El año que comienza México será titular en los medios de comunicación por hechos distintos a los desgraciadamente habituales de violencia, y no sólo porque según algunas interpretaciones del complejo calendario Maya el final del mundo tiene fecha fija para el 21 de diciembre de este año.

En primer lugar, México preside el G-20 hasta mediados del 2012, grupo al que puede contribuir mostrando las fortalezas de una regulación de primer nivel de su sistema financiero.

Este ha sido sin duda uno de los cortafuegos de los que ha disfrutado el país para mitigar el impacto de la crisis del 2008 y 2009. Por primera vez en una recesión, el ratio de crédito sobre PIB no cayó, lo que resulta consistente con que no se produjera una restricción crediticia relevante en la economía.

A ello se unió una definición de las políticas macro que desde un punto de vista de riesgo de crédito son muy confiables: la regla fiscal es el equilibrio presupuestario anual y la regla monetaria es de objetivo único de inflación.

Es decir, México se distingue como una economía especialmente confiable en aquellos asuntos sobre los que crecen las dudas de los mercados: consolidación fiscal y solidez del sistema financiero.

Eso no quiere decir que no exista necesidad de cambios en lo fiscal, con un ingreso bajo y dependiente del petróleo y un gasto público insuficiente para suministrar infraestructuras y educación al ritmo que el país necesita para aumentar el nivel de vida de la población.

En lo que se refiere al 2012, México mantendrá tasas de crecimiento superiores a 3%, algo por debajo de 3.9% que se registró en el 2011, y del 5.5% del 2010.

Estas tasas suponen un acercamiento paulatino a la capacidad de crecimiento económico de largo plazo del país tras el rebote propiciado por la salida de la intensa recesión en el 2009.

Esta moderación cíclica de la economía mexicana ha de valorarse considerando su alto grado de integración con Estados Unidos, que crecerá en el entorno de 2% por segundo año consecutivo, un nivel ciertamente moderado tras una recesión si se mantiene una capacidad de crecimiento de largo plazo también cercano a ese 2 por ciento.

Las incertidumbres por resolver (cambios de ingresos y gastos para la ineludible consolidación fiscal) y los ajustes por completar (proceso de desapalancamiento de los hogares) en el principal socio económico de México están pesando en su desempeño económico y, por lo tanto, en el de México.

Pero no son sólo factores exógenos los que lastran el aumento del nivel de vida. La capacidad de crecimiento de la economía mexicana es relativamente baja para un país de su crecimiento poblacional, superior a 1% cada año, ya que la acumulación de capital físico y humano podría ser mayor así como mejor la combinación de los factores productivos disponibles.

Es necesario mejorar la protección efectiva de los derechos mediante el imperio de la ley para lograr un entorno más favorable para la inversión.

Es necesario fortalecer la competencia en los mercados de factores productivos como el laboral o el energético, completando los positivos avances en la persecución de prácticas monopólicas en las actividades de mercado.

Es necesario eliminar las vulnerabilidades de la política fiscal para que contribuya más eficientemente a mitigar el impacto del ciclo económico en el ingreso y a facilitar una mayor equidad en su distribución.

Para todo ello se necesitan leyes, acuerdos que han de venir del nuevo Presidente de la República y del Poder Legislativo federal que surja de las elecciones del primer domingo de julio. Una agenda ambiciosa para los 20 días que van desde el 1 de diciembre del 2012 en que toma posesión el nuevo Presidente y el 21 de diciembre, que se marca como fecha del fin del mundo en el calendario Maya.

*BBVA Research