A lo largo de mi vida he tenido algunas pesadillas. Me refiero a esos sueños en los que es tan terrible lo que sucede que nos despertamos con una opresión en el pecho, sudorosos y frecuentemente con una sensación de terror que nunca hemos experimentado de forma tan intensa durante la vigilia. 

Muchas veces es tan perturbador lo que soñamos que a lo largo de ese día no lograrnos sacudirnos el sentimiento tan estresante que experimentamos durante uno de estos episodios. La experiencia es agotadora.

El caso es que la permanencia de estas emociones (generalmente desagradables) puede afectar nuestra conducta y también nuestro razonamiento. Los humanos somos un amasijo de percepciones ante una realidad altamente estimulante que siempre se empata con emociones complejas sobre lo que estamos experimentando. Razón y emoción nos guste o no, ahí van de la mano y determinan la forma en que percibimos al mundo, en muchos casos como algo amenazante o aterrador.

Este 1 de diciembre, cuando vi la muchedumbre reunida en el Zócalo capitalino durante el festejo de los tres años de gobierno de López Obrador, tuve casi la certeza de que estaba experimentando una espantosa pesadilla, así de agobiante me resultó esta experiencia.

La cosa no es para menos. Hace apenas unos cuantos días el mundo entero mostraba su enorme preocupación ante la Ómicron, una variante al parecer más contagiosa del poderoso Covid-19 que pone nuevamente a todos (o más bien a casi todos) de cabeza.

Esta noticia provocó que la OMS y distintos mandatarios del planeta anunciaran oportunamente acciones, medidas y precauciones ante esta amenaza al tiempo que se detectaban casos de contagiados con la nueva versión del enemigo invisible en países de prácticamente todos los continentes.

Lo espeluznante es que aquí en México, mientras estas malas noticias cundían por todo el planeta, tanto el Dr. López-Gatell, inefable subsecretario de Salud, como el jefe del Poder Ejecutivo restaban importancia a estos hechos y se convocaba a una reunión conmemorativa de la llegada de la 4T, peligrosamente multitudinaria, para regocijarse por su triunfo con discurso, mariachis y bandas (de los uniformados por supuesto) música, baile, verbena, fritangas y toda la cosa. 

De los cubrebocas, pues ya ni hablamos. Nada de obligatoriedad, vamos, ni siquiera se recomendaba su uso, que cada quien decida si se lo pone o no, decía el presidente, o sea, de plano como el pueblo, los creyentes y los acarreados quieran, aquí no se obliga a nada, ni a ponerse el cinturón de seguridad ni a respetar los semáforos. Prohibido prohibir, dice feliz, feliz, el primer mandatario. 

Se preguntarán ustedes que cuántos acudieron a la fiesta, pues bien a bien yo no lo sé. Unos dicen que 200 mil personas, otros que 100 mil, unos menos otros más… pero de que fueron muchos, fueron muchísimos y de que el riesgo de contagio fue alto, pues sí, desafortunadamente muy alto. Ojalá me equivoque.

Después de escuchar el discurso como siempre polarizante y delirantemente esperanzador de nuestro gobernante, después de ver los rostros alegres de los asistentes, después de ver la credulidad e ilusión ante la afirmación que ya se había acabado con la corrupción, me di cuenta claramente que la pesadilla no ha terminado y que todo aún puede ser mucho peor.

 

Tere Vale

Psicóloga

Columna invitada

Psicóloga, conductora, escritora, comentarista de Grupo Fórmula.

Lee más de este autor