a Glance 2025, se identifican las siguientes brechas técnicas respecto al estándar internacional: Esperanza de Vida: México registra una cifra de 75.5 años, situándose 5.6 años por debajo del promedio de la OCDE (80.7 años), lo que refleja una desaceleración en el crecimiento de este indicador frente a otras economías emergentes. Mortalidad Crítica: Las tasas de mortalidad prevenible y tratable son alarmantes. México reporta 243 muertes prevenibles y 175 tratables por cada 100,000 habitantes, cifras que superan drásticamente los promedios internacionales de 145 (prevenible) y 77 (tratable). Desempeño en Atención Aguda: Existe una incapacidad crítica en la gestión de eventos agudos. La mortalidad a 30 días por infarto agudo de miocardio es del 22.6%, más de tres veces el promedio de la OCDE (6.5%), mientras que la mortalidad por accidente cerebrovascular alcanza el 17%(frente al 7.7% internacional).
Algunos datos detallan las deficiencias en la capacidad preventiva, cuyo déficit impacta directamente en la carga epidemiológica a largo plazo: en materia del cáncer de mama la prevención en la OECD es del 55% mientras que en México es del 20% y lo mismo sucede con la vacunación en enfermedades antes erradicadas y ahora de nuevo entre nosotros. Estos resultados clínicos deficientes guardan una relación directa con la escasez crítica de recursos físicos y humanos que actúa como un cuello de botella sistémico para la atención oportuna.
Seguidamente, la infraestructura hospitalaria y el talento humano constituyen los pilares fundamentales de la capacidad de respuesta de cualquier sistema sanitario; sin embargo, en México, la falta de inversión sostenida actúa como un cuello de botella que limita la operatividad diaria. Desde una perspectiva de gestión internacional, el modelo mexicano es un caso atípico: la dependencia del sector privado ha crecido exponencialmente, con unidades privadas que pasaron de representar el 49% en 2018 al 63% en 2022, una anomalía frente a los modelos integrados de alto desempeño en la OCDE.
Al contrastar la oferta de recursos contra el estándar internacional, se observan déficits estructurales profundos en: Recursos Humanos: El país registra apenas 2.7 médicos por cada 1,000 habitantes (frente a 3.9 de la OCDE) y una brecha crítica en enfermería, con solo 3.0 profesionales frente a los 9.2 del promedio internacional. Capacidad Hospitalaria: La disponibilidad de camas es mínima, contando con solo 1.0 cama por cada 1,000 habitantes contra las 4.2 de la OCDE. Tecnología Diagnóstica: México posee solo 10 equipos de tomografía y resonancia magnética por cada millón de habitantes, en contraste con los 51 equipos del promedio OCDE.
Esta carencia tecnológica impacta directamente en la saturación de los servicios de urgencias y en el incremento de la mortalidad tratable: sin herramientas diagnósticas de alta precisión, la detección temprana es inviable, lo que deriva en complicaciones agudas que el sistema no puede resolver por falta de camas y personal. Este déficit es el resultado de un modelo de financiamiento históricamente insuficiente que genera una carga desproporcionada para las familias.
Podría alargarme, pero baste este pequeño recuento para reflexionar, en serio, sobre nuestro sistema de salud y las aberraciones ideológicas que lo han destruido. Nada más, pero nada menos, también.

