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Bitcoin, política monetaria y la nueva geopolítica global

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OpiniónEl Economista

Existe una línea de investigación (Brunello Rosa; Smart Money) que plantea cómo el acuerdo sino-ruso de colaboración estratégica es consistente con una segunda Guerra Fría. El surgimiento de una moneda digital china busca controlar las transacciones comerciales, especialmente aquellas que se realizan en mercados emergentes, para no solo evitar la dependencia del sistema dólar, sino también establecer un nuevo sistema de pagos digitales basado en el yuan. Este sistema pretende retar el control estadounidense del sistema financiero internacional, surgido tras la Segunda Guerra Mundial y materializado en los acuerdos de Bretton Woods en 1944.

Durante la última década, China lanzó iniciativas como el Belt and Road Initiative (BRI) en 2013. En 2014 inició acciones rumbo a la emisión de un yuan digital y a la creación de un sistema de pagos alternativo al dólar, y en 2015 el programa denominado Ruta de la Seda Digital (DSR), mientras Occidente permanecía impasible o inconsciente del impacto de estas medidas. No fue sino hasta 2022 que Occidente tomó nota de la seriedad de la amenaza, cuando China y Rusia firmaron un acuerdo estratégico de colaboración que implica apoyos irrestrictos en temas como Ucrania y Taiwán. Dos semanas después de la ratificación de este acuerdo, en febrero de 2022, Rusia invadió Ucrania.

Este conflicto (segunda Guerra Fría), denominado así por autores como Niall Ferguson, presenta tres frentes: cadenas globales de suministro, guerra comercial —de la cual ya estamos viendo sus efectos— y guerra tecnológica, donde entran las monedas estables (stablecoins) y las monedas digitales como el yuan. Precisamente, es en la batalla por las cadenas globales de suministro —petróleo, gas, tierras raras, entre otros— donde se inscribe el conflicto en Irán como parte de esta segunda Guerra Fría, en la que se disputa el dominio del sistema económico mundial.

Visto desde esta perspectiva, el conflicto en Irán se inserta en la guerra comercial, donde China depende de las importaciones de crudo provenientes de ese país (casi 1.4 millones de barriles diarios antes de la guerra) y de petróleo y gas ruso (alrededor de 2 millones de barriles diarios). Algunos analistas hablan de una guerra geoeconómica de la que Occidente (léase Europa) ha sacado la peor parte; sin embargo, los datos apuntan a que China ha debido pagar un mayor costo. En cuanto a Europa, esta dependía hasta hace pocos meses de importaciones de gas y petróleo de Rusia, aunque desde 2025 ha cubierto sus necesidades mayoritariamente con importaciones de Estados Unidos (15%) y cada vez menos de Rusia (12%).

Paradójicamente, el traslado de la zona de guerra al golfo Pérsico y al estrecho de Ormuz afecta sensiblemente el suministro de petróleo y gas a China, aliado de Irán y Rusia en este conflicto. La sed insaciable de petróleo de China se ve agravada por los daños que Ucrania ha infringido a los campos petroleros de Primorsk y Ust-Luga en el Báltico, así como a instalaciones en el mar Negro. El oleoducto Druzhba, que transporta petróleo ruso al este de Europa, también ha sido afectado. La guerra, pues, ha migrado al terreno económico y, como se señalaba al inicio, las monedas digitales y las stablecoins no escapan a esta dinámica.

El Bitcoin y las Altcoins también forman parte del reacomodo en este escenario. En ese sentido, el BTC aún no logra despegar de los 70 mil dólares, nivel que ha funcionado como piso. Hacia adelante, no se espera únicamente un efecto derivado del Halving —escasez programada o disminución de la oferta—, sino un crecimiento orgánico que, de acuerdo con la Ley de Metcalfe (el valor de una red es proporcional al cuadrado del número de sus usuarios), implica un crecimiento exponencial de la red de usuarios.

De ser correcta esta apreciación, indicaría que lo que el BTC requiere es tiempo y que la red de usuarios mantenga su tendencia alcista. Por su parte, el gobierno estadounidense ya cuenta con una reserva estratégica de BTC cercana a los 300 mil bitcoins y en crecimiento. Sobre esta reserva de valor comenzará a hablarse con mayor frecuencia en círculos de inversionistas y analistas, en la medida en que el derrame de liquidez que se avecina inunde los mercados, posiblemente como mecanismo para monetizar la deuda de 39 billones de dólares que actualmente tiene el país vecino.

* El autor es profesor del posgrado en Economía de la UNAM

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