“Cuando me preguntan por los 32 niños que perdieron la vida en San Cristobal mi respuesta varía según la edad de mi interlocutor”. Desde la primera frase de La república luminosa  (Anagrama) quedan claras las claves para la lectura del libro: sucedió una tragedia y los sucesos que llevaron a ella tienen distintas interpretaciones. Se trata de la última novela de Andrés Barba, ganadora del Premio Herralde en 2017.

El narrador es un funcionario de rango medio en los programas sociales del gobierno local de la ficticia ciudad de San Cristobal. Como tal, fue testigo y de alguna manera partícipe, de los sucesos que concluyeron con la muerte de los niños. 

La novela es una suerte de crónica escrita a la distancia, en que el narrador trata reconstruir y de alguna manera explicar lo que pasó. “Comprender no es más que recomponer lo que sólo hemos visto fragmentariamente”, explica: Es la manera en que los adultos encuentran sentido a los sucesos de sus vidas. Por otro lado está la creencia en los malos presagios, que resume la manera con que desde la temprana edad, se descifra la lógica el mundo. 

El narrador pretende suscribir ambas posiciones (la dualidad racional/irracional) resumidas en una especie de moraleja que suma lo que vivió: “Casi todo el mundo tiene lo que se merece y los malos presagios existen”. 

San Cristobal es invadida por una banda de niños de la calle. Nadie sabe de dónde salieron, ni cuándo llegaron, pero su presencia se empieza a sentir, no sólo en los semáforos donde en principio piden limosna, sino porque sus acciones se vuelven poco a poco más agresivas: se meten a casas, asaltan peatones y ponen a temblar la frágil tejido civilizado que sostiene la ciudad.

Este grupo de niños tienen un lenguaje propio, ininteligible para los funcionarios y preocupados padres de familia de la ciudad. Un lenguaje, que, al parecer, sólo parecen entender los otros niños de la ciudad. 

Esa situación establece una crisis de carácter semiótico en la ciudad. Una crisis que implica una desconexión entre el mundo adulto y el infantil. Entre la forma en que el mundo adulto lee los sucesos desde sus propios paradigmas y la manera en que lo hacen el niño. Particularmente “el niño salvaje” que ha sido desprovisto de los mecanismos de protección, adaptación y condicionamiento inevitables en la civilización.

La narración no puede escapar de su origen, y es que quien la hace es un adulto y la extrañeza, perturbación e inquietud que le provocan las acciones de la banda de niños, son reducidas a lo inadecuados que resultan sus modelos para explicar y definir la infancia. 

La banda de niños pasa de ser invisible, como todas las lacras sociales que no queremos ver, a constituirse en seres inocentes y desvalidos que requieren protección. Una sensación, vagamente incómoda, parecida a la culpa clasista, se anida en los adultos, hasta que de pronto se convierte en otra cosa cuando los niños se vuelven una amenaza depredadora.

Lo interesante de esta mutación en las percepciones de los habitantes de San Cristobal es que provoca cambios en la manera en que los habitantes se relacionan con los otros niños de la ciudad: sus propios hijos; y por consiguiente en la manera en que estos ven a sus padres y a los otros adultos.

¿Cómo abordar la crisis? ¿Ignorarlos como parte de un mundo “inocente” que apenas merece nuestra atención? ¿Protegerlos y rescatarlos como seres indefensos? ¿Definirlos como una amenaza que debe erradicarse?

Para mantener el interés del lector, Barba juega con fuego. Construye la narración como un relato de misterio que mantiene el interés mediante la promesa de revelaciones posteriores. Al mismo tiempo, nos repite una y otra vez el final devastador. 

La estrategia funciona mientras el lector acompaña al narrador que intenta que las cosas cobren sentido. O sea: cómo casi todo mundo tiene lo que se merece y qué efecto tienen o anticpan los malos presagios.

En esa cuerda floja se sostiene la narración entera de la novela. Para ello, Barba se vale de un mosaico de puntos de vista: diarios infantiles, documentales filmados, coberturas noticiosas, etcétera. Y es un tránsito que en general, un autor talentoso como Barba, consigue sostener.

Sin embargo, aunque algunas de las revelaciones arrojan pistas para entender la otra cara de la moneda (el mundo infantil desde la infancia), y mediante situaciones un tanto forzadas el narrador se hace con claves para aproximarlo; lo cierto es que esa república luminosa infantil le resulta inaccesible al narrador, y junto a él, al lector. No me queda claro si esa limitación va en demérito de la novela misma, o si es un golpe irónico de gracia y sutileza genial del autor, pero bien vale la pena asomarse una novela que nos hace preguntas incómodas que se quedan con nosotros más allá de la última página.

Twitter @rgarciamainou

Ricardo García Mainou

Escritor

Las horas perdidas

Estudió Ciencias de la Comunicación con especialidad en Radio y Televisión Educativa en la Universidad de las Américas Puebla.

Ha escrito, editado, traducido y diseñado para diversas publicaciones literarias, periodísticas y especializadas: locales y nacionales (Libros de México, Revuelta, De viaje, Cinéfila, La masacre de Cholula, etc.).