Lectura 6:00 min
Un breve homenaje al maestro Federico Castro, el bailarín que nunca se estuvo quieto
Federico Castro, pionero donde los hay y referente dancístico en México, murió en noviembre pasado. Las instituciones de cultura en nuestro país le quedaron a deber un homenaje a la altura de su trayectoria. Su amiga de siete décadas, la maestra Gladiola Orozco, me cuenta sobre su querido, extrañado amigo Federico

Opinión
La maestra Gladiola Orozco recuerda esto: ella y Federico Castro, par de bailarines jovencitos, caminaban por una calle cercana al teatro en el que darían función. Castro, apasionado siempre, caminaba hable y hable: “Cuando tenía una idea no la dejaba ir (se señala la cabeza la maestra Gladiola)”. Caminaban y Gladiola iba comiendo, como si nada, un plátano. Un gesto normal: Gladiola le ofrece una mordida a Federico, él muerde y sigue hable y hable, piense y piense, cuando de repente se detiene en seco y escupe la fruta a medio masticar: “¡Me diste plátano y a mí no me gusta el plátano!”. “Iba tan ocupado hablando que se le olvidó que no le gustaba el plátano y casi se lo come”, cuenta la maestra con risa.
La anécdota, dice Gladiola Orozco, lo pinta completo. Ardiente y apasionado de la danza, Federico Castro dedicó su vida a bailar primero y a enseñar después. Pionero donde los ha habido, el maestro Castro, con la maestra Gladiola y una brillante generación de bailarines, fueron parte de la primera compañía de danza moderna de la técnica Martha Graham en México (hoy conocida como la danza contemporánea de la escuela Graham), al mando de la legendaria coreógrafa Guillermina Bravo: el Ballet Nacional de México.
Castro (nacido en 1933 en el Estado de México, fallecido en noviembre pasado a los 92 años de edad), hizo sus pininos desde sus 21 años bailando y pensando, dejándose ir en el movimiento pero también su arrebato siempre tenía algo de intelectual, así lo recuerda la maestra Gladiola, su amiga durante siete décadas.
La maestra Orozco (que tiene en su haber su propia trayectoria como maestra y coreógrafa: es fundadora del celebrado Ballet Teatro del Espacio) me recibe en su casa, ubicada en un barrio tranquilo aunque céntrico, una casa que respira arte y amabilidad. Me empieza a platicar de sus inicios en el baile. ¿Cómo llegó ella a la danza? “Como quien ve un pastel y se lo quiere comer”, me dice para explicar cómo naturalmente orbitó hacia el movimiento de los cuerpos.
La escuela o técnica de la bailarina estadounidense Martha Graham nació en la década de los cuarenta y se desarrolló en la década del cincuenta en México; una escuela tan corpórea como psicológica. Castro inició sus estudios en 1951 bajo la tutela y cuidado de la inolvidable Guillermina Bravo. Su formación estuvo a cargo de los maestros Carlos Gaona, Josefina Lavalle, Evelia Beristáin, Waldeen, Rodolfo Arana y Xavier Francis, entre otros. Se graduó como maestro de enseñanza primaria en 1953 y con su formación, animó (les dio alma) a grupos de bailes populares y danza en la Escuela Normal para Maestros. Setenta años de trabajo, qué fácil decirlo.
La maestra Gladiola me explica algo que de tan obvio es fácil de dar por hecho: la musculatura del baile. Con Bravo al mando, bailarines jóvenes comenzaron a formar sus cuerpos bajo la escuela Graham, qué implica movimientos de piso y formas de respiración que divergen de la danza clásica. Dicen que es un lugar común decir que a una bailarín se le reconoce por la gracia de sus movimientos. Gladiola Orozco se mueve ya con dificultades pero con fuerza, siempre elegante al platicar. Tan espontánea y lúcida como sólo puede ser alguien que pasó su vida dedicada a las artes.
“Federico, ay, Federico. Cuando se le ocurría algo no lo dejaba ir. Tenía (me dice siempre señalándose la frente) en la cabeza que no iba a descansar hasta que el gobierno mexicano le diera esa medalla (que le obsesionó hasta su muerte), el Premio Nacional de Artes y Ciencias—el premio más importante que el gobierno mexicano otorga a un pensador o artista—y no había nadie que le quitara la idea”. Se lo merecía: una vida longeva completamente dedicado a la danza y a un nuevo modo de entenderla. Premiado, reconocido, amado por sus allegados y sus alumnos (o quizá no sólo amado, era un maestro férreo, sino también muy respetado).
Respetadísimo así, recibió varios homenajes en vida y reconocimientos de envergadura: el Premio Nacional de Danza José Limón y el reconocimiento Danza UNAM 2024. Pero algo faltó, porque con Federico Castro como baluarte, cambió la concepción coreográfica mexicana. En sus obras, el maestro mezclaba la técnica Graham con las artes callejeras y populares, el arte dancístico de los bailarines “sin escuela”, de los que bailan porque no pueden evitarlo.
El maestro Castro recogió y llenó de entusiasmo a todo tipo de estudiantes. Incluso a los que no parecían bailarines. La danza nueva que vino a cambiar el modo de moverse en el escenario que el maestro, disciplinado siempre desarrolló (misma disciplina que exigía a sus alumnos). “El movimiento innato”, como lo llamó la investigadora Margarita Tortajada Quiroz en el breve homenaje póstumo que el INBAL le organizó muy a las carreras a los pocos días después de su muerte.
Fundador de la escuela Los Constructores de Danza Contemporánea en Puebla así como del Centro Nacional de Danza Contemporánea en Querétaro, Castro también fue autor de más de sesenta piezas escénicas como “Tronco de la danza” y “La portentosa vida de la muerte”. Su trabajo fue reconocido en el mundo, no sólo en México.
Como describió la maestra Gladiola a su amigo Federico, activo y lleno de energía hasta morir, dejó siempre escuela, ganas de seguir y seguir con proyectos y la enseñanza que le dio vida hasta el final. Según recoge la revista teatral Paso de gato, al maestro le preocupaba el desinterés que a veces notaba en los jóvenes estudiantes de danza de nuestros tiempos: “Por eso me interesa fomentar entre ellos la experiencia y la dedicación con que trabajo”, dijo en la UNAM el día que recibió su homenaje en la casa de estudios en 2024.
¿Cómo se enteró de su muerte la maestra Gladiola? Platicaban casi a diario por teléfono, pasaron un par de días sin hablar y la maestra lo buscó, con cierta preocupación pero sin alarma. Él le regresó la llamada: había estado un poco enfermo pero todo en orden. Horas después llegó la noticia: Federico Castro había muerto de un ataque al corazón. Los amigos se despidieron sin despedirse. “Al menos murió tranquilo, porque supongo que morir de un infarto es la mejor manera de irse en paz”, me dice la maestra.
Ojalá el INBAL le rindiera otro homenaje a la altura de su legado. Federico Castro, el maestro que nunca se estuvo quieto y que hasta sus últimos días vivió con sus obsesiones. Que así lo recordemos.
