En esencia, el capital de riesgo es una forma de inversión orientada a obtener altas tasas de rendimiento por la vía de un crecimiento rápido y exponencial de los negocios que financia. Está ligado directamente con las llamadas compañías unicornio, como es el caso de Facebook, en donde en pocos años, se pasa de una idea (en este caso surgida en el 2004 en un campus universitario) al estatus de multinacional o estrella de los mercados bursátiles.

Estos casos de éxito, así como los productos y servicios asociados a ellos, son hoy parte fundamental de nuestra vida cotidiana, y solemos pasar por alto todo lo que dio lugar a su existencia. Buena parte de nuestra realidad y economía está determinada por empresas que surgieron como producto de una apuesta de alto riesgo: Instagram, Airbnb, Hulu, Netflix, Palantir, Google, Uber, Lime, entre otras.

Vivimos tiempos de cambio y disrupción; el Internet fue fractal o caos de un modelo que empezó a cambiar; nos encontramos en una etapa que se construye sobre el Internet de las Cosas, se conceptualiza basada en inteligencia artificial, vislumbramos gracias al análisis de datos y transferimos riqueza y capital sobre cadenas articuladas de datos (blockchain). En este contexto, la empresa y el emprendedor tienen que ser los motores que impulsen y aceleren la generación de riqueza en México.

Para generar los empleos que México requiere, en cantidad y calidad, necesitamos más empresas; sin embargo, debemos buscar una evolución continua de las actividades en las que inciden. Para alcanzar unicornios debemos partir de una masa crítica en la que muchos estudiantes y emprendedores materialicen la innovación y las ideas en unidades de producción que institucionalicen sueños y aspiraciones: la empresa. De ahí saldrán las semillas que pudieran convertirse en nuestros propios unicornios.

Ahora bien, además de necesitar emprendedores y planes de negocio viables, también se necesita capital, y no de cualquier tipo. Una empresa como Uber no alcanzó un valor de mercado superior a 62,000 millones de dólares en menos de 10 años sólo por una buena idea. Silicon Valley no sería lo que es sin una industria de Venture Capital que no sólo cuenta con amplios recursos, sino que está altamente especializada en su mercado y modelo de inversión. Lo anterior es un componente orgánico fundamental de ese ecosistema a través del acompañamiento de gestión, fuentes de financiamiento y búsqueda de potenciales mercados: ayudar a ser, hacer y vender.

En México necesitamos apoyar a fondo el desarrollo de este financiamiento para que se multipliquen y crezcan las empresas producto de los sueños y las ideas; consolidar el modelo idóneo, en función de nuestras circunstancias, necesidades, potencialidades y capacidades reales, pero siempre con una característica que define a la economía de alto crecimiento moderna: no temer al futuro ni a la disrupción, sino invertir en ellos y crearlos.

Se trata de puntos que, especialmente en esta coyuntura, tienen que estar presentes en la planeación nacional, estatal y regional de fomento económico; no debería faltar en la búsqueda de valor de cualquier corporación, banco o empresa productiva pública, a partir de una estrategia que incorpore la experiencia y perspectiva del sector financiero, el empresariado, la academia y las distintas dependencias y organismos involucrados.

La cuestión es que hay que actuar con sentido de oportunidad: se trata de ver a largo plazo, pero en un entorno en el que el futuro se acelera, en que hay que decidir entre riesgo inherente a este tipo de inversiones de alto rendimiento y el riesgo de quedarse rezagado y fuera del mundo que toma forma.

Afortunadamente, en México hemos abierto caminos para avanzar con paso más firme. Éste es el caso de la legislación fintech que acaba de aprobarse, que incluye la nueva Ley para Regular las Instituciones de Tecnología Financiera y modificaciones a nueve ordenamientos jurídicos. Con este paquete de disposiciones podríamos poner a México en mejor posición en materia de regulación y promoción, como una política de Estado, en este sector que está revolucionando la forma de hacer negocios en todo el mundo.

Como en toda iniciativa de este tipo, el andamiaje jurídico es un paso importante, pero debe complementarse con la implementación efectiva. De cualquier modo, el potencial parece infinito. De entrada, para facilitar el avance en retos tan importantes para México como inclusión financiera y bancarización, profundización de los mercados, ahorro y acceso a financiamiento. Son elementos básicos para construir ese edificio con pisos especializados como los del Venture Capital.

Fintech significa firmas como las que, a través de redes, bases de datos y algoritmos, pueden gestionar créditos en horas o minutos a personas y empresas que difícilmente pueden obtenerlos actualmente: pagos, inversiones, financiamiento, servicios financieros, seguros, entre otras. Asimismo, nuevos canales como el crowdfunding a través de plataformas en Internet, lo mismo que crowdequity.

La clave está en generar el entorno propicio para detonar el círculo virtuoso de la intersección entre el ahorro, la inversión y el financiamiento al emprendimiento, a las empresas y al crecimiento. Porque, si bien nuestro sistema financiero es uno de los más sólidos en capitalización y riesgo, sostenemos que hay déficits importantes en temas como inclusión financiera. De acuerdo con cifras del Banco Mundial, apenas 42% de la fuerza laboral en México tiene una cuenta bancaria, cifra muy por debajo de países como Estados Unidos o Brasil, con 91 y 74%, respectivamente.

Hoy estamos en niveles de casi 35% en penetración del crédito al sector privado respecto al PIB, y en los últimos años su crecimiento ha superado cerca de cuatro veces el de la economía, pero países como Chile se acercan a 110% y Brasil a 70 por ciento.

En nuestro país, 80% de quienes inician un negocio lo hacen con sus propios recursos. En Israel, el capital emprendedor o semilla representa alrededor de 35% del financiamiento de las empresas. Este problema estructural es responsabilidad de todos; evitamos el riesgo que supone la innovación, quizás porque conteniendo posiciones en el sector que dio origen a un negocio, a la luz de estructuras familiares, no se requiere diversificar o innovar para sostener la hegemonía en el mercado.

En México, las compañías que cotizan en Bolsa se cuentan por cientos, cuando se estima que más de 17,000 tienen ventas superiores a 30 millones de pesos anuales: cuántas oportunidades de crecer y mejorar pueden haberse perdido si no hay cambios en ese indicador.

Es mucho lo que puede lograrse con una oferta de productos financieros diversificada, que amplíe las opciones para armar portafolios de inversión para el ahorro y que, al mismo tiempo, pueda dar cauce a la heterogeneidad y las especificidades del universo productivo. Igualmente, en el desarrollo y profundización del mercado bursátil, con mecanismos y oportunidades como una plataforma especializada para empresas medianas, instrumentos como los fibras y los CKD, así como la nueva Bolsa Institucional de Valores.

En este marco hay que encuadrar el desarrollo de la industria del capital emprendedor en México. Detonar este motor con una visión común entre gobierno —impulsores de política pública y reguladores—, operadores de fondos y emprendedores, aprovechando las mejores experiencias internacionales. El aliciente es claro: estudios que han realizado organizaciones como Endeavor apuntan a que si 100 pymes pasaran a ser grandes al año, el PIB aumentaría en 1 por ciento. Vale la pena que todos arriesguemos más.

*Secretario ejecutivo de la Autoridad Federal para el Desarrollo de las Zonas Económicas Especiales.