En 1987, el Informe Brundtland marcó uno de los puntos de partida más icónicos en materia de sustentabilidad y desarrollo sustentable. Dicho informe definía el desarrollo sustentable como el que “satisface las necesidades del presente sin comprometer la habilidad de las futuras generaciones por satisfacer sus propias necesidades”. A partir de ese momento, esta definición puede encontrarse en cientos de miles de reportes, publicaciones académicas, planes de gobierno y documentos de gestión global que han llevado como estandarte una propuesta cuya vigencia supera ya los 30 años.

Desde aquel momento, seguirle el paso a la evolución conceptual de sustentabilidad se ha vuelto cada vez más complejo. Para algunos es un concepto “paraguas” en el que se aglomeran ciertas “hipernormas” que proponen ambiciones que debemos perseguir como ciudadanos globales; para otros, la palabra no es más que una bandera política detrás de la que hay poca acción para ejecutar la realidad operativa del concepto.

Lo cierto es que, a pesar de la falta de consenso, a partir de aquel primer reporte la sustentabilidad prometía ubicarse en el mundo corporativo, como una directriz global. Conceptos e ideas como “nuestro futuro común”, “hogar común”, “comunidad global”, entre otros, empezaron a asomarse a la superficie en un momento en el que ya vislumbrábamos las consecuencias de un consumismo desmedido.

A su vez, por el contexto y la coyuntura que se vivían cuando surgió el concepto, desde sus orígenes la sustentabilidad y el desarrollo sustentable se han asociado en su mayoría con la dimensión ambiental de su definición. Sin embargo, al leer a profundidad el mismo Informe Brundtland encontraremos afirmaciones como que el desarrollo sustentable es un proceso de cambio, en el que la explotación de los recursos, la dirección de las inversiones, la orientación del desarrollo tecnológico y el cambio institucional están en armonía e incrementan el potencial actual y del futuro para alcanzar las necesidades y aspiraciones humanas.

Al día de hoy seguimos vislumbrando el desarrollo sustentable de distintas formas (como meta o conjunto de metas, como un proceso, como discurso institucional, como una ideología, etcétera). Lo que vale la pena recordar es que para considerar un desarrollo que permita cambios de paradigmas y la institucionalización de nuevas estrategias sociales y estructurales es necesario revivir el ímpetu de aquel momento en 1987, un momento en el que soñábamos juntos por un futuro mejor.

Los retos son muchos, pero hoy también tenemos empresas más fuertes, mejores organizaciones con mayor infraestructura tecnológica, mayor y mejor capacidad para innovar. En la actualidad es necesario retomar y reivindicar la riqueza descriptiva, instrumental y normativa del concepto. A nivel global, y en México también, las empresas están empezando a entender que no se trata de un discurso más. Que huir de las metas a corto plazo y entender el impacto de nuestras estrategias a largo plazo, en un sentido abarcador y con el fin último de promover el bienestar integral de nuestra sociedad, es al final del día, una tarea que implica reencarnar ese furor de 1987 y volver a imaginarnos lo que aquellos líderes idearon: un futuro mejor.

*La autora es profesora del área de Entorno Político y Social de IPADE Business School.