Dicen que nadie experimenta en cabeza ajena, pero hay personas, como el presidente López, que no experimentan ni en la propia. Afectado por segunda vez por el Covid-19 en su variante Ómicron, ha utilizado su encierro para hacer propaganda a favor de estas medidas y, contra la opinión de los expertos a nivel mundial, sigue insistiendo que es una enfermedad leve, como una gripe, dijo López Gatell. 

Con el argumento de que es una variante leve, los gobiernos morenistas han aconsejado no hacerse pruebas, simplemente ante la aparición de algunos síntomas se recluyan en sus casas. Patrones y autoridades se han apresurado a subrayar que darán permisos de ausencia de manera expedita. 

A nadie escapa que con esta disposición en realidad lo que tratan es de que las estadísticas no se disparen. En otros países se multiplican las pruebas en cuanto empiezan a elevarse los contagios. La razón es muy simple: necesitan saber el tamaño y ubicación de los nuevos contagios como una medida de control de la pandemia. Eso no importa aquí, lo que importa es que se vea que todo está bajo control. Al mismo tiempo, el recluirse en sus casas (con Vick Vaporub y tecitos, Alcocer dixit) puede significar que los que enferman no lleguen a los hospitales. Otra vez las estadísticas que dirán que los sanitarios no se están saturando. 

La semana pasada señalé que la mayoría de la población no deseaba el cierre de actividades debido a lo duro que fueron los meses de cuarentena, lo que se combinaba con la creencia de que el gobierno está manejando bien la pandemia. También juega el hecho de que estamos hartos de las malas noticias, que de muchas maneras nos saturan hasta la indiferencia. Escribí que el lema de buena parte de la población parecía ser: hay que cerrar los ojos y arriesgarse. 

Es posible que esto esté cambiando. Ahora, veo largas filas en los lugares donde se hacen pruebas, ya sea gratuitas o pagadas, estados que iniciaron clases las han suspendido, escuelas privadas que decidieron regresar a la virtualidad del internet. Es muy posible que esto se deba al desbordante número de contagios. Si el pasado 6 de enero nos había alarmado a muchos los más de 25 mil contagios, el pasado miércoles y jueves se registraron más de 40 mil en cada uno de esos días. Adicionalmente, expertos del comportamiento del virus, como Anthony Fauci, han predicho que eventualmente todos nos infectaremos. Por su parte, la OMS y la OPS han refutado las palabras de los López (Obrador y Gatell) y han alertado acerca de que Ómicron no debe considerarse una versión “leve”, pues depende mucho de cada organismo. 

Las más de 40 mil personas infectadas deben tomarse con pinzas. En un país que hace muy pocas pruebas, según ha acusado un reciente informe de Human Rights Watch (HRW), es altamente probable que las personas contagiadas sean muchas más, incluso tomando en cuenta que el jueves 13 se detectaron más de 257 mil casos activos. ¿De cuántos contagiados estamos hablando en realidad? Y lo más importante: ¿cuántos de estos casos llegarán a los hospitales y cuántos morirán?

El mundo se ha vuelto monotemático. Como en los periodos que han cimbrado a un país o al mundo, se regresa a un mismo tema una y otra vez. Supongo que durante la Segunda Guerra Mundial el tema era el conflicto y sus historias. También los terremotos, las explosiones de plantas nucleares o sucesos parecidos obligan al seguimiento mediático. 

Así estamos con el Covid-19 desde el primer trimestre de 2020. Cuando ha parecido que la infección está bajo control, entonces la atención se enfoca hacia otros intereses, pero eventualmente hemos vivido regresando a la pandemia. Hay pocas cosas que nos distraigan en México: los retos sin futuro del senador Monreal o el que Citigroup haya tenido el buen tino de querer deshacerse de un banco gigantesco que, en pocos años, se convertirá no en un elefante blanco, sino en un mamut blanco al borde de la extinción. 

Estos otros temas distraen, pero los medios regresan a la noticia principal: cómo va la pandemia que un experto asegura que es la de más rápida expansión en la historia de la humanidad. Pero el interés de los medios no es necesariamente el de los ciudadanos de a pie. El gobierno ha sido exitoso en su estrategia de colocar en la mayoría de las y los mexicanos la idea de que estamos saliendo de la pandemia y que se está manejando correctamente. Las reuniones familiares, de trabajo, los eventos sociales se normalizan como si todo hubiera pasado. 

La realidad es que el mundo está alarmado (México no) porque el virus ha demostrado su extraordinaria capacidad de cambiar, de regresar cuando se creía en retroceso y de matar a los que ya se sentían a salvo.