No me canso de repetir este refrán budista que dice que en esta vida lo único permanente es el cambio. Sabias palabras y si no pregúntenle a Lozoya, que pasó del pato cantonés al pato apresado en un dos por tres. La autodestructiva ostentación de su impunidad no podía terminar bien.

Desde su detención en Málaga, España, en junio del inolvidable 2020, hasta el día de hoy en que el exdirector de PEMEX duerme en el Reclusorio Norte, nunca había sido visto o fotografiado, excepto aquella cena en el Hunan en que fue grabado por Lourdes Mendoza. El haberse asumido como delincuente confeso y el aceptar haber cometido actos de corrupción en complicidad con otros altos funcionarios, le abrió lo que se conoce ahora como una ventana de oportunidad para al delatar a otros y disfrutar de una cómoda prisión domiciliaria.

Y ahí lo teníamos viviendo como príncipe, disfrutando de los millones de dólares que aún seguían en su poder (¡apenas se acaban de dar cuenta de que al menos dos millones de dólares están aún a su disposición!) y saliendo a cenar descaradamente a restaurantes (como diría mi abuelita) de postín. 

Lo más terrible de todo esto, es que de no ser por la audacia de la periodista Lourdes Mendoza y sus fotos reveladoras, jamás nos hubiéramos enterado (¿ni la fiscalía tampoco?) de que don Emilio se sentía más que protegido y cobijado por la 4T y entraba y salía de su casa como se le daba la gana.

Pero…se le pasó la mano y aquella elegante cena china se transformó en un clamor popular que exigía simplemente piso, aunque sea medio parejo, en la aplicación de la ley. 

Y así, el personaje emblemático que permitía ufanarse a la actual administración de su combate frontal a la corrupción, el ex funcionario de Peña que había ofrecido delatar a sus poderosos cómplices del sexenio pasado ante los ojos de México y el mundo, ahora se desmoronó.

En 13 meses Lozoya fue incapaz de probar sus acusaciones sobre más de 70 personas (políticos, legisladores, empresarios, etc.) a su decir involucradas en el caso Odebrecht. Además, fue desmentido con pruebas en la mano por el perseguido Ricardo Anaya y todavía, a pesar de estos fracasos, esperaba que se le concedieran 60 días más para poder seguir “acopiando pruebas”.

En una audiencia de casi seis horas la presionada FGR se vio obligada por la opinión pública a someter a prisión preventiva a don Emilio ya que durante todo este proceso no ha tenido ni manifestado intenciones de reparar el daño ocasionado a la hacienda de nuestro país por casi ocho millones de dólares.

Total, que la situación legal de este señor se ve muy complicada. Muchos abogados calculan que por las penas que enfrenta podría llegar a los 30 años de cárcel y para acabarla de amolar:  las pruebas que ofreció para implicar a otros no aparecen por ningún lado.

En fin, que el inconsciente al final del día siempre gana y traiciona. Como psicóloga no puedo dejar de mencionar los rasgos autodestructivos y/o peor aún, sociopáticos del exfuncionario fanático del chop suey. Haciendo un análisis patito (pero cantonés) pareciera que a Emilio Lozoya le urgía sabotearse a si mismo, mostrar su desvergüenza y luchar por recibir lo que él sabe será un merecido castigo. 

La expiación de sus culpas eso si, van acompañadas del derrumbe de esa fantasía acariciada por muchos mexicanos de que la corrupción había llegado a su fin con AMLO. Travesuras de la terca realidad que nunca se da por vencida.

Tere Vale

Psicóloga

Columna invitada

Psicóloga, conductora, escritora, comentarista de Grupo Fórmula.

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