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Opinión

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Lagartos alados

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Ramón Martínez Leyva

Cuando las personas de pie utilizamos el término “Dinosaurio” generalmente nos referimos a distintos miembros de la familia de los Arcosaurios (primeros lagartos), grupo que incluye los modernos cocodrilos y aves, así como órdenes de reptiles que vivieron desde el Triásico temprano hasta finales del Jurásico; como los saurópodos, los reptiles más masivos de la historia de la Tierra, especies como Diplodocus, Argentinosaurus y Paralatitan (titán de las mareas), cuadrúpedos herbívoros de casi 40 metros de largo y 100 toneladas de peso; o los Itciosaurios (peces lagarto) reptiles que adoptaron una vida totalmente acuática y se alimentaban de peces y otros reptiles marinos.

Hacia finales del Triásico sin embargo, se originó uno de los órdenes de arcosaurios más interesantes y sorprendentes, con ejemplares casi tan grandes como un cazabombarderos F16, reptiles alados tan grandes como jirafas y que podían cruzar océanos enteros en un solo vuelo, o pequeños, rápidos y ágiles como murciélagos. Estos reptiles fueron los primeros vertebrados en lograr el vuelo articulado; son algunas de las especies que más han intrigado a los paleontólogos y al mismo tiempo de los que menos fósiles completos existen pero que nos han permitido identificar más de 200 especies hasta la fecha. Estamos hablando de los Pterosaurios, los reptiles con alas.

El primer fósil de Pterosauria fue encontrado en la Formación Solnhofen, un gigantesco depósito de fósiles en Alemania donde también se descubrió una de las primeras aves de que tenemos noticia, Archaeopteryx. El fósil encontrado en 1784 pertenecía a lo que hoy conocemos como Pterodáctilo, nombre que desde entonces se utiliza para referirse a todos los pterosaurios en general, pero que los científicos utilizan únicamente para los miembros de la familia Pterodactyloidea. A partir de entonces hemos encontrado cientos de fósiles en prácticamente todos los continentes del mundo, y sabemos que vivieron durante todo el Mesozoico, entre los 280 y unos 66 millones de años atrás.

Los fósiles de pterosaurio se encuentran usualmente incompletos o muy dañados, dado que eran básicamente huecos, unidos por travesaños de tejido óseo que les daban la rigidez y ligereza necesarias para ser animales de vuelo activo, no meros planeadores, exactamente iguales a los de las aves modernas. Esto ha hecho que nuestro conocimiento de esta especie de “dinosaurios” haya sido más lento que el de otras familias, y hoy en día sólo conocemos la dieta de algunos miembros de Rhamphorhynchoidea o Pteranodon, que se alimentaban de pescado e incluso tenían una bolsa en el cuello donde almacenarlo, al igual que su primos más recientes, los pelícanos.

Todos los miembros de Pterosauria, incluyendo las especies no voladoras (hoy sabemos que las había, pero no son tan interesantes) comparten una característica común y que le da nombre al genérico Pterodáctilo, dedo alado. Sus alas se extienden del talón hasta el hombro, y son soportadas al final de sus extremidades por su cuarto dedo, el cual se extiende hasta ser más grande que el más grande sus huesos. Estaban compuestas por una gruesa capa de piel, músculos, vasos sanguíneos y un tejido fibroso que aportaba resistencia. Creemos que los músculos ayudaban a deformar el ala para ayudarlos a controlar el vuelo, muy similar a como los aviones modernos modifican la forma de las suyas durante el aterrizaje o despegue.

Desde especies como Nemicolopterus, un pequeño pterosaurio volador de apenas unos 20 cm y que se alimentaba de insectos, a especies como Pteranodon, con una longitud alar de entre 3 y 6 metros y que se alimentaban de dinosaurios más pequeños; hasta el monstruoso “Drácula”, un pterosaurio hallado en la región de Transilvania, que llegaba a medir hasta 12 metros de alto y no volaba, sino que caminaba sobre sus patas y sus alas dobladas, los pterosaurios continúan capturando la imaginación de niños y adultos por igual, pero el cielo Mesozoico poblado por “dinosaurios voladores” es una imagen que los científicos aún no pueden dar por cierta.

Y de entre todas estas especies de pterosaurios hubo uno en particular, el ser viviente más grande en cruzar los cielos prehistóricos, cuatro veces más grande que la más grande de las aves vivientes, y cuyo descubridor lo bendijo con el nombre del Dios Serpiente del Panteón mexica, que es definitivamente el favorito de todos los que amamos a los pterosaurios. De él, y de cómo sabemos que un animal tan masivo y en apariencia poco aerodinámico, podía cruzar continentes enteros sin necesidad de parar para reportar estaremos hablando aquí, la próxima vez.

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Ramón Martínez Leyva

Es ingeniero en Sistemas Computacionales. Sus áreas de conocimiento son tecnologías, ciencia y medio ambiente.

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