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La sociedad de la nieve o los valores predigitales de conexión

¿Alguna vez se han preguntado qué salvó a los sobrevivientes del avión 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya que se estrelló en la cordillera de los Andes en 1972? Sin duda diversas circunstancias de modo, tiempo y lugar, pero quizá no hayan considerado la más importante de todas, la encarnación de los valores predigitales de conexión: el respeto, la generosidad, la solidaridad y la creatividad. En ese orden.
La película nos muestra, dejando de lado el morbo y ese infertil debate de la antropofagia, un pacto de entrega mutua que, como bien señala su director, explica la conformación de una cadena. Sí, en efecto, una cadena integrada por quienes estaban aún con vida y quienes iban muriendo. Estos últimos cerraban a la bien la metáfora, pues eran tan importantes como los que permanecían con vida, ya que seguían alimentando a los sobrevivientes de ese solidario método de sucesión. Bayona rescata así, a través del sentido figurado, una tragedia que pone de relieve los valores predigitales de conexión antes señalados. En un momento además, en el que prima la muerte del prójimo. En el que, recursos técnicos y tecnológicos como el selfie, nos permiten inmortalizarnos sin la ayuda de nadie.
Si los sobrevivientes de ese terrible accidente sobrevivieron fue porque volvieron a ser una tribu. Una de las conferencias que imparto en La Tribu del Pulgar, lleva por título “Todo comenzó en una fogata”, inspirada en un texto de Juan Villoro. En ella analizo cuatro grandes crisis de la comunicación y la cultura que ha vivido la humanidad, a través de un arco narrativo que va del homo sapiens al Phonosapiens, en particular los comportamientos digitales que hemos venido adoptando desde el largo proceso de hominización hasta nuestros días. Comportamientos determinados por un contexto donde el tiempo depende ya de la tecnología, donde el nuevo orden es digital y va generando cambios cada vez más vertiginosos, descolocados, emotivos, sensoriales e imperceptibles. Cambios que nos llevan a la pérdida del entorno, del contexto, de la solidaridad y de la comunidad. Es así como vamos pagando el precio del vértigo y la velocidad.
Contrario a nosotros, los 17 sobrevivientes de la sociedad de la nieve, supieron reestablecer su entorno y dar contexto a su apremiante situación en el momento que supieron que su búsqueda había terminado. Ya por su disciplina, condición, formación, juventud ectétera, lograron establecer una comunicación (conjuntiva), se dieron tiempo para la pausa, para la escucha y para el razonamiento, lo que generó una solidaridad inquebrantable a partir de un pacto de entrega mutua, no exento de cuestionamientos y razonamientos morales que, luego de ser superados, lograron mantenerse en comunidad, en ese último refugio que es la familia.
Es aquí donde radica una de las grandes enseñanzas de esta historia. La solidaridad de un grupo humano que se convierte rápidamente en sociedad y, desde una condición tribal, genera un entorno, entiende su contexto y fortalece a una comunidad a través de la esperanza. Si el entorno en que nos desarrollamos anula nuestra actividad cognitiva, nuestras pausas, nuestras escuchas y nuestros códigos de convivencia, lo que hace en realidad es pavimentarnos el sendero hacia el fracaso como sociedad.
Lamentablemente la nuestra es una sociedad en la que no hay tiempo para poner en práctica los valores predigitales de conexión. Habitamos un país en el que hay más smartphones que habitantes desde hace un par de años, algo que no había ocurrido. Vivimos en un planeta habitado por cinco generaciones (dicen los antropólogos), seis (dicen los mercadólogos), como sea, tampoco había ocurrido. Y dentro de esas generaciones, una de las que más genera tendencia es en realidad una tribu que piensa con los dedos. Preocupa porque no es lo mismo pensar con la mente y desde la necesidad e instinto de supervivencia, que hacerlo con los dedos desde la necesidad e instinto de conexión a una red. Me atrevo a pensar que un grupo de jóvenes con los mismos atributos que los 17 sobrevivientes de 1972, incluso con las condiciones de nuestro tiempo, 50 años después, morirían de inanición sino es que de hambre. No serían capaces de establecer un pacto de entrega mutua y comerse entre sí. Y no por un dilema moral, sino por asco.
No es una crítica, es una observación sobre el abandono de la comunicación conjuntiva y la adopción de una comunicación conectiva que nos va formando a través de esas grandes hazañas televisivas de supervivencia como La casa de los famosos, El gran hermano o El exatlón, en el mejor de los casos. Tribus con otras condiciones, sensibilidades, códigos de conducta y hábitos de consumo como ese de domiciliar la comida desde la prótesis y tenerla disponible 24/7 a un click de distancia. Tribus acostumbradas a emplear la tecnología con el propósito de optimizar a las personas para su mejor funcionamiento en el mercado y en la economía del acontecimiento que las valora, ya no por su creatividad, sino por sus datos.
No debemos olvidar, como bien dice Juan Villoro, que todo comenzó en una fogata y esto sirvió fundamentalmente para tres cosas: calentarnos las manos, preparar comida y contar historias. Eso es precisamente lo que hizo la sociedad de la nieve.