Jamás la aurora lo encontró dormido. Era sencillo y grave, No le gustaba ni el juego, ni la vida nocturna. Prefería el ajedrez -del cual era un competidor respetable- la vida del campo y los deportes al aire libre. Era disciplinado nadador y prefería caminar o andar a caballo que usar el coche o la bicicleta. Tal vez porque nació cinco años antes de comenzar el siglo XX, en lo que muchos describían como “un pequeño pueblo soñoliento" de Michoacán.

Pocos años faltarían para que su historia y su nombre, Lázaro Cárdenas, fueran bien conocidos y se convirtieran en hito y en mito. Su pueblo de nacimiento fue Jiquilpan, su padre Dámaso Cárdenas Pineda, su madre, Felícitas del Río Amezcua. Sus hermanas, tres y sus hermanos, cuatro. Lázaro, el tercer hijo y el primer varón mayor. En 1911 murió su padre y vivió una adolescencia dedicada al trabajo, a realizar lecturas de los pocos libros que había en su pueblo y a reunirse casi siempre con gente mayor a la que escuchaba atentamente y de la que aprendió todo lo que necesitaba saber sobre la importancia de la tierra y de su tierra.

Muy pronto cambiaría de rubro, intención y pensamiento. Convencido de que “la miseria, la ignorancia, las enfermedades y los vicios” esclavizaban a los pueblos, como escribió muchas veces en sus apuntes privados, a los 18 años, en 1913, Lázaro Cárdenas se unió a la Revolución. Y así comenzó una vertiginosa carrera militar y un camino ideológico nunca antes recorrido en nuestra Historia:  diez años más tarde ya era general de brigada y en 1928 fue elegido gobernador de Michoacán.  Su valía hizo eco en todo el país y en Michoacán fue reconocido por haber creado numerosas escuelas, impulsado el reparto de tierras, de las asociaciones sindicales y democratizado la universidad.

Una vez terminado su encargo de gobernador, el Joven Lázaro regresó a la milicia y en 1933 fue nombrado secretario de Guerra en el gabinete de Abelardo R. Rodríguez. Ese mismo año fue postulado por el PNR como candidato presidencial, inició su campaña que se centró en la creación del Plan Sexenal y al año siguiente, en 1934, se convirtió en presidente.

Y así, otras pequeñas revoluciones comenzaron.  La primera, según recordaba su esposa doña Amalia Solórzano, fue buscar una casa para vivir que no fuera el Castillo de Chapultepec, porque en algún momento, durante el gobierno de Pascual Ortiz Rubio, Lázaro había vivido en la parte baja de tan ilustre inmueble y se había dado cuenta de que, si ahí no había tenido privacidad alguna, mucho menos la iba a tener allí siendo presidente de la República. En un principio le ofrecieron La Casa del Lago que le gustó mucho, pero resultó ser muy pequeña. Después le mostraron la casa de “La Hormiga” que funcionaba como caballeriza y vivienda de caballerangos y aunque estaba muy abandonada y maltrecha, a ambos les pareció que se podían hacer adecuaciones para vivir allí. Y así lo hicieron. No sin antes cambiar el nombre de la casa por el de Los Pinos, en recuerdo romántico del lugar donde la pareja había jurado su amor en Tacámbaro, Michoacán. Después, mandó cerrar los casinos, suspendió los juegos de jai alai y prohibió las peleas de gallos.

Sin embargo, nada fue tan significativo como cuando en 1938 anunció la expropiación de las compañías británicas y estadounidenses de petróleo y decidió nacionalizarlo. Tal medida, que se conmemora justo un día como hoy, el 18 de marzo, en un principio escandalizó a connacionales y extraños.

Sobre aquel día memorable: Salvador Novo escribió:

“Cuando los pacientes radioescuchas de la ciudad se deleitaban tranquila y pacientemente oyendo sus canciones favoritas tendidos algunos sobre su instituible propia cama, otros quizá en pantuflas y otros más tal vez en posturas inconvenientes, el memorable 18 de marzo, quedaron sorprendidos ante el anuncio de que en breves instantes todas las estaciones difusoras de la República se encadenarían con el objeto de escuchar el mensaje del presidente de la República. Cerca de 40 minutos, se oyó la voz de mando del general Cárdenas -y a decir verdad si en vez de leer sus mensajes los declamara produciría efectos extraordinarios, con la misma expectación que dejó en suspenso a los radiopacientes. Lo mismo debió sentirse en el recinto de Palacio Nacional donde se congregaron los miembros del gabinete y los más conspicuos representativos del movimiento obrero al escuchar la táctica de los hechos consumados que caen definitivos como aerolitos y que fue observada por el presidente Cárdenas.

Primero la resolución inquebrantable, después las explicaciones. Excepto el presidente del bloque de la Cámara de Senadores, ninguna otra persona de las reunidas en el Salón Verde de Palacio Nacional tuvo frases oportunas, en el momento en que todo México esperaba la adecuada necesaria, imprescindible e histórica respuesta que se debió haber dado al presidente en nombre del millón de obreros que millones de veces se ha dicho representa. No se escuchó más que la estética de las ondas hertzianas”.

El estupor y la sorpresa pronto se transformaron en júbilo. A los pocos días en la prensa y en la calle, todos celebraban aquella enérgica decisión. Gritaban que el presidente Cárdenas era grande porque les había enseñado que la grandeza estaba en manos de los mexicanos.