Dejando a un lado el refinamiento matemático, la economía ha vuelto a donde estaba hace un siglo: el estudio de la asignación de recursos dados, más la teoría cuantitativa del dinero. La macroeconomía, la teoría del producto en su conjunto, que fue inventada por John Maynard Keynes, prácticamente ha desaparecido, a pesar del resurgimiento de herramientas clave cuando estallan las crisis.

LONDRES – En el 2014, el entonces presidente de la Reserva Federal Ben Bernanke decía -medio en broma medio en serio- acerca del programa de compra de bonos emprendido por la Fed, que el problema con la facilitación cuantitativa (FC) es que “en la práctica funciona, pero no funciona en la teoría”. Se podría decir lo mismo sobre la política macroeconómica en general, en el sentido de que no hay ninguna teoría sólida que la respalde. Los gobiernos “estimulan” por rutina la economía para “luchar” contra el desempleo, pero con una teoría que niega que exista un desempleo contra el cual luchar.

Aparte de los refinamientos matemáticos, la economía ha vuelto a lo que era hace un siglo: el estudio de la asignación de recursos determinados, más la teoría cuantitativa del dinero. La macroeconomía –la teoría de la producción como un todo, inventada por John Maynard Keynes- prácticamente ha desaparecido.

Por ejemplo, ¿qué causa el desempleo? La respuesta estándar es la “rigidez descendente de los precios”. Un peluquero que cobra 14 dólares la hora, pero que puede trabajar de forma rentable solo por 13 dólares la hora, escoge no hacerlo. Esa opción es, entonces, voluntaria, lo que refleja una preferencia por el ocio, o una decisión de no ser peluquero. Lo mismo es cierto para todos los trabajadores de una economía. Visto así, lo que denomina el desempleo es una opción por no trabajar.

El supuesto clave es que cada uno optimiza, es decir, escoge la mejor opción disponible para sí. El trabajo está siempre disponible a algún precio. En consecuencia, el desempleo es óptimo para los desempleados. Si se acepta el supuesto, la lógica es indestructible.

De tal manera, si el gobierno amplía la oferta de dinero en un intento de aumentar el empleo, solo logrará una mayor inflación, porque la expansión monetaria no hace nada por aumentar la oferta de personas que deseen trabajar. En consecuencia, la política monetaria debería apuntar únicamente al objetivo de estabilizar los precios, lo que se hace mejor confiando en un banco central libres de tentaciones políticas.

Los más capaces economistas se han estremecido ante la lógica de sus propios supuestos. Así, en su reciente manual Macroeconomics, Daron Acemoglu del MIT, David Laibson de la Universidad de Harvard y John List de la Universidad de Chicago identifican tres categorías de empleo “no voluntario”: friccional, estructural y cíclico. El desempleo friccional ocurre porque buscar un trabajo toma su tiempo. El desempleo estructural surge porque las rigideces salariales impiden que la cantidad de mano de obra coincida con la cantidad que se ofrece. El desempleo cíclico –o de corto plazo- sucede debido a “shocks tecnológicos, cambio de sentimientos, y factores monetarios/financieros”, y “es amplificado por la rigidez salarial descendente y los multiplicadores”.

El multiplicador, una clara fórmula para calcular el efecto amplificado de cualquier cambio ascendente o descendente en el gasto, es la única parte de la maquinaria macroeconómica que ha sobrevivido a la muerte de las políticas keynesianas de gestión de la demanda. Incluso esta herramienta había caído en desuso –se suponía que los multiplicadores equivalían a cero- antes de que la crisis financiera y económica de 2008 la reviviera.

La teoría económica moderna sostiene que los obstáculos a un pleno empleo no son inherentes sino contingentes. Por ende, se pueden ir reduciendo con reformas al mercado laboral diseñadas para “flexibilizar” salarios rígidos, y por una mejor regulación de los bancos. En una desaceleración cíclica –un estado de desequilibrio- la mayoría de los economistas aceptan de mala gana que una política expansionista puede aumentar la demanda de corto plazo de mano de obra incluso a la tasa salarial prevalente. Esa fue la contribución de Keynes. Como el premio Nobel de economía Robert Lucas observara en el 2009, “Supongo que todos somos keynesianos en las trincheras”.

Como sugiere Lucas, hoy en día la política macroeconómica está reservada para las crisis. Pero, puesto que no existe un modelo de crisis –que por definición son inesperadas- las políticas de estímulo no precisan de teorías.

Tales políticas pueden ser monetarias o fiscales. Los bancos centrales pueden aumentar la oferta de dinero a las empresas privadas con el fin de alentarlas a contratar más trabajadores, o los gobiernos pueden entrar en déficits presupuestarios. El “keynesianismo monetarista” (en la forma de la FC) fue la principal respuesta a la Gran Recesión de 2008-09. Esto es lo que Bernanke dijo que funcionó en la práctica, pero no en la teoría. De hecho, tampoco funcionó en la práctica.

Los campeones de la FC argumentan que las cosas habrían sido peores sin ella, lo cual es imposible de probar o refutar. Persiste el hecho de que la recuperación de la crisis financiera de 2008-09 estaba lejos de completarse cuando ocurrió en 2020 la nueva crisis del Covid-19, puesto que una gran cantidad de dinero de la FC fue acumulada, no gastada.

La pandemia de Covid-19 hizo que los gobiernos volvieran al “keynesianismo fiscal”, porque no había manera de que la simple ampliación de la cantidad de dinero llevara a la reapertura de las empresas que por ley no podían hacerlo. En el gran confinamiento, el keynesianismo fiscal equivalió a emitir pagos del Tesoro a gente impedida de trabajar.

Pero ahora que se ha reabierto la economía, han desaparecido las razones prácticas para la expansión monetaria y fiscal. Los comentaristas financieros generales creen que la economía volverá a ser como antes. Después de todo, las economías caen en trincheras no más a menudo que una persona lo haría. Así que el momento ha llegado para ajustar las políticas monetaria y fiscal, porque continuar la expansión de una o ambas solo conduciría a un “alza inflacionaria”. Podemos respirar aliviados: el trauma ya pasó y se reanudará la vida normal sin desempleo.

La relación entre teoría y práctica no es como la veía Bernanke. La política monetaria funciona en la teoría, pero no en la práctica; la política fiscal funciona en la práctica, pero no en la teoría. El keynesianismo fiscal sigue siendo una política en busca de una teoría. Acemoglu, Laibson y List ofrecen una pieza de la teoría faltante cuando observan que las crisis son “difíciles de predecir”. Keynes les habría respondido que son imposibles de predecir, razón por la cual rechazaba la opinión estándar de que las economías son cíclicamente estables en ausencia de crisis (algo tan inútil como decir que las hojas no se mueven sin viento).

Los modelos de oferta y demanda que se enseñan a los estudiantes de primer año puede iluminar la ruta de equilibro de la industria de la peluquería, pero no la economía como un todo. La macroeconomía es hija de la incertidumbre. A menos que los economistas acepten la existencia de una incertidumbre ineludible, no podrá haber una teoría macroeconómica, sino solo respuestas prudentes a las emergencias.

El autor

Robert Skidelsky miembro de la Cámara de los Lores británica, es profesor emérito de economía política en la Universidad de Warwick. Autor de una biografía en tres volúmenes de John Maynard Keynes, comenzó su carrera política en el Partido Laborista, se convirtió en el portavoz del Partido Conservador para asuntos del Tesoro en la Cámara de los Lores y finalmente fue expulsado del Partido Conservador por su oposición a La intervención de la OTAN en Kosovo en 1999.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

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