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Opinión

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¿Mexicanos Fake?

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Durante las elecciones federales del año 2000, luego de que en varios debates la candidata a la Jefatura de Gobierno, Tere Vale, le propinará algunas palizas verbales al candidato perredista, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), fuimos testigos de una campaña que aseguraba que ella había nacido en Venezuela, esto es, que era una mexicana fake.

Ahora, la mexicanidad “fake” se está poniendo de moda. Hay que mirar con sospecha a Enrique de la Madrid o a Santiago Creel porque son blancos, güeros y de ojos claros. Esta condición no solo haría dudar de la autenticidad de sus propuestas y compromisos sino de su capacidad para comprender las necesidades del “pueblo bueno”. Son fake. A Xóchitl Gálvez se le llama “botarga” desinflada y se duda de sus orígenes indígenas, es una india “fake”.

Desde el otro bando se responde descalificando a Marcelo Ebrard, Claudia Sheinbaum, Rocío Nahle, Beatriz Gutiérrez Müller, entre otros, debido a sus apellidos. Son sospechosos porque no son Pérez, Sánchez, Guerrero o cualquiera de los otros apellidos “mexicanos”. Por lo tanto, también son mexicanos “fake”.

Por desgracia, este tipo de descalificaciones se ha vuelto común en nuestro país y la usan tirios y troyanos, son parte de la guerra sucia. En general, las guerras sucias no me asustan, incluso pueden provocar la atención y el interés de los votantes por los procesos electorales. Sin embargo, hay ocasiones en que contribuyen a lo contrario: el alejamiento de la ciudadanía o la erosión en la confiabilidad de las instituciones electorales. En un país tan dividido como el nuestro hablar de una mexicanidad “auténtica” y otra “fake” es un arma de muchos filos.

Mucho ha contribuido a esto el presidente López. Decir todos los días al “pueblo” mexicano que es solidario, bueno, invulnerable a las tentaciones materialistas, generoso, heredero de una tradición excepcional que se interrumpió en 1521 y se retomó hasta 2018 con la llegada de AMLO al poder, es demagogia barata y esencialmente manipuladora. Lo real es que México es una nación racista, discriminadora, con un alto contenido de misoginia y dado a la desobediencia de las leyes. Todo esto es fácilmente comprobable, pero López Obrador está decidido a convencer que el racismo y la discriminación provienen exclusivamente de las clases altas y las medias “aspiracionistas”, de aquellos que estudian y consiguen licenciaturas, maestrías y doctorados; peor si los obtuvieron en el extranjero.

En esencia, todo este montaje obradorista pulsa los mismos mecanismos que usaron los nacionalsocialistas y fascistas: convencer a un pueblo que es una especie de elegido y que hay enemigos que merecen ser erradicados. Lo peor no es este discurso sino el hecho de que hay muchas personas que lo están repitiendo: somos maravillosos, pero hay quienes, con su corrupción, su aspiracionismo y su menosprecio a los pobres impiden el avance. Hay que eliminarlos o castigarlos. Ese es, finalmente, el mensaje.

Que los opositores descalifiquen a las corcholatas o demás morenistas con los mismos argumentos es un error y una falta a la ética política. Es una acción que ayuda a la división y le da alas a la narrativa emitida desde Palacio Nacional. No hay mexicanas y mexicanos fake.

Hay que dejar claro que las, los y les mexicanxs son de diferentes orígenes, con culturas y costumbres diversas, con religiones (o sin ellas) distintas; los hay de distintos tonos de piel y muchas más diferencias. La diversidad nos enriquece y el respeto a las diferencias fortalece a la democracia.

Pero en este tema, esperar que el presidente López reconozca esto y cambie de actitud no tiene sentido. Él ha apostado a la división y al estereotipo del mexicano bueno, pobre, pero honrado, que delinque porque las circunstancias lo han orillado a ello. Un tipo de mexicano que no aspira a una mejor educación, a servicios de salud de primera, que va a la iglesia cada domingo y calla ante sus autoridades, que espera a que el tlatoani le dé voz y justicia.

Desde que empecé a escribir esta columna, hace poco más de tres años, aseguré que López Obrador estaba protagonizando un autogolpe de Estado en cámara lenta. Ya subordinó al Congreso, a la mayoría de los gobernadores y a los hombres más ricos de México. Tiene el control absoluto de las fuerzas armadas y hay bases para suponer que también existe un acuerdo, explícito o implícito, con sectores de la delincuencia organizada. Nos queda la mayoría de los ministros de la Suprema Corte de Justicia y de consejeros del INE. Del Tribunal Electoral no estoy seguro.

¿Hacen falta más elementos para darse cuenta de que no soltará el poder? Debemos prepararnos para ganar las elecciones contra el autoritarismo, pero también para una larga jornada en defensa de nuestras instituciones. La elección del 2024 solo será otro punto de partida, no una meta.

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