El jefe de estado tiene una visión interna y panorámica. No se somete, negocia en las situaciones más delicadas, perdón pero nada de eso se observó en la cita Trump-AMLO.

Reza el dicho popular que quien no ha visto a Dios a cualquier santo le reza. No, ni Andrés Manuel López Obrador (AMLO) ni Donald Trump han mostrado tamaños de jefe de estado, ni antes de su encuentro de la semana pasada en Washington, ni en su desempeño como presidentes.

El jefe de estado tiene una visión interna y panorámica, atiende y trata de resolver los problemas, sobre todo los más complejos. No se somete, negocia en las situaciones más delicadas, se expresa con claridad y contundencia, perdón pero nada de eso se observó en la cita Trump-AMLO.

El gran ejemplo histórico lo encarnó Winston Churchill, de no haber actuado como jefe de estado vaya usted a saber en qué hubiera terminado la Segunda Guerra Mundial.

Václav Havel le dio sentido y rumbo a la República Checa después de la dictadura en la vieja Checoslovaquia. Nelson Mandela asumió mando y control de Sudáfrica en los estertores del Apartheid. Podría dar ejemplos de figuras muy controvertidas, como Ronald Reagan o Margaret Thatcher, pero no hay necesidad, con los anteriores queda claro que en el Jardín de las Rosas de la Casa Blanca no se presenció una esgrima de jefes de estado; apenas un par de discursos acomodaticios que sólo beneficiaron al dueño del terreno. Vaya, tuvo más categoría el primer ministro de Canadá, quien explicó su ausencia por las implicaciones del Covid-19 y compromisos con el Parlamento.

En las reuniones de trabajo entre presidentes de Estados Unidos y México hay temas que no pueden faltar: migración, trasiego de drogas y tráfico de armas.

Festejar la renovación del tratado de libre comercio era importante, pero se programó a la carrera y a destiempo.

Donald Trump no tenía la menor intención de reunirse con su homólogo de México, ni el anterior ni el actual, cambió de opinión en el momento en que las encuestas apuntan a favor de Joe Biden. A cuatro meses de la elección, a su base de incondicionales le faltan votos y los buscará por donde crea que estén, de manera limpia o por cualquier vía. Sabe que el 3 de noviembre podrían votar unos 20 millones de ciudadanos mexicanos de origen, de segunda o tercera generación. Da por descontado que Andrés Manuel López Obrador le puede transferir algunos apoyos, en particular en estados como Texas o Arizona, donde los mexicanos son la minoría con mayor número de habitantes y en los dos estados la tendencia está en vilo porque los demócratas vienen ganando terreno, en las encuestas Joe Biden tiene ventaja en Texas que aporta 38 votos electorales, sólo superado por California que cuenta con 55.

Se debe reconocer que hubo trabajo diplomático de los dos lados para contener, sobre todo a Trump, cuya verdadera personalidad explotó en la cena “me porté bien, no hablé del muro”. No se necesita mucha interpretación: “yo no menciono el muro, pero los mexicanos no hablan de migración ni se reúnen con los demócratas”.

Se trataba de armar el spot y para las 8 de la noche ya estaba en las redes. La cobertura fue de los medios mexicanos y de las cadenas en español de Estados Unidos. Los medios estadounidenses estaban concentrados en la exigencia de Trump de abrir las escuelas.

Apenas horas después, Trump volvía a lo de siempre, que gracias al muro México no los inundó del virus chino, como él lo llama, y se presentaba la primera controversia de empresarios estadounidenses en el marco del renovado tratado.

Fuera de los protocolos, en el mundo real, se hizo sentir el malestar de los líderes de los migrantes mexicanos y la dirigencia demócrata que se sintieron desairados.

Twitter: @JMNaveja

Juan María Naveja

Comunicador

Al Margen

Es analista, consultor y conferencista. Autor del libro Periodismo Radiofónico una Revisión Inconclusa, Editorial Porrúa y Coautor de Comunicación Política 2.1 modelo para armar, Editorial Etcétera.