Esta edición de los Juegos Olímpicos, además de poner el asunto de la salud mental sobre la mesa, sobre todo en los pasajes conocidos de Simone Biles, Naomi Osaka o Novak Djokovic, deja entrever también algunas de las características ideológicas que han permeado y formado nuestra concepción del logro y del fracaso, de la disciplina, de los límites y de la manera en la que socialmente son aplaudidos o repudiados.

En cada edición de Juegos Olímpicos, existen diversos reportajes mediáticos que difunden la manera en la que vive un atleta olímpico su día a día: desde lo que comen todos los días, las horas que entrenan, los sufrimientos y sacrificios que hubo que hacer para poder llegar a competir y eventualmente ganar una medalla. Las historias de triunfo en muchas instancias nos parecen alentadoras: atletas sin apoyos económicos, refugiados políticos, víctimas de abusos y otras problemáticas sociales que encontraron en la práctica deportiva la manera de sublimar su condición de superación personal. Estas historias resultan inspiradoras en muchos sentidos.

Pero en el lado opuesto de la moneda, sabemos también que el estilo de vida de un atleta olímpico no necesariamente representa el mejor pronóstico en cuestiones de salud física y mental –en esta obsesión occidental por diseccionar la mente del cuerpo como si no fueran un ente complejo–. Las lesiones físicas y las consecuencias de someter al cuerpo a cargas que exceden los límites tienen consecuencias para la salud y el retiro de muchos deportistas. Y justo la cuestión sobre la que han estudiado a los atletas de élite desde una perspectiva social, es “el exceder los límites”. ¿Quién pone los límites? ¿Hasta dónde sobrepasar el límite en la práctica de un deporte se considera un acto heroico y hasta dónde el límite que se sobrepasa puede ser considerado una caída en desgracia? Historiadores y filósofos han coincidido en señalar que la lógica de las Olimpiadas Antiguas estaba en sintonía con los ideales del cuerpo como un todo para desarrollar mejores seres humanos. El lema de las Olimpiadas de la Era moderna: “más alto, más fuerte, más rápido” engloba el espíritu de buscar la excelencia y la superación. El tema es que los atletas ya no sólo están obligados a superarse a sí mismos, sino a superar a los demás, a superar el número de medallas cosechadas (si han ganado “n” cantidad de oros o campeonatos mundiales, en la siguiente edición están obligados a superarlos), y cuando todo eso se ha ganado, incluso a superar los récords olímpicos y mundiales. La excelencia es entonces un ciclo constante de insuficiencia, puesto que siempre hay otra expectativa que superar.

Y esto, no sólo es una cuestión nociva para los cuerpos y las mentes de deportistas. Esta concepción de la superación es trasladada a las esferas de las sociedades contemporáneas que miden el éxito de maneras en las que incluso, la propia humanidad de la persona está comprometida a modo de alcanzarlas. Entrar en estos debates siempre resulta polémico, puesto que como muchos temas filosóficos, el tema de la superación personal no debería de estar condicionado al propio bienestar. Pareciera entonces que la superación engloba logros y objetivos que van más hacia el exterior, y no hacia mejorar la vida interior de cada ser humano. Así, aprendemos entonces que hay códigos sociales que dictaminan confusamente, cómo a veces exceder los límites es algo socialmente deseable, cómo a veces es algo socialmente denostado.

@lilianamtzlomel

Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad

PUNTO Y COMO

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.

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