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Otro cumpleaños del poeta de la patria
A 104 años del nacimiento de Guillermo Prieto.

Foto EE: Cortesía
Guillermo Prieto nació el 10 de febrero de 1818 en la número 17 de la Calle Portal de Tejada, Ciudad de México, muy cerca de Salto del Agua., Su infancia transcurrió en el Molino del Rey, del cual su padre era administrador, entre almuerzos de barbacoa, caminatas sobre el acueducto y noticias sobre una Independencia que todavía estaba pendiente.
De su niñez–nos ha contado por escrito-, Prieto recuerda el balcón de la casa de sus abuelos, desde donde observaba a una increíble cantidad de personajes y aprendió una notable colección de majaderías. Cuenta que solamente una vez se encontró con Vicente Guerrero, habló con él de papalotes y de trompos, adoró sus maneras amables con “aquel talento que hacía olvidar su ignorancia” y cómo, ante sus ojos infantiles, este caudillo del sur tuvo dimensiones de coloso.
Pero la infancia terminó pronto y de manera dolorosa. Su padre murió, su madre se volvió loca de dolor, la herencia desapareció y Guillermo quedó solo, primero a cargo de dos ancianas, antiguas empleadas de su madre y después nada más a cargo de su ingenio. Como escuela –de ahí la delicia de sus crónicas- tuvo la calle, los chismes de las banquetas, las curiosidades de las plazas y los decires de cada personaje en distintas esquinas. Practicó la hechura de sonetos, inspirado en un calendario de la Guadalupe de los que tenía varios y declamando solito en la azotea. Sólo leía todo lo que le recomendaba su amigo Melesio el barbero, el único que sabía de su afición versificadora y su torpeza de manos, pero que le regaló a Lope a y a Calderón de La Barca.

Escribe Prieto en “Memorias de mis tiempos” que gracias a una melodramática y temeraria entrevista con Andrés Quintana Roo, en esos momentos Ministro de Justicia de Santa Anna, pasó del desempleo a trabajador en aduanas y de ser un iletrado a convertirse en alumno del Colegio de San Juan de Letrán. Todo mejoró bajo la protección de su maestro –que también era poeta- porque estudiaba matemáticas, inglés y gramática por las mañanas y tenía tiempo de escaparse a la calle a comerse unas fritangas y a platicar con los muchachos en las tardes. En la aduana convive con músicos, toreros, empresarios y dependientes y a veces se daba vuelta a tomar clases de Historia en el Colegio de Jesús con su amigo Manuel Payno. En 1833 apareció su primera composición firmada, colgada de los pórticos de todas las iglesias. Eran versos por encargo, alusivos a la epidemia de cólera que azotaba la ciudad y de la cual se había curado su hermano casi milagrosamente, “un sonetazo para chuparse los dedos”, escribe Prieto feliz, sin falsa modestia.
Escribir, la verdadera vocación y el mejor oficio de Guillermo Prieto, sería una tarea constante, una necesidad inaplazable, su mejor arma política y la manera perfecta para opinar, registrar e intervenir en las convicciones y costumbres de sus tiempos.
La crónica periodística fue trabajo más constante: El Siglo XIX publicó por más de 53 años su columna semanal “Los San Lunes de Don Fidel” donde comentaba los sucesos políticos, sociales, culturales y religiosos. Fue colaborador de El Monitor Republicano y, con Ignacio Ramírez fundó, en 1845, el diario satírico Don Simplicio que un año más tarde, por órdenes del gobierno tuvo que suspender. Sin embargo, Prieto siguió escribiendo prosa y poesía y coleccionando seudónimos variopintos: Tío Soplatesa, Pollino, Fray Simplicio; Don Toribio, Tío Camorra, Fidel y Zancadilla. (Todos ellos, por supuesto, a la par de su labor política, aunque pareciera increíble que el “El Romance de la Migajita” fuera obra del ministro de Hacienda).
Sin importar guerras o invasiones o cuál nación había decidido intervenirnos, Prieto publicó en donde se pudiera, ya fuera periódico, hoja volante o folleto siempre y cuando contribuyera a la causa de la República. No olvidaba el buen humor por muy serio que fuera el compromiso. Cuentan, por ejemplo, que estuvo encargado del Diario Oficial en Paso del Norte, como miembro del gabinete del gobierno de Juárez, en Chihuahua, se divertía mandándole recados cifrados a Francisco Zarco. Este último, en cuanto las recibía se apresuraba a “refritearlas” para luego publicarlas en el periódico que él mismo hacía. “Si tú me perdonas…”- le escribía Zarco, confesando que iba a copiarle-, “yo te perdono todo”—le contestó alguna vez Prieto- “menos que hayas escrito que la bandera de Francia lleva una flor de lis”.
Muy popular y experto en la sátira y el escarmiento, durante la Guerra de los Tres Años, compuso “Los cangrejos” que se convirtió en el himno que cantaban a diario los miembros del ejército republicano. Adoptado para otras muchas tropelías extranjeras, a la letra decía en su coro: “Cangrejos, al combate, cangrejos, al compás; / un paso pa' delante, doscientos para atrás".
Prieto fue secretario particular de Valentín Gómez Farías y Anastasio Bustamante; ministro de Hacienda con Mariano Arista, Juan Álvarez, y Benito Juárez; diputado quince veces y, al final, ministro de Relaciones Exteriores en el gabinete de José María Iglesias. Sin embargo, el nombramiento más significativo y sentido fue cuando Ignacio Manuel Altamirano lo declaró “el poeta mexicano por excelencia, de la patria”.