Hemos subestimado la pandemia. Con cada nueva ola hemos dejado pasar la oportunidad de que los beneficios de la transformación digital sean permanentes porque creemos -erróneamente- que la pandemia va a terminar cuando lo decidamos y no cuando las condiciones lo hagan posible.

Basta un repaso por la historia de las pandemias para constatar que no sólo no terminan, sino que siguen cobrando víctimas incluso después de siglos de surgir. Sí, en la actualidad todavía fallecen personas de peste negra, cólera, gripes estacionales, VIH/Sida, ébola y SARS. Sólo la viruela ha sido erradicada médicamente, porque existe una vacuna efectiva y porque no tiene huésped animal. Pero ha regresado el sarampión. 

Según los historiadores, las pandemias concluyen médica o socialmente, cuando disminuye o se erradica el miedo a la enfermedad. Con ómicron se acentuaron los contagios y el miedo.

Todas las pandemias -incluida la de Covid-19- han trastocado la vida cotidiana de las personas y han colocado la economía, la política, la cultura y la sociedad en la incertidumbre. De todas se han extraído enseñanzas, pero la diferencia con las anteriores es que ahora la humanidad cuenta con una herramienta civilizatoria capaz de enfrentar de mejor manera la enfermedad, a lado de la ciencia que trabaja en la prevención, vacunas y tratamientos. Esa herramienta es Internet. 

Las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC), los servicios de telecomunicaciones, la conectividad, las plataformas, los servicios digitales, el almacenamiento en la nube, los algoritmos, la Big Data y las demás herramientas digitales deberían utilizarse para mejorar los servicios públicos en pandemia, pero siguen siendo deficientes o inexistentes. 

Aunque se ha avanzado en la conectividad, en México todavía no existe una convicción pública y de Estado hacia la digitalización plena.

Internet debería ser parte de la política pública adecuada para enfrentar la crisis sanitaria, identificar y prevenir contagios, salvar vidas, mejorar las condiciones de las personas, ayudar a la economía y construir un mundo más justo durante y post pandemia. 

Las cuarentenas son una herramienta de salud pública eficaz para interrumpir la cadena de contagios, pero Internet también lo es, y además permite continuar con muchas actividades cotidianas. 

A dos años de la Covid-19 y a un año de que empezaron a aplicarse las vacunas contra el coronavirus, las tecnologías han carecido de una dirección pública, es decir, las autoridades no han sabido atribuirle una función social que facilite y mejore la calidad de vida de las personas.

A nivel global y en México la innovación tecnológica está presente como avances y progreso, pero no como política pública con objetivos, estrategias, líneas de acción y evaluación de los resultados, a eso me refiero con dirección. La transformación digital se aceleró irreversiblemente, pero la acción política se estancó y permanece en un pasmo.

Tenemos plataformas de videoconferencia para no interrumpir el trabajo y el estudio desde casa; plataformas de movilidad y entrega de alimentos para sostener negocios, fuentes de ingresos flexibles y contribuir a la recuperación y reactivación económicas; plataformas de streaming de audio y video para el entretenimiento en el hogar; plataformas educativas para más cursos y capacitación, de comercio electrónico para comprar y Fintech para una mayor inclusión financiera…

Todas estas aplicaciones y servicios digitales han prevenido contagios y han contribuido a resolver los problemas derivados del confinamiento. Pero las autoridades ven en ellas fuentes adicionales de recaudación para preservar negocios tradicionales e intentos regulatorios para recuperar algo del control perdido.

Curiosamente, lo que sí avanzó fue el pacto fiscal global liderado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y el acuerdo entre 137 países para abordar los desafíos fiscales que surgen de la digitalización y la globalización de la economía para cobrar impuestos a las grandes empresas tecnológicas.

Los países se reúnen y acuerdan cómo incrementar sus finanzas agotadas por los millonarios gastos en salud derivados de la pandemia, pero no hacen lo mismo para alcanzar un pacto digital global sustentado en la colaboración multisectorial. Ni siquiera la escasez de semiconductores (chips), con el enorme impacto en múltiples industrias y cadenas productivas globales, ha generado una alianza global, sino que cada región, país, desarrollador y fabricante busca sus propias soluciones.

Por el contrario, durante la pandemia se ha acentuado la beligerancia y geopolítica entre los bloques Estados Unidos-China-Europa por el liderazgo tecnológico. Aunque sería pertinente la colaboración y una gobernanza de datos, persisten los bloqueos y las listas negras de proveedores tecnológicos.

Aunque sería inédita y valiosa una cumbre por la ciberseguridad global bajo el principio de colaboración multilateral que comprometa a los Estados a invertir más en redes resilientes de banda ancha, los gobiernos se acusan mutuamente de ciberataques y ponen al mundo al borde de una ciber conflagración. 

Aunque son entendibles los intentos gubernamentales por regular la economía de datos, las plataformas y las redes sociales, muy pocas instituciones cuentan con una política de datos abiertos y, sobre todo, con programas diseñados específicamente para que esos datos contribuyan a proveer mejores servicios públicos y brinden un apoyo focalizado a la ciudadanía.

Cuanto mayor sea el nivel tecnológico, mayor será el nivel de ingreso, de ahorro y de crecimiento, pero esto no parece entenderlo México. En el mejor de los casos, la cuarta ola de contagios ocasionada por la variante ómicron puede ser la última oportunidad para dar el salto definitivo a una sociedad digital y moderna. De lo contrario, podría ser la oportunidad perdida, como en las olas anteriores.

Twitter: @beltmondi

Jorge Bravo

Presidente de la Asociación Mexicana de Derecho a la Información (Amedi)

En comunicación

Analista de medios y telecomunicaciones y académico de la UNAM. Estudia los medios de comunicación, las nuevas tecnologías, las telecomunicaciones, la comunicación política y el periodismo. Es autor del libro El presidencialismo mediático. Medios y poder durante el gobierno de Vicente Fox.

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