El año 2000 fue esperanzador para millones de mexicanos que votaron por el cambio. 18 años después, el panorama (para muchos) es desolador. Y aquí aplica la reflexión del vaso medio vacío y el vaso medio lleno, todo depende de la óptica con la que se mire.

En lo económico, hemos vivido poco más de 20 años en una relativa estabilidad. Afortunadamente no hemos tenido que padecer nada similar a la trágica década de los 80. Recuerdo que en 1982 el dólar costaba 22.00 pesos, seis años después, en 1988 costaba 2,298.00 pesos, ¡de ese tamaño fue la devaluación!

Fueron tiempos durante los que la inflación era incontenible, 70% anual en promedio. Ello implicaba que si, por ejemplo, el kilo de tortilla en 1980 costaba 3.00 pesos, para 1989 su precio era de 604.00 pesos. ¡Inimaginable!

Algo bueno debe haber sucedido durante el sexenio del presidente Miguel de la Madrid, quien recibió al país desmoronándose como un reloj de arena y, como con alfileres, pudo sostenerlo, sentando las bases para la viabilidad de esta nación. El esfuerzo inaudito que imprimió en su trabajo es un hecho tangible, heroico, pero muchos se niegan a reconocerlo y recurren al camino más sencillo, la descalificación.

“Los hijos de la crisis” (como se conoce a la generación de quienes éramos niños en los 80) recordamos aquellos años con relativa tristeza, porque a nuestros padres les costó muchísimo trabajo sacarnos adelante.

La hiperinflación que padecíamos nos hizo conocer los verdaderos gasolinazos, todo subía día a día: la luz, el teléfono, la carne, las verduras, la leche, el huevo, ¡todo! Tal vez por este motivo, millones de nosotros vemos el vaso medio lleno y nos atemoriza la idea de vivir aquella catástrofe nuevamente.

El ex presidente Ernesto Zedillo, por su parte, una vez que asumió el poder tuvo que enfrentar la severa crisis de diciembre de 1994, después de la cual se comprometió a diseñar un blindaje financiero que permitiera que las transiciones sexenales no volvieran a impactar negativamente en la economía nacional y lo cumplió, desde entonces no hemos vuelto a vivir una debacle semejante. Entonces, no todo ha sido malo y esta idea nos polariza.

Durante este sexenio, se concretaron las reformas estructurales que en 18 años no se impulsaron y que, a pesar de sus anunciadas bondades, son motivo de alegatos. Me parece que, si sobreviven, en algunos años serán reconocidas como hoy sucede con el Tratado de Libre Comercio de Norte América. En el contexto de la reforma energética ya hay inversiones millonarias para impulsar un mercado competitivo en la venta de la gasolina, pero la advertencia de que serían congelados los precios ha puesto a temblar a muchos.

Sin embargo, con justa razón, el escepticismo ciudadano es imbatible. La corrupción y los elevados índices de criminalidad son el mayor aliciente para el descontento. Vivimos un momento de división social muy álgido, pero debemos asumir que todos deseamos que le vaya bien a México, no importa nuestra filiación ni simpatía, es necesario dejar de lado el radicalismo que nos confronta y esperar que todo se resuelva.

Pronto sabremos quién será el próximo presidente, quien sea, tendrá oportunidad de mostrar su buena voluntad.

Dejemos de lado las agresiones que se hacen patentes en nuestras redes sociales. Somos mexicanos y, reitero, el anhelo común es que nos vaya bien.

Recordemos aquella canción de la mejor banda ochentera que tenemos y que dulcificó nuestras adversidades: “¡Tú y yo somos uno mismo!”.

Ernesto Millán

Columnista

Molinos de Viento

Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma del Estado de México. Maestro en Dirección y Gestión Pública Local por la Unión Iberoamericana de Municipalistas. Ha ocupado diferentes cargos en gobierno federal, estatal y municipal por más de 20 años. Es Secretario Técnico del Consejo Consultivo de la Federación Nacional de Municipios de México (Fenamm) y Consejero Jurídico de la Comisión Unidos Contra la Trata A.C.