Buscar
Opinión

Lectura 8:00 min

¿Puede la crisis climática unir a Europa?

Los cimientos de la paz y la prosperidad de la Europa de posguerra comienzan a resquebrajarse, pero la Unión Europea sigue luchando por unir a sus Estados miembros, cada vez más divididos, en torno a un proyecto político común. La creciente crisis climática podría brindar al continente el propósito compartido del que tanto ha carecido.

main image

Descripción automáticaCreditos automáticos

LONDRES—Europa se enfrenta hoy a un panorama geopolítico cada vez más hostil, pero la Unión Europea tiene dificultades para unir a sus Estados miembros en torno a un proyecto político común. La seguridad, la competitividad, la migración y los valores democráticos se han invocado como motivos para una mayor integración. Ninguno ha resultado suficiente.

Mientras tanto, el medio ambiente —que en su día fue el núcleo del proyecto político europeo— ha quedado relegado a un segundo plano, víctima de la ruptura entre las certezas del pasado y un futuro cada vez más incierto. Pero descartar prioridades medioambientales como la acción climática por considerarlas obsoletas supone malinterpretar tanto la crisis que representan como su importancia para la unión política de Europa.

Consideremos las raíces históricas de la unificación europea. En su intervención en el Congreso de la Paz de 1849, Víctor Hugo dio voz a las aspiraciones de generaciones de intelectuales europeos que imaginaban una república federal que trajera paz y estabilidad al continente. “Llegará un día —declaró— en que veremos a esos dos inmensos grupos, los Estados Unidos de América y los Estados Unidos de Europa, tendiendo sus manos a través del mar, intercambiando sus productos, sus artes, sus obras de genio, despejando el globo, haciendo fértiles los desiertos, mejorando la creación bajo la mirada del Creador y uniéndose para cosechar el bienestar de todos”.

Pero traducir los ideales republicanos en un marco político continental planteaba un inmenso desafío territorial. Durante siglos, las repúblicas se limitaron en gran medida a las ciudades-estado, ya que una amplia participación en vastos territorios parecía poco práctica. La Revolución Americana cambió eso, demostrando que un gobierno representativo podía reunir a comunidades dispersas en un único orden constitucional para gobernar tanto a las personas como al entorno físico en el que habitaban.

A principios del siglo XX, pensadores como el economista italiano Luigi Einaudi veían el republicanismo federal como la única alternativa al dominio imperial y a la fragilidad de la Sociedad de Naciones. El apoyo al federalismo creció de forma constante durante el periodo de entreguerras, con el libro de Richard von Coudenhove-Kalergi de 1923, Pan-Europa, y el ensayo de Philip Kerr de 1935, El pacifismo no basta, en los que se argumentaba que solo un sistema federalista podía traer una paz duradera.

Una federación europea estuvo a punto de surgir en 1940, cuando el gobierno de Winston Churchill propuso una unión política plena entre el Reino Unido y Francia para contener el avance de la Alemania nazi. El proyecto fracasó tras el armisticio francés, pero su principal artífice, Jean Monnet, se convertiría más tarde en un destacado defensor de la integración de la posguerra, sentando las bases para los Tratados de Roma, Maastricht y Lisboa.

Hoy en día, mientras los conflictos ponen a prueba los cimientos de la prosperidad de la posguerra en Europa, reavivando la chispa federalista, la creciente crisis climática podría resultar la clave para una mayor integración europea.

Con el calentamiento global ya superando los 1.5 °C, el cambio climático ya no es una amenaza teórica. Según la Organización Meteorológica Mundial, el continente europeo se está calentando el doble de rápido que el resto del mundo. En 2025, las devastadoras inundaciones y sequías causaron más de 40,000 millones de euros (47,000 millones de dólares) en daños, lo que llevó a España, Portugal e Italia a gastar miles de millones en la reconstrucción de regiones devastadas por las tormentas. Y a medida que la crisis se intensifica, se prevé que los costes de adaptación aumenten aún más, lo que la convierte en una prioridad continental.

Pero no se trata solo de una cuestión de costes. La vida moderna depende de nuestra capacidad para modelar nuestro entorno. Nadie espera tener que vadear aguas de inundación de camino al trabajo, ni permanecer a oscuras durante días, gracias a uno de los logros más definitorios del siglo XX: una infraestructura capaz de convertir la variabilidad ambiental en las condiciones predecibles de las que depende la sociedad industrial. Por ejemplo, en 1900, el mundo carecía prácticamente de capacidad de almacenamiento de agua, lo que dejaba a las poblaciones y a la agricultura a merced de las precipitaciones. Hoy en día, unos embalses que suman aproximadamente 8,000 kilómetros cúbicos captan casi el 20% de la escorrentía fluvial mundial.

En Europa, la búsqueda de la seguridad material fue también un proyecto político. El sufragio se extendió junto con la ingeniería territorial, pasando de menos de un tercio de los ciudadanos adultos en 1900 al 100% en la década de 1980. Durante el mismo período, el gasto público en todo el continente creció de aproximadamente el 10% del PIB —dedicado en gran parte a la defensa— a casi el 50%, financiando infraestructuras críticas y sistemas sociales que proporcionaron una prosperidad generalizada.

El paisaje en el que viven hoy los europeos —desde las redes eléctricas y las carreteras hasta las defensas contra las inundaciones— es el producto de un pacto político que fusionó la participación democrática, el desarrollo económico y la capacidad del Estado para configurar el entorno físico. Sin embargo, a medida que los fenómenos climáticos extremos desbordan cada vez más los sistemas construidos para contenerlos, ese pacto está empezando a desmoronarse, socavando los cimientos de todos los demás objetivos políticos.

Situar el medio ambiente en el centro de la integración europea requiere, por tanto, forjar un “nosotros” político, no identificando a un “ellos” externo —como han hecho tantos proyectos nacionales a lo largo de la historia—, sino enfrentándonos colectivamente al cambio climático. La propia historia de Europa es un buen ejemplo: los pólderes holandeses, la recuperación de tierras en Italia y los tribunales de aguas españoles surgieron de siglos de esfuerzos colectivos por gestionar el medio ambiente que ayudaron a moldear la identidad cívica del continente.

Un enfoque medioambiental también ayudaría a definir el propósito más amplio de Europa. A medida que la electrificación, la automatización, la defensa y los proyectos de infraestructura a gran escala —desde centros de datos hasta el transporte público— reconfiguran el panorama, los europeos tendrán que decidir en qué tipo de continente quieren vivir. El medio ambiente es una construcción política sostenida por el poder estatal y el control sobre el territorio. Visto desde esta perspectiva, la política medioambiental podría ayudar a conciliar imperativos contrapuestos —seguridad, desarrollo y bienestar— dentro de un único marco territorial.

Esta agenda requiere instituciones que conecten los intereses locales con las prioridades continentales y ejerzan un poder territorial real. Pero mientras que el Gobierno federal de EU recauda impuestos, dirige un vasto aparato militar y es propietario de casi un tercio del territorio del país, la UE no tiene autoridad fiscal independiente, carece de un ejército permanente propio y ni siquiera es propietaria de la mayoría de los edificios desde los que opera.

Aun así, la UE ha aproximado elementos del federalismo a través de agencias e instituciones basadas en tratados, desde el mercado común hasta el Mecanismo Europeo de Estabilidad, coordinando políticas y poniendo en común recursos entre los Estados miembros. Para hacer frente al cambio climático, algunas instituciones europeas, como el Banco Europeo de Inversiones, deben evolucionar hacia agencias de desarrollo con autoridad para planificar, financiar y ejecutar proyectos en todo el continente.

Adoptar la gestión medioambiental podría aportar al proyecto europeo algo de lo que ha carecido durante mucho tiempo: un propósito común arraigado en las realidades de la vida cotidiana. En medio de las crecientes perturbaciones climáticas, proteger los hogares y las empresas, garantizar el suministro de agua y mantener las luces encendidas ya no son meros problemas técnicos. Pueden —y deben— convertirse en la base cívica de un pacto europeo renovado.

El autor

Giulio Boccaletti es autor de The Environmental Republic: Why Citizens Will Save the World (Princeton University Press, 2026), Water: A Biography (Pantheon Books, 2021), Siccità (Mondadori, 2023) e Il Futuro della Natura (Mondadori, 2025).

Copyright: Project Syndicate, 1995 - 2026

www.project- syndicate.org

Únete infórmate descubre

Suscríbete a nuestros
Newsletters

Ve a nuestros Newslettersregístrate aquí
tracking reference image

Últimas noticias

Noticias Recomendadas

Suscríbete