Si algo me molesta, no ahora que soy una persona mayor, sino desde siempre es que se intente insultar a una persona llamándola vieja. En nuestro país eso desgraciadamente se nos da muy bien. Como tuitera que soy (si, no todos los adultos mayores sufrimos por la brecha digital) podrán imaginarse la cantidad de veces que me han llamado momia, ruca, viejita pendeja y otras lindezas relacionadas con mi edad. Ojo, no son críticas sobre mis enfoques o formas de ver la política, o cualquier tema que trate en mis redes (el debate me encanta) la ofensa es decirme que estoy descalificada no por lo que digo y pienso… el ataque es no más por que soy una anciana. ¡Óralé!

La discriminación, y el desprecio por nosotros los de la tercera edad es evidente, lamentable y por cierto muy tonto. De que hay personas malas, tercas y estultas…las hay, pero eran así (al menos muchos que yo conozco) desde que eran jóvenes. La estupidez no es forzosamente cosa de viejos. Vamos a ver.

La llamada tercera edad (60 o más años) es el grupo que más rápido está creciendo en México. Al inicio de este siglo se le consideraba un sector con tendencia a participar en política en favor del entonces partido dominante. Pero en general, no había una política social para ellos a pesar de las evidencias del rápido proceso de envejecimiento que ya comenzaba a darse desde el siglo XX y de las múltiples promesas que no lograron materializarse. 

La pensión universal para los adultos mayores en el Ciudad de México (2000-2006) y posteriormente a nivel nacional en el presente sexenio fue, digámoslo clarito, más que un acto de justicia social, una acción asistencialista aislada, clientelar para ser exacta, que considera a las personas mayores como objetos de votación, pero no como sujetos participativos. En la medida en que la pensión no está acompañada de otras acciones que mejoren la calidad de vida de los mayores, resulta claramente electorera e insuficiente.

Sin embargo, dado el empobrecimiento del sector de la tercera edad y al mismo tiempo su uso político clientelar, la pensión ha resultado muy exitosa para el partido en el poder y para, desde luego, el propio presidente de la República. 

Más allá de esta situación netamente política, se requiere tejer una red de acciones institucionales, estrategias y políticas públicas desde diferentes ámbitos: municipal, estatal, nacional, legislativo y judicial que facilite el que las personas de 60 o más años podamos tener pleno acceso a nuestros derechos y a una vida aún productiva, saludable y activa. 

De acuerdo con los datos del Censo de Población y Vivienda 2020, del Inegi, el grupo de adultos mayores asciende a: 14 millones 103,425 de 60 a 84 años; 1 millón 021,256 de 90 a 99; y 18,925 habitantes de 100 años o más. 

La situación de esta tercera edad es variada: 1.7 millones viven solas; sólo 41.4% son económicamente activos y 69.4% presentan algún tipo de discapacidad, de acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). A pesar de estos datos duros y preocupantes, no se le presta atención integral a los ancianos, ni siquiera están pensando en ello. Ahí les va la pensión y háganle como puedan.

Sobre el envejecimiento demográfico la población de personas mayores representa el 12% del total de la población, de los cuales 54% son mujeres y 46% son hombres. 

En este contexto tan complejo, quiero compartir con ustedes que a partir del día de ayer, y gracias a la oportunidad que me brinda Movimiento Ciudadano, presidiré la comisión de Atención Integral a los Adultos Mayores para este instituto político. Con ideas frescas y energía renovada acepto esta encomienda que me honra y que me da la posibilidad de servir a mi país y a mis contemporáneos, rodeada de compañeros y compañeras con los que me alegra e ilusiona volver a trabajar. En esta hora negra para México me atrevo a imaginar un promisorio futuro naranja. Todavía…voy a dar mucha lata y voy por ello.

Tere Vale

Psicóloga

Columna invitada

Psicóloga, conductora, escritora, comentarista de Grupo Fórmula.

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