Vladimir Putin se pavoneará en estos Juegos Olímpicos de Invierno pero, pasada la justa, se revelará de nuevo tanto su autoritarismo como el declive de la economía rusa.

Avieso político como es, el otrora gris funcionario de la KGB lanzó una campaña en diciembre de 2013 para mejorar su imagen internacional. Lo que buscaba era aparecer como un demócrata o, más que eso, un compasivo estatista que daba su perdón, con un indulto masivo, a los que se habían descarriado. En realidad, lo que tenía en mente Vladimir Putin eran los Juegos Olímpicos de Sochi, que son su juguete preferido por estos días y por los cuales no ha dudado en arrojar $50 mil millones de dólares, volviéndolos los más costosos de toda la historia del olimpismo y costando dos veces más que los de Londres 2012, y cinco más de lo que se había planeado.

Con el indulto a cientos de presos de conciencia (aunque él los califica como reos comunes), algunos medios se dejaron engañar al ver una cara más amable del neozar. Salían de las cárceles lo mismo los activistas de Greenpeace que las Pussy Riot y el magnate Mijail Jodorkovski, a quien metió al calabozo hace más de una década por atreverse a desafiarlo.

Seguía tal vez borracho Putin después del gran año que tuvo en 2013, cuando desafió a Estados Unidos y salió vencedor en el asunto de Siria, en donde, en palabras llanas, se llenó las manos de sangre al apuntalar a su aliado Bashar el Assad, de quien cada vez se reúnen más pruebas que demuestran la crueldad de su régimen y su culpabilidad en algunos de los crímenes contra la humanidad más horrendos, tal vez, desde Ruanda. Putin pasará a la historia como quien personalmente impidió que la ONU (ya no digamos la malograda intervención estadounidense) pusiera coto a las masacres en Siria. Al convertirse en el aval de que Bashar entregara sus armas químicas (cosa que por supuesto no ha cumplido, más que en un 4%), impidió la intervención estadounidense que, en este caso, y tratándose de un Obama y no de un Bush en la Casa Blanca, hubiera sido un alivio para millones.

No sólo eso, sino que también el año pasado Putin fue nombrado el hombre más poderoso del mundo por la revista Forbes, bastante por encima de un disminuido Obama que, después del fiasco de Siria, quedaba como uno de los presidentes más débiles en la historia de Estados Unidos. En realidad lo es: no pudo convencer a sus ciudadanos ni a su Congreso de una intervención muy, pero muy limitada (de tan sólo unos días), únicamente a bases militares sirias, en una guerra justa y por razones humanitarias, no geopolíticas, siendo que su antecesor pudo convencer a casi todo Estados Unidos de una guerra ilegal, irresponsable, caprichosa, mentirosa y catastrófica. Pero este presidente se ha caracterizado por no tener el poder de su parte, ni en estos temas ni en los presupuestales ni en realidad en ningún otro, dada la atroz persecución que sufre en su congreso por las fuerzas de ultraderecha. Lo peor de todo es que, ante tal debilidad, alguien como Putin, con las peores credenciales como demócrata y en derechos humanos, se pudo colar entre los personajes poderosos.

El otro asunto que le salió bien al principio a Putin es el de Ucrania, pues logró impedir que el presidente de ese país, Victor Yanukóvich (apenas un poco más que un títere ruso), firmara un acuerdo económico con la Unión Europea. Recordemos que Ucrania fue parte del imperio soviético y para alguien con la mentalidad de Putin la gran tragedia de la historia fue la separación de ese conjunto de repúblicas. Quiere a Kiev en su área de influencia a como dé lugar, y casi lo logra excepto por la opinión de los ucranianos, porque, en el momento en que se dieron cuenta que su presidente elegía unirse más a Rusia que a Europa, salieron a la calle y desde entonces han escenificado un levantamiento que recuerda aquella Revolución Naranja de 2004, después malograda pero que tuvo las mismas raíces: una negativa del pueblo a las imposiciones provenientes de Rusia.

El problema de Ucrania está inacabado y es posible que Putin, quien había salido aparentemente victorioso, tenga que dejar ir a ese importante satélite, pues la revuelta ya se salió de control (la situación en ese país raya ya en la guerra civil o la secesión). Para la historia que nunca se escribirá queda la siguiente duda: ¿qué hubiera pasado si en lugar de ese hombre lleno de atavismos, de rencores, de fantasías de restauración imperial y de un ansia incontrolada de poder hubiera llegado al poder en Rusia un verdadero demócrata, un hombre sofisticado y abierto al mundo que, tal vez, hubiera puesto a su país en el ámbito europeo, quizá incluso formando parte de la UE en algún momento, no viendo al mundo como enemigo sino como socio, y tomando decisiones clave en una Europa con ello fortalecida? El mundo sería un lugar muy, pero muy distinto. Bashar al Assad no hubiera matado a 100 mil personas, Ucrania sería un socio europeo (como la misma Rusia) y no hubiera habido leyes vergonzosas, como la ley anti-gay. Pero, una vez más: eso es para la historia que nunca se escribirá: quien gobierna con puño de hierro en la Federación de Rusia es una sola persona, y eso lo saben perfectamente bien los rusos.

Hoy que han empezado los juegos, Putin se enfrenta al peligro de que estallen bombas terroristas no en Sochi, que es desde hace semanas una fortaleza inexpugnable, pero en otras ciudades que no tengan la misma seguridad. El checheno Dokku Umarov, líder del autodenominado Emirato del Cáucaso, es tan fina persona que declaró que era un deber de los musulmanes ensangrentar los juegos satánicos .

Esperemos que ningún artefacto estalle ni que muera ningún inocente, porque los fanáticos integristas no son ejemplo de oposición alguna, sino que, más bien, la ciudadanía rusa vuelva a mostrar esa independencia que observó cuando Putin se reeligió. En ese entonces (diciembre de 2011) salió a la calle a protestar por un supuesto fraude electoral. Esa sociedad civil, acallada inmediatamente con draconianas leyes que criminalizaron la protesta, puede volver a surgir cuando se investiguen los gigantescos recursos gastados en los juegos, en donde hay boquetes de cientos de millones de dólares en corrupción.

Pero, más que nada, Putin se enfrentará a una ciudadanía que le puede perdonar todo, pero nunca su desatención a la economía. Esa economía que creció 6.9% en promedio de 1999 a 2008, y que después de 2009 siguió creciendo a ritmo de 4.1%, pero que ahora ha languidecido. Ese crecimiento que hoy se ve lejano se verificó por las razones equivocadas: por el boom de los commodities, que quizá no se vuelva a repetir. Eso le pasó a otros países del grupo de los BRICS (la S es por Sudáfrica): en vez de modernizar sus economías con reformas estructurales, se solazaron con el mercado alcista de las materias primas y con las fuertes entradas de inversión de cartera que llegaban por la relajación cuantitativa de la Fed, que también tenía fecha de caducidad. La desaceleración empezó para Rusia en 2013, con apenas 1.4% de crecimiento, y para este año se espera de 1 a 2%. En tanto, la inflación ya se sitúa en niveles de 6 a 7%.

Otro revés que tendrá que enfrentar Putin es el acuerdo que acaba de firmar la Unión Europea con Azerbaiyán para el gasoducto que surtirá energía al viejo continente y que, con ello dependerá cada vez menos del gas y del petróleo rusos. Con ello Rusia tendrá cada vez menos influencia y podrá chantajear menos a los países europeos.

Algunas de las proyecciones económicas para esta década indican que China, de tener un PIB de $10 billones de dólares en 2010, pasará a uno de $22.7 billones en 2020, y su contribución al crecimiento mundial será de 30%. Los números de Rusia son mucho más modestos, con apenas $2.2 billones en 2010 y un crecimiento de tan sólo $0.6 billones en casi 10 años, con una contribución de 1.4% al PIB mundial para 2020, algo muy similar a México ($2.1 billones estimados para 2020, con 1.2% de contribución).

India será mucho, pero mucho más importante que Rusia en ocho años (cuando alcance $7.6 billones de PIB y 8.5% de contribución a la economía planetaria), e incluso mercados como Brasil e Indonesia. Uno de los encantos con los que siempre contó Putin, además de sus desplantes y su agresividad contra el resto del mundo, fue el dinero, que derramaba a manos llenas entre opositores y amigos, algo que se prevé que le empiece a faltar en un futuro.