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Cuando las barbas de tu vecino veas cortar…

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OpiniónEl Economista

Julio Agudo

Los resultados de la primera vuelta de los comicios presidenciales en Brasil amenazan con sepultar el último gran bastión de la izquierda progresista de Sudamérica, donde se vive el ocaso de la “ola rosa” y el resurgimiento de la derecha y extrema derecha, alentada desde Washington, alterando el tablero geopolítico de América Latina. La historia dicta que quien gana en la primera vuelta, se convierte en presidente ¿Será este el caso de Brasil? La incógnita se despejará en la segunda vuelta, el 25 de octubre próximo.

El avance de la derecha radical, personificada en esta ocasión por Flávio Bolsonaro-quien compite bajo las siglas del Partido Liberal (PL) tras la inhabilitación de su padre, el expresidente Jair Bolsonaro, por intentar un “golpe de estado” contra el gobierno de Lula-, coloca a Brasil ante un dilema histórico. Con el 47.03% de los votos válidos frente al 45.16% obtenido por el actual mandatario Luiz Inácio Lula da Silva, el balotaje se perfila como una batalla campal donde el margen de maniobra de la izquierda es prácticamente inexistente.

El comportamiento del electorado brasileño en la primera vuelta expone un fenómeno de rechazo acumulado. El voto hacia la opción de la familia Bolsonarono se explica únicamente por una adhesión ideológica ciega, sino por una conjunción de factores que el gobierno de Lula no supo o no pudo desactivar. Las percepciones ciudadanas sobre la inflación en productos básicos y la creciente inseguridad urbana erosionaron la base tradicional del Partido de los Trabajadores (PT) en las periferias urbanas cariocas.

El peso del conservadurismo cultural también ha influido en esta primera vuelta. La hegemonía cultural de corte conservador en el país amazónico -fuertemente anclada en sectores evangélicos y clases medias emergentes- ve en las políticas sociales del lulismo un modelo fiscalmente riesgoso o ideológicamente distante de sus valores tradicionales.

Por otra parte, la candidatura de Flávio Bolsonaro funcionó como un paraguas unificador para la derecha radical y los sectores del Centro, capitalizando el descontento de una base que percibe los procesos judiciales contra el clan Bolsonaro como una persecución política, pese a las graves irregularidades y condenas que pesan sobre su núcleo familiar, incluyendo la situación legal de su padre.

Las matemáticas electorales para la segunda vuelta revelan un panorama sumamente complejo para Lula da Silva. Aunque la diferencia porcentual es estrecha, menos de dos puntos porcentuales, la transferencia de los votos de los candidatos minoritarios y el abstencionismo -que rondó el 21%- inclinan la balanza en favor de Flávio.

Lula enfrenta un “techo de cristal” electoral difícil de romper en el corto plazo, ya que movilizar a un electorado fatigado tras cuatro mandatos no consecutivos requiere incentivos económicos que las arcas públicas actuales dificultan ofrecer con holgura.

La derecha y la centroderecha no solo han demostrado una capacidad de movilización formidable en las urnas, sino que controlan palancas institucionales clave en el Congreso bicameral y gobernaciones estatales. Un eventual triunfo de la ultraderecha no representaría un gobierno aislado, sino uno respaldado por una correlación de fuerzas legislativa profundamente hostil al progresismo.

La posible debacle potencial de Lula da Silva, históricamente el hermano mayor y referente del progresismo latinoamericano, marca oficialmente el cierre definitivo de la llamada “segunda ola rosa” en la región. Para el gobierno de la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, este escenario multiplica drásticamente los flujos de presión externa e interna.

Y es que, con el Cono Sur inclinado mayoritariamente hacia administraciones de derecha y centroderecha, sumado al regreso de posturas de línea dura impulsadas desde Washington bajo la presidencia de Donald Trump, México se quedará prácticamente solo como la gran economía latinoamericana con un gobierno de corte progresista. Esto debilitará los espacios de concertación regional autónoma como la CELAC.

El alineamiento de los nuevos liderazgos sudamericanos con los intereses de la Casa Blanca incrementará la presión comercial, migratoria y de seguridad sobre el Estado mexicano. La administración de Sheinbaum deberá lidiar con un entorno hemisféricamente hostil, donde los incentivos para subordinar la política exterior a los mandatos de Washington se multiplican.

La virtual caída del último tótem de la izquierda sudamericana envalentonará a la oposición conservadora en México. El mensaje político que emana de Brasil es claro para los opositores de los gobiernos progresistas: Los gobiernos populares, incluso aquellos con altos niveles históricos de aprobación inicial, terminan pagando los costos del desgaste económico y el hartazgo ciudadano ante la inseguridad y la inflación.

La hora de la verdad ha llegado para Brasil, y los ecos de esa decisión resonarán con fuerza en Palacio Nacional, obligando a la diplomacia mexicana a replantear sus alianzas en un continente que ha vuelto a virar, de golpe, hacia la derecha. De confirmarse triunfo de Flávio Bolsonaro, en la segunda vuelta, sin duda, aislará aún más a México en una región dominada por aliados de Trump. La presidenta Claudia Sheinbaum puede quedarse sola ante el creciente poder de Washington en América Latina, lo cual, aumenta el riesgo de un mayor intervencionismo estadounidense en los asuntos nacionales.

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