El pasado sábado, con tristeza, nos enteramos de la muerte de Carlos Monsiváis, agudo analista de los desfiguros del poder. Voz de la calle; conciencia crítica del país. Único intelectual a la altura del pueblo.

Lo supe la noche del sábado y me pasé un domingo triste. Jamás crucé palabra alguna con él y lo llegué a querer y, los domingos de las últimas semanas, a extrañar en sus colaboraciones para El Universal y la revista Proceso. Aún no termino de leer el último de sus libros Apocalipstick. ( Como ya nos vamos todos, es justo agradecer los servicios de San Google ). De éste me sorprende, como antes me había sorprendido de Los rituales del caos y de Escenas de pudor y liviandad, el amplio registro de su crónica-crítica-ensayo-literatura. Testigo vivo y presente de todas las manifestaciones de la cultura, el relajo, el hacinamiento y el degenere popular.

¿Cómo le era posible escribir tanto y tan bien, y al mismo tiempo dar conferencias, prologar libros -este libro no tiene prólogo de Carlos Monsiváis, anunció un humorista-, recibir premios y honores, y simultáneamente estar presente en los más importantes aconteceres de nuestra ciudad, meterse a un hoyo funky, concurrir a teatros, antros, carpas y conciertos? Y de ello hacer una crónica despiadadamente sarcástica, con valores literarios que trascendieron los temas abordados. Los sucesos, las personalidades, los lugares, las notas, las claves, los silencios y las alteraciones de la vida social y de la cultura popular tocados por su pluma -fábrica de metáforas implacables e impecables- son variados e innumerables.

Nada de lo mexicano le fue ajeno. Sus frases son sentencias económicas de palabras y pletóricas de sarcasmo; incisivas flechas contra la tontería, antisolemnes dardos que daban en el blanco de la sabiduría: ¿Es la vida un comercial sin patrocinadores? En los medios de la pobreza lo cursi no es la elegancia fallida sino la elegancia disponible . Lo que llamamos explosión demográfica no es sino el encarnizado combate entre las mayorías de ayer y las de mañana . Es uno de esos lugares que son buenos porque son carísimos, que son carísimos porque uno va allí para dejarse ver, y se deja ver para seguir yendo .

¿Quién lo informaba de que en tal antro había sexo en vivo? ¿Quién lo mantenía al día en modas y modismos? ¿Quién lo acompañaba a sus incursiones nocturnas por los lugares más abyectos que le inspiraban parábolas aplicables a la vida social y política del país?

Me hubiera gustado entrevistarlo, preguntarle ¿quién era su peluquero? ¿Cada cuánto se cortaba el pelo? ¿Cómo eran sus sueños -en sentido literal de la palabra-? ¿Tenía un sueño recurrente? Si la respuesta hubiera sido sí , ¿cómo era éste? ¿Cuál era su comida favorita? ¿Qué hacía en un día normal desde que despertaba hasta que se dormía? ¿Él compraba su ropa o le encargaba a alguien esa labor? No me lo imagino diciendo: me voy a comprar ese saco para ponérmelo cuando reciba el Doctorado Honoris Causa.

El humor y la ironía

En una extensa entrevista que le hizo Juan Domingo Argüelles, Carlos Monsiváis negó ser un escritor humorista. Un humorista es el que se dedica profesionalmente a hacer reír. No es una de mis aspiraciones. En todo caso me interesa más la ironía . No tengo por qué dudar de la sinceridad de la anterior declaración. Sin embargo, para mi gusto, Nuevo Catecismo para Indios Remisos es uno de los libros más hilarantes que he leído en mi vida.

En él, el inabarcable escritor se manifiesta como humorista. De su extensa bibliografía -más de 50 libros- el Nuevo Catecismo para Indios Remisos es el único en el que el prolífico autor aborda la ficción.

Los demás son tres antologías -dos de poesía y una de cuentos- y muchas crónicas y ensayos, y en la mayoría de los casos, una innovadora mezcla de ambos géneros, en la que la ironía, el sarcasmo y el humor rezuman. Porque como también lo dice en la entrevista de la que hago referencia: Para mí, tan importante en mi idea de la felicidad es leer una buena novela o un buen libro de poesía como leer un discurso de un funcionario pomposo. Sí, la estupidez ajena tiene que ver profundamente con mi felicidad .

Por mi Madre, Bohemios

En 1968, cuando Monsiváis dirigía el suplemento de La Cultura en México de la revista Siempre! publicó, de manera eventual, un recuadro con declaraciones de funcionarios gubernamentales, empresarios, artistas y periodistas en las que se ponía de manifiesto el talante autoritario e intolerante de éstos. Como además las frases de los declarantes destilaban almíbar y cursilería para significar su amor por México y su reconocimiento al patriota Presidente Díaz Ordaz , la sección se tituló Por mi Madre, Bohemios , título inspirado en el poema El Brindis del Bohemio , de Guillermo Aguirre y Fierro. Al título le añadió el subtítulo Para Documentar Nuestro Optimismo , con el cual, el hoy llorado escritor, quería enfatizar los nulos propósitos de democracia y de autocrítica existentes en el contexto de las expresiones que el antólogo -valga el término- criticaba con el título de la R -la redacción-.

En 1972, la sección se hizo fija en el mismo suplemento de donde salió de la mano de su creador en 1987. A finales de 1989 y hasta el 2001 la sección -que ya para entonces contaba con centenares de miles de admiradores que con ansias la esperábamos para leerla los lunes y reírnos toda la semana- se publicó en el diario La Jornada.

Desaparecieron las declaraciones de artistas y periodistas, quedando solamente como colaboradores involuntarios los políticos, uno que otro empresario y -no podían faltar- los jerarcas de la Iglesia católica.

Luego de la enjundia del voto útil para el sexenio inútil , la sección reapareció en la revista Proceso en marzo del 2006 y hasta hace unas semanas, cuando enfermó la R, registró, desmenuzó y criticó, la chabacanería y el cinismo, las contradicciones evidentes y la intolerancia prevalenciente de políticos y empresarios; los enredos y silogismos increíbles de los señores arzobispos y cardenales.

A través de Por mi Madre, Bohemios , Monsiváis documentó e hizo trizas la cursilería, el prejuicio, la ignorancia y la homofobia de gobernantes, legisladores, caciques, obispos y líderes charros. Y al mismo tiempo defendió, con base en la sátira y la burla, las causas progresistas de la sociedad.

Monsiváis y sus malquerientes

Si Gabriel García Márquez escribe para que sus amigos lo quieran más, al parecer Carlos Monsiváis escribió para que sus malquerientes los admiraran más. Me explico: Felipe Calderón, cuyos discursos fueron de los materiales favoritos en el último tramo de Por mi Madre, Bohemios , al grado que el escritor fallecido los calificó como insuperables, consideró la crítica y el escarnio al que lo sometió Monsi sólo como daños colaterales, expresó su profundo pesar por la muerte de Carlos Monsiváis, poseedor de una pluma y de una inteligencia excepcionales . Aún más, amenazó con asistir a Bellas Artes para despedirlo. Afortunadamente alguien aconsejó al Presidente que no era conveniente su asistencia al acto porque, probablemente, los amigos del escritor tienen una percepción equivocada de don Felipe. Con su ausencia, el Mandatario evitó un fuego cruzado que hubiera sido funesto para su imagen.