El conocimiento es poder, la información es poder o quien tiene la información tiene el poder son enunciados que se atribuyen en éstas o en diversas versiones a connotados filósofos y pensadores a través de la historia de la humanidad.

Estas frases se emplean para manifestar los alcances políticos, económicos, financieros o de cualquier ámbito de quien cuenta con datos, cifras o claridad en la forma en que acontecieron ciertos eventos y la capacidad de generar para sí un beneficio al usarlos o darlos a conocer.

Podemos ejemplificar lo anterior con la información que se dio a conocer de uno de los candidatos a la presidencia de nuestro país, de quien hoy se sabe que compra terrenos a bajo costo contando con pocos recursos para hacerlo y vende a un precio que le genera importantes utilidades, todo en condiciones que aún deben aclararse.

Un evento en estas circunstancias sorprendería si no fuera un rasgo característico de la política mexicana de todos los tiempos y bien podría estar relatado en cualquiera de los libros que componen la serie la costumbre del poder de Luis Spota, fallecido hace apenas 33 años.

Spota no tenía dotes de adivino, pero sí una excelente narrativa y sobre todo información de la manera en que se conducían —se conducen aún— los miembros de la aristocracia política mexicana.

Esta columna no pretende juzgar la actuación del eminente político que hoy se encuentra bajo el escrutinio público y mucho menos establecer la culpabilidad de un mexicano que, como cualquier otro, goza de una presunción de inocencia. No es la intención.

Pensemos por un momento que la situación por la que atraviesa el candidato a la presidencia no es un caso de corrupción tan evidente como parece y que sólo se trata de una serie de errores: de su asesor contable y financiero.

Para ello, debemos suponer que el asesor al que nos referimos no tiene conocimientos mínimos de las reglas con las cuales debió realizar el reconocimiento contable de las operaciones efectuadas por el personaje en cuestión y tuvo aún más deficiencias al mostrar la información.

Es difícil creer que, por desconocimiento, se muestre una visión distorsionada de la realidad; sin embargo, esto ocurre de manera frecuente cuando no se sigue una lógica normativa para formular y presentar la información financiera.

La manifestación del acuerdo que establezca la continuidad del TLCAN, ahora en su versión 2.0, o de la creación de convenios bilaterales nos ubicará en circunstancias equivalentes a las que actualmente enfrenta el empresariado mexicano: competencia y necesidad de herramientas para enfrentarla.

Cada vez más, la competencia obligará a la toma de decisiones con márgenes de error milimétricos, basadas en elementos de juicio certeros y, de entre ellos, el que más debe serlo es el que deriva del análisis e interpretación de la información financiera, la cual deberá prepararse por expertos y no por improvisados.

Las entidades económicas que se crean a lo largo y ancho del país suelen tener capacidades y rasgos de micro, pequeñas y medianas —normalmente nacidas en el seno de la familia—y por ello se piensa que su administración y el manejo de éstas no debe ser tan sofisticado y profesional, como el de que impera en los grandes corporativos. Craso error.

Es un imperativo de los negocios de cualquier magnitud contar, en su estructura o fuera de ella, con un especialista en la generación e interpretación de información contable, que conozca las normas de información financiera nacionales e internacionales y que, por consecuencia, se convierta un artífice del desarrollo de las empresas.

El conocimiento y la información representan poder, en el caso de la que deriva de procesos de cuantificación contable y de su debida generación se presenta en dos vertientes: una positiva y otra negativa.

Si la información financiera se elabora de forma correcta y se sabe interpretar, tiene alcances correctivos, preventivos y predictivos, el empresario marcará diferencias por su uso, en caso contrario, generará más riesgos que beneficios y el poder será de orden destructivo, operará en perjuicio de los objetivos.

La responsabilidad en la generación de información financiera es del contador público, profesionista que ha sido denostado por autoridades de todo tipo, particularmente, las de orden fiscal e incluso por los usuarios de sus servicios que los consideran innecesarios, fuente de erogaciones injustificadas.

No se debe considerar al contador como un mal necesario, debe reconocerse como un personaje accesible y fundamental, prioritario para todo empresario responsable y previsor.

Valorar, en su justa dimensión, la actuación de este profesionista puede redituar en exceso a las expectativas.

Cuando es debidamente generada y responsablemente interpretada, la información financiera también es poder.

*El autor es director general del Centro Administrativo de Desarrollo Empresarial y asesor de GINgroup.